Esta historia trata de cómo las cosas pueden no salir tan bien como quisiéramos. Es una historia de coger y no eyacular, de reírse de la buena mala suerte.
Fue una noche en la que salimos de trabajar Pablo ("Le Pabló", "El Suizo" o como querramos llamarlo) y yo. Decidimos ir a tomar "una" cerveza (sí, siempre es "una" y nos vamos...) al Paseo del Sol, a pocas cuadras de la glamorosa Avenida Santa Fe. Pablo tenía un cartoncito de ácido y yo nunca había visto a nadie tomando uno de esos, así que consideré interesante el hecho de observar sus efectos. Ni bien nos sentamos y sin que lo note, Pablito se lo colocó en la lengua y bebimos mientras él esperaba con ansias que "se le suba". Una sonrisa se dibujaba lentamente sobre su rostro. Bebimos tres cervezas y luego partimos hacia Makena, un boliche que no es de mi agrado, pero en fin, decidí acompañar a este suizo borracho y drogón a aquel lugar. Tomamos un taxi y en el camino nos cruzamos con otros compañeros de trabajo que se unieron a nosotros. Al entrar, yo me dirigí directamente a la barra, como es mi (sana) costumbre. Martín, uno de los compañeros que reclutamos en el camino, rió:
-Vos sos borracho de codo y barra -recitó.
-Efectivamente -respondí y ordené la primera.
Este boliche al que fuimos no conoce el significado de "precios módicos", y un litro de cerveza sale unos veintiocho pesos; considerando mi sed y mi situación económica, dicho precio es una estafa. Me dejé estafar.
Pablo bebió algunos tragos y luego comenzó a bailar y en su rostro se notaba ya
el efecto alegre y alusinante del LSD. Mientras tanto, yo sorbía mi bebida e intentaba ignorar la mala música y a toda aquella gente bailando. No me gustan
los lugares donde todo el mundo baila.
En cierto momento, una hermosa mujer intentó abrirse paso hacia la barra y un tipo que parecía estar bastante ebrio gritó "¡Ey! ¡Permiso, se dice!" La mujer hermosa pidió disculpas con un acento extraño y luego se paró a mi lado para pedir una bebida. Yo ya estaba lo suficientemente borracho como para ser simpático y no vacilé a la hora de arrojarle un "where are you from?", asumiendo que era gringa. Ella respondió en un inglés bastante rudimentario:
"I´m from Brazil" Y allí comenzamos a conversar. Como buena brasileña, ella era muy simpática. Era verdaderamente hermosa, aunque había en sus ojos algo extraño; una compleja mezcla de locura y tristeza profunda. Carol (o "Carou", según su pronunciación), se llamaba. Carol llevaba puesto un bonito vestido negro que me encendió en llamas en menos de un segundo. Conversamos alegremente durante un buen rato y le compré una cerveza y pedí dos Long Island, un trago muy "efectivo" para épocas en las que el efectivo escasea. En un momento, ella me preguntó dónde estaba el baño; yo esperé lo peor. Ya todos los hombres cazadores de mujeres en la noche conocemos el significado de ese irreparable y definitivo "voy al baño". Yo apunté mi dedo hacia el toilette, pero antes de que se vaya:
-Decime, Carou, ¿vas a volver o me estás chamullando porque ya te aburriste?
-Nao, eu vou voltar. Mira, mi cerveza está ahí -respondió sonriente.
Esperé con desconfianza. Esperé esos crueles e interminables minutos que amenazan sacudirte el orgullo y la autoestima con el abominable garrote del fracaso.
Volvió. Respiré alegre nuevamente y seguimos charlando.
No recuerdo con claridad cuánto tiempo pasó, pero repentinamente se encendieron las luces, se apagó la música, y amablemente nos invitaron a desalojar el lugar. Mientras todos seguían las instrucciones sumisamente, nosotros nos sentamos sobre unas banquetas que quedaron libres e ignoramos las órdenes. Su rostro y el mío se encontraban a corta distancia y, visto y considerando que deberíamos dejar el lugar en breve, me aventuré a besarla. Sólo para saber cómo proceder una vez fuera del boliche. El beso fue bien recibido; pequeños obsequios de la noche y la ebriedad.
Poco tiempo antes, Pablo había venido con su cara de loco y su acento franco-suizo. Caminaba como un gato, casi gateando, se podría decir:
-Che "boruro", ¿está buena esa mina? ¿Me puedo ir con ella?
La cuestión es que Pablito tenía una locura de ácido que no lo dejaba ver con claridad a la mujer con la cual quería acostarse. Sinceramente, a mí poco me importaba. Yo ya tenía una y no estaba dispuesto a invertir mi tiempo buscando una mujer para mi estimado amigo. Divisé entre los que bailaban a la que supuse que era la mujer en cuestión y dije que sí, que la mujer estaba bien, y Pablito partió con ella.
Como dije, yo besé a "Carou", y luego nos dieron el ultimátum; debíamos irnos. Al salir le pregunté a mi bella compañera brasileña si gustaría de acompañarme a mi casa; la respuesta fue positiva. Benditas sean las noches de suerte. Allí tomamos un taxi. Ya era de día y la luz caía sobre aquella hermosura y yo me sentía feliz y orgulloso de mi triunfo.
Por su lado, Pablito ya se encontraba en algún paraje desconocido junto a "su"
triunfo. Él, su locura de ácido, algo de cocaína que había conseguido ella, y ella. Pablo, ni lerdo ni perezoso, se tomó algunas líneas y no dudó en comenzar a desnudarla. Ingrata fue su sorpresa... (no, no era un hombre), pero la susodicha parecía no haberse depilado en los últimos veinte años, y para colmo, según dicen, el LSD agudiza notablemente el sentido del tacto, y cuando Pablo la agarró del culo se encontró con una frondosa cabellera. Sin embargo, Pablito, valiente como es él, hizo de tripas corazón y hundió heroicamente su hocico entre las matas. Como si esta tupida selva no fuera lo suficientemente repugnante, al llegar la lengua de Pablito a la vagina de la mujer X, el suizo se encontró con que ella estaba indispuesta: ¡maldita sea! Pablo puteó a dios y al dios de los dioses y a la puta madre que los parió a todos ellos.
