miércoles, 19 de enero de 2011

Elevándome nuevamente


El peso muerto de la incertidumbre
va disipándose, deforestando el bosque negro
que no deja avanzar, proyectar y calcular;
y deja finalmente en libertad
al muchacho de las luces tenues,
de duros escritos, de certeras canciones.

¡Oh amado enfoque!
No separes mi alma de los grandes autores,
mantén esta mente activa para comprenderles,
agudiza mis sentidos;
olores, colores, sonidos, superficies,
ya no quiero perderme de nada

¡Oh Primorosa Cerveza!
“Compañera en un hueco, agua dulce en el mar”
Nos fundiremos nuevamente y será como en los viejos tiempos:
ajedrez, suculentas comidas, parloteo literario… hilaridad.
No hay necesidad de desbaratar al caminar por la niebla.

Y en el pequeño espacio de un cuarto de San Telmo,
composiciones inspiradas en perfumes
alojados entre sábanas nacerán nuevamente.
“La Duermevela” incitará la caída de prendas,
dejando atrás el salvaje rugido de un alma oscura
que ahora reforzada, no permitirá jamás
que demasiada tristeza vuelva a apoderarse de los días;
sólo la justa y necesaria, para sentir como funciona el mundo.
Y que las gárgolas del amor en forma de espejismos
mueran antes de aparecer ante mí.

sábado, 8 de enero de 2011

Los Tipos

Los tipos se estaban embriagando desde hacía días y la cosa no estaba teniendo demasiado sentido. Embriagarse durante días no tiene mucho sentido desde un primer momento para cualquier persona normal. Pero ellos continuaban sin que aquello que los demás podrían pensar, les interese. Ellos bebían y bebían.
Y aquel tipo sentado justo frente a la mesa ratona donde yacían una veintena de envases vacíos, comenzó a perderle el “gusto” a la cosa.
Y todos hablaban, “bla bla bla”, y a él todo le comenzaba a lucir aburrido, palabras inhóspitas, exclamaciones que sólo eran eso. Exclamaciones.
El tipo necesitó apartarse de los otros tipos. Siempre quería estar apartado pero siempre había una botella por terminar, una raya por aspirar o una mujer a quien enamorar.
Todos querían ser grandes; escritores, músicos, actores, historiadores, y todo era “bla bla bla”.
Y el tipo ya estaba cansado de todo eso. Pero nuevamente estaba ebrio y siempre había otra cerveza por terminar, otra raya por aspirar y alguna mujer por enamorar.
Veía en todo eso una cierta coherencia una cierta visión al futuro o más bien al pasado. Donde los tipos se consideraban genios. Y estaba bien, el hombre siempre quiso ser genio. El hombre siempre quiso ser DIOS. Todos eran genios, ¡grandes genios! Y el tipo no se consideraba nada. Él sabía que no era nada, y sabía que los demás tampoco eran nada. No había oportunidad para ninguno de los allí presentes.
Y al tipo comenzó a dolerle el pecho, las manos, la cabeza, la vida.
Se acomodó en el sillón justo frente a la veintena de botellas vacías que se apoyaban en la mesita ratona.
Y todo continuaba igual “bla bla bla bla”.
Y el tipo poco a poco dejó de respirar, y murió.
Y el “bla bla bla” de los otros tipos por fin dejó de escucharse.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La Mujer de Humo

Sentí como nacías
De mis entrañas.
De mis fauces nasales,
En un exhalar
Mezcla de desdicha,
Y grises amores.
Te dibujé un poco
Haciendo círculos
Con mi índice
Dándote silueta,
Creando senos
Piernas, cola,
Cabello, nariz
Te vi coloreada
Por la luz tenue
de mi lámpara de lectura.

Bebí un trago
Corto;
Para no embriagarme
Simple;
Para disfrutarte
Te senté en mis piernas
Y te pedí que no murieras.
“Yo no moriré amor”
Pero empezabas a hacerlo
Entonces otra calada
Y otra vez mi índice
Y la luz tenue.

