miércoles 26 de enero de 2011

La quietita (una historia basada en hechos reales...)


En la intimidad, a Paulina la llamaban “Quietita”. Este apodo vio la luz una oscura noche de un mes de mayo. Resulta que Paulina y Juan se encontraban encamados, y el acto sexual se había puesto más caliente que el asfalto durante el verano porteño. Ella “en cuatro” sobre la cama con colchón de resortes, y Juan que la embestía por detrás con una energía que ella consideró, en ese momento, sobrenatural. Paulina, como podía, resistía las embestidas, y con las manos estrujaba las sábanas, presa tanto del placer como del dolor. Juan la tenía tomada del cabello (ese hermoso cabello castaño que tiene Paulina) con una mano, y con la otra le propinaba unos suntuosos cachetazos en el culo. ¡Cómo disfrutaba Paulina de esas noches lujuriosas con Juan! A la vez que él le clavaba hasta el último centímetro de verga en esa concha que chorreaba de calentura, Paulina empujaba hacia atrás, para no perderse ni el más mínimo trozo de carne que había disponible.
-¿Te gusta cómo te cojo, perrita? –preguntaba Juan entre embestida y embestida. Pero Paulina, entre gritos y alaridos, no podía responder, y Juan seguía a los pijazos, y dele cachetadas en ese culo magníficamente redondo y carnoso que Paulina le ofrecía.
Ambos se encontraban fuera de control, y al borde del orgasmo. Paulina, que comenzó a estremecerse, logró emitir, a la vez que contenía el aire para aumentar al máximo el placer sublime, un “no pares, no paressss...”. Juan, lógicamente, se puso como loco, y con sus últimas fuerzas aceleró el ritmo y la profundidad de las penetraciones. Sin prever las consecuencias que tendría, Juan consideró acertado comenzar a dejar que su falo salga de la vagina cuando retrocedía, y luego volver a ensartarlo brutalmente en ella. La sensación era magnífica; ese segundo en el que el glande se adentraba por los estrechos labios vaginales era la gloria. Para ambos. Paulina, por su parte, seguía colaborando con sus movimientos siempre en dirección opuesta a los de Juan. Paulina hacia adelante, Juan hacia atrás; Juan hacia adelante, Paulina hacia atrás. Por el momento, todo marchaba a la perfección, y el orgasmo y la eyaculación eran inminentes; sin embargo, en una de estas últimas entradas y salidas, Juan no dio con certeza en el blanco vaginal, y su verga, dura como una piedra, se introdujo violentamente por el culo de Paulina. Paulina, estupefacta por el dolor y la novedosa experiencia de alojar una pija en su orto, no pudo más que emitir un grito sordo, y desplomarse sobre la cama. Juan, como pudo bajo las luces tenues, observó el panorama: tanto su poronga como sus huevos, y hasta las piernas, se encontraban embadurnadas en sangre. La misma imagen se repetía en el ojete de Paulina, quien sollozaba mientras se lo tocaba inútilmente con las manos, y la sábanas se teñían de un rojo negruzco.
-¿Estás bien, Pau? –osó preguntar Juan.
-¡Me acabás de romper literalmente el CULO, pelotudo! –gritó Paulina indignada- ¿Te parece que puedo estar bien?
-Bueno, no fue intencional, Pau. A mí también me duele la poronga... –dijo Juan, en intento por apaciguar los ánimos.
Fracasó rotundamente. Las lágrimas seguían brotando de los ojos de Paulina, y la sangre por el orto. No hubo remedio. Juan y Paulina tuvieron que llamar una ambulancia. Acostada sobre la camilla, boca abajo, por supuesto, Paulina rezaba al dios de los culos rotos que abra uno sobre la tierra y la trague inmediatamente. Obviamente, sus plegarias no fueron escuchadas, y al llegar al hospital (donde para su desgracia, y como no podía ser de otra manera, el médico era un hombre) tuvo que relatar los hechos:
-¿Qué pasó, bonita? –preguntó amablemente el doctor.
-¿Que qué pasó? ¡Que este pedazo de pelotudo me acaba de romper el orto de un pijazo! –respondió Paulina irritadísima.
Juan se sonrojó y agachó la mirada. El doctor no pudo contener la sonrisa (la cual, si se la hubiera dejado seguir su curso natural, hubiera sido una carcajada grotesca), pero discretamente logró disimularla.
-A ver, vamos a ver cómo está la cosa... ¡Mierda! ¿Pero qué le hiciste, flaco? ¡Mirá cómo le dejaste el oooorto!
Bueno, vamos a tener que coser; no queda otra –afirmó el doctor, con esa cara que ponen ellos; esa cara que lo aterroriza a uno desde que pronuncian la primer palabra.
El doctor cosió, mientras Juan observaba, y Paulina seguía echada allí. Culo para arriba y apenas sintiendo una pequeña molestia en el agujero del culo cada vez que aguja e hilo atravesaban la delicada carne.
Paulina y Juan volvieron a casa irrumpiendo a través de la tórrida noche porteña.
Pocos días después, la desafortunada pareja pudo volver a copular; pero las cosas habían cambiado: de ahora en más, cuando Paulina se dejaba cojer en cuatro ya no empujaba para adelante y para atrás. El aterrador recuerdo de la rotura de culo la dejaba completamente inmóvil, y así fue, de esta trágica manera, como Paulina se ganó el sobrenombre de... “La Quietita”...

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