Frustrado pero sin perder el coraje, Pablo le pidió a la mujer X que se bañe y se afeite todos aquellos vellos. Ella accedió, aunque no de muy buena gana pero accedió, y momentos más tarde se encontraba limpia y afeitada mamándosela a Pablín con un profesionalismo asombroso; pero ya era tarde. Pablito no podía quitarse de la cabeza el repugnante recuerdo de los pelos y la sangre invadiendo su boca. Pablo se encontró incapaz de conseguir una erección como para penetrarla. Sin embargo, la mujer X había tomado tanta cocaína que necesitaba estar activa y escogió como actividad chuparle la pija a Pablo. Loca se volvía, loca su boca con la pija y Pablo sonreía y apoyaba el trozo de vidrio sobre la cabeza de la mujer X y aspiraba el polvo mientras ella chupaba y chupaba.
Yo, por mi parte, desnudé a mi brasileña, me coloqué una "camisinha" y la penetré. Ella tenía un aro en uno de sus pezones y gemía dulcemente. La estábamos pasando bastante bien, aunque hubiera sido mejor si hubiera estado menos ebrio. En cierto punto de la ebriedad, no es fácil conseguir un buena erección; gajes del oficio... (de borracho, de cazador). En fin, la estábamos pasando bien. Cambiamos una o dos veces de pose y cuando ella se ubicó sobre mí, pude apreciar el generoso tamaño de sus senos y la perfección de su cintura. Todo parecía marchar a la perfección, pero repentinamente ella se detuvo: ¡maldita sea! (aquí cabría agregar dos signos de exclamación más de cada lado).
-Espera, espera -me dijo y se bajó.
-¿Estás bien? -pregunté intentado ocultar mi ansias de seguir.
-Sí, pero debo ser sincera contigo: estoy enamorada de un hombre en Brasil, no puedo seguir.
Yo sonreí.
-¿Estabas pensando en él mientras lo hacíamos?
-Sí.
Yo reí.
-¿Sabés qué? Yo también estoy enamorado, y también estaba pensando en ella mientras lo hacíamos.
Ambos reímos y nos quedamos conversando desnudos sobre el colchón. Era una mujer muy simpática y, aunque hubiera preferido haber sido capaz de seguir con la sesión de sexo, debo admitir que disfruté mucho de la charla y la simple desnudez. Ella me contó que estudiaba teatro, y yo no vacilé en pedirle que actúe para mí. Al principio se negó, pero fue una de esas negaciones femeninas. Solamente quería que le ruegue un poco; y lo hice. Así que allí nos encontrábamos. Dos desconocidos desnudos sobre un colchón, y mi dulce y bella compañera actuando despojada de sus ropas. La actuación incluía canto y todo. Aunque poco entendí del monólogo, me resultó sumamente agradable observarla. Se notaba que llevaba el arte en el alma.
Siempre me resulta atractivo eso de yacer desnudo junto a una desconocida y hacer el amor y conversar como si nos conociéramos de toda la vida. Lógicamente, ninguna mujer, ninguna charla, ningún sexo y ninguna voz puede compararse con la sensación de estar con Helen; pero ese es otro tema, y ya ha sido largamente tratado en decenas de cuentos y poemas en los últimos meses.
En fin, conversamos desnudos e intenté volver a meterme dentro de ella, pero sin suerte. Lo sexual estaba muerto y enterrado.
Alrededor de las diez de la mañana ella decidió volver a su hostel, decía que para ella dormir con alguien era como hacer el amor, y haciendo caso omiso de mis intentos de convencerla de que se quede, se fue. Salimos del 3ero C, yo algo triste y muy caliente, y ella con una plena sensación de libertad. Quería ver el sol. Cruzamos la calle y compramos una cerveza en el almacén del paraguayo Will. La destapé y le ofrecí, pero ella ya no quería beber, así que... más pasto para mi caballo. La acompañé hasta la calle Alsina y allí se tomó un taxi y cuando arrancó me arrojó una última sonrisa y un saludo. Se llevó mi número de teléfono consigo, pero como era de esperarse, nunca llamó.
Y aquí estás, "Carou", inmortalizada en las letras de un escritor que todavía nadie conoce.
Como sea. Yo regresé a mi departamento y dormí unas horas antes de ir a trabajar. Como pocas veces, estaba ansioso por llegar al trabajo. Quería saber qué había sido de la noche de Pablito. Fue muy gracioso verlo llegar: la cara desfigurada por las drogas, el alcohol y la noche en vela. Como si esto fuera poco, él venía hurgando en su boca con los dedos. Se los metía allí, los sacaba, y luego los escudriñaba con una mirada minuciosa; ¡seguía sintiendo pelos en la lengua!
Cuando llegó, se paró cerca de la barra y, dubitativo y ocultando algunos detalles al principio, me contó lo sucedido. No pudimos más que reírnos a carcajadas allí mismo. Reímos a carcajadas en la cara de nuestra buena mala suerte. Y eso es lo más atractivo de la noche: la ausencia de control, la carencia de planes, o la "descuajeringación" de los mismos; despertarse al día siguiente y descostillarse de la risa recordando lo eventos fortuitos y no tanto que tuvieron lugar, que se presentaron frente a nosotros trago a trago.
Los eventos que florecen de las copas...
jueves 24 de marzo de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada