domingo 24 de abril de 2011

El abuelo

Fue en un pueblo pequeño, el cual no va a ser descrito en detalle ya que la verdad es que nunca he estado allí... por lo tanto tampoco puedo afirmar con certeza que el pueblo haya sido pequeño. Tal vez era mediano.
Aquel pueblo estaba extrañamente plagado de niños. Niños pícaros que corrían con sus risas y sus voces de pito por las calles y jugaban y eran felices con sus pulmones inundados de aire puro.
Como sucede en muchos pueblos (pequeños o medianos), había un viejo. Un viejo que era como un abuelo para los niños. "El abuelo del pueblo".
Don Aurelio tenía entre setenta y ochenta años. Por razones desconocidas, el abuelo nunca se había casado y ni tenido hijos, y poco se sabía de su historia. En el pueblo, nadie recordaba cuándo había llegado el abuelo o si siempre había estado allí. Él se sentaba sobre una banqueta a un costado de la puerta de su casa que daba a una calle de tierra y allí tomaba mate. Vertía despaciosamente el agua desde una vieja pava de aluminio y sorbía mientras sus pequeños ojos brillaban bajo el caluroso sol de la tarde. Don Aurelio solía invitar a los infantes a merendar a su casa de vez en cuando. Les preparaba mate cocido con leche en polvo y les calentaba algunas tostadas con manteca y mermelada mientras les contaba divertidos cuentos (como aquel que hablaba sobre un caballo que los paisanos dejaban atado en el palenque dispuesto fuera de un bar, y luego, cuando salían, se subían a él y él se estiraba y se estiraba indefinidamente, hasta que se subía el último de los paisanos). Don Aurelio amaba a los niños, y ellos a él. Sin embargo, Don Aurelio, como cualquier abuelo, tenía preferencia por una personita en especial: Ángeles. Ángeles tenía unos 6 años y era la niña más solitaria del lugar. Su madre trabajaba en un pueblo aledaño, por lo tanto la criatura pasaba largas horas sin compañía ni supervisión responsable, y apenas si se relacionaba con los demás niños. Tal es así, que visitaba al viejo casi a diario.
Ángeles inspiraba ternura no solamente a causa de su desamparo, sino también por su belleza. Su sonrisa y su lacio cabello castaño podían arrancarle una dulce sonrisa hasta a una piedra.
Cierta tarde de lluvia, la mocosa vagaba sin rumbo por las calles, y al verla el abuelo la invitó a pasar adentro. Ese preciso día, Ángeles hubiera preferido seguir pateando piedras por las calles, pisando charcos y pensando en el verdor de los campos. Estaba algo triste porque extrañaba a su padre, quien había muerto trabajando en la estancia hacía pocos meses. Sin embargo, el dulce y tramposo abuelo, la sedujo:
-Venga mi nietita preferida, tengo una sorpresita para usted -le dijo guiñándole un ojo.
Ángeles sonrió:
-¿Qué sorpresita, abuelo? -preguntó inocente.
-Pero m´hija, que si le digo dejaría de ser una sorpresa. Además está toda mojada. Venga con el abuelo que le va a secar la ropa sobre la estufa a leña.
Movida por la curiosidad, la niña entró a la casa. Una vez allí, el abuelo le pidió que se sacara sus ropitas para colgarlas. Al principio la niña se negó argumentando que le daría frío; sin embargo, el abuelo refutó esta teoría explicándole que no sentiría ni el más mínimo frío siempre y cuando se quedara bien pegadita a la estufa, pero sin tocarla, por supuesto. Finalmente ella accedió, y mientras se desnudaba, el abuelo fue hasta su cuarto, regresó y se sentó en un banquito. Sacó de su bolsillo una píldora, se la metió en la boca y se la tragó con los restos del último mate frío.
-¿Qué es esa pastilla que estás tomando, abuelito?
-Solamente me ayuda a tener una buena irrigación de sangre -respondió el abuelo con sonrisa alevosa y mirándose ansiosamente la bragueta del pantalón.

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