“¿Qué hacés en Tucumán?”
Me estoy haciendo fuerte amor
Estoy reconstruyéndome
Ya lo verás,
Ya lo sentirás,
No volverá a faltarme whisky
Ni cama, ni comida
Ni calor, ni amor
“Tengo que irme chiquitín”
Lo sé, es mi último cigarro
Ellos tampoco volverán a faltarme
“Lo prometes”
Sí.

Abro la ventana
Ya te mueres y te desvaneces
Como todas, como siempre
Y la luna está hermosa allá arriba
Pero no tengo ganas de hablar con ella.

martes, 21 de diciembre de 2010

Justicia para nadie

El taxi se paró. Llovía jodidamente en Tucumán y un pozo o algo así detuvo el motor. Nos quedamos en silencio. El incómodo silencio de dos personas. Chofer y pasajero y yo no me embriagaba desde hacía tiempo. Y el mundo me parecía un tarro lleno de mierda.
-¿No arranca?
-Y… no.
Ok. “Tipo listo” y yo sobrio. Los minutos pasaron, “Tipo listo” habló.
-No arranca.
-Bueno, ¿qué te debo?
-Lo que dice el reloj.
-No voy a pagarte lo que dice el reloj.
“Tipo listo” se puso nervioso.
-Me pagás o llamo apoyo y te damos una paliza porteño de mierda.
Ok. “Tipo listo” estaba nervioso de verdad y yo me asusté. Y luego ya no me asusté.
-¿Necesitás apoyo para darme una paliza?
-Te traje hasta acá. Pagame.
Mi oración no se había entendido. Nunca dije que no quería pagarle.
-Te doy uno de a cinco.
El reloj ya marcaba diez y la lluvia paró. 7:30 am. Por favor Dios, dame un trago.
-Ok. Dame los diez.
-Dame los cinco -repliqué, y la transacción terminó.
-La próxima vez te meto un puntazo. Porteño puto.
No respondí.
La violencia verbal es el látigo fatídico de una sociedad en decadencia. Yo estaba sobrio y no en decadencia. O al menos eso me dicen ahora. Pero no estoy convencido.
Debía hacerle un favor a un amigo. Declarar en un juzgado. Mentir. Estaba bien, quiero decir, no estaba bien que su padre esté preso. No era “él” quien debía estarlo. Los que debían estar encerrados manejaban el mundo y seguramente a esa hora estaban en el caribe agarrándose las bolas con cuero mientras un tipo le mete el dedo en el culo entre cintazos y cocaína. Pero tenían el poder y los millones. Y countries, y sobornos. Y el padre de mi amigo no tenía nada de eso. Sólo un cargamento de marihuana en su auto en la búsqueda por zafar del mundo del trabajo. No, él no debía estar preso.
Los pasillos del juzgado me recordaban a los pasillos de la sede central de AFIP. Pulcritud insulsa. Perfumes y sonidos de tacos. Secretarias hermosas. Tipos gordos de plata. Puertas cerradas “Prohibida la entrada a toda persona ajena a esta oficina” Secretarias que entran y salen seguramente después de mamársela a los gordos. Tal vez; no todas. O tal vez; todas. Lo decidiré cuando sea juez y haga el recuento de cuántas me la mamaron para ser secretarias.
Los abogados me habían preparado bien “decí esto y aquello”. Ok; digo esto y aquello.
Unos muchachos agradables, compradores. Jóvenes promesas de éxito. Trajes nuevos, oficina impecable decorada con fotos. Fotos de viajes, y libros de leyes y yo sentado esperando que un yunque me cayera encima. Les agradé, de alguna forma me sentí bienvenido. Yo era un signo pesos, si decía esto y aquello ellos cobrarían un buen dinero. Supongo que está bien, es así como funciona la cosa.
Así que ahí estábamos, los jóvenes abogados, los gordos con plata, las secretarias chupa verga y el escritor testigo falso. Todos en el Juzgado