
(Imagen: Elizabeth Pantano)
Era un día extraño para Elisa. Era el día de su muerte. Pero no radicaba en la muerte lo extraño. No. Lo extraño radicaba en el cielo tan colorido, en lo verde de las hierbas, en la alegre sinuosidad del camino de tierra y en el árbol seco que parecía abalanzarse sobre ella. ¿Por qué era tan negro su vestido y tan blancas sus piernas? ¿Por qué no se reflejaba la luz purpúrea del cielo en las piernas pálidas de Elisa?
Elisa moría de espaldas al mundo.
Al cerrar los ojos, quedaron bajo sus párpados las sombras de las ramas secas, y luego todo se volvió negro y Elisa sonrió. El último destello de sus dientes encendió en llamas al árbol seco. El mundo se transformaba en carbón, Elisa moría, y ya nada había que hacer con los colores pintados en el cielo.

relato simple, tanto como la muerte...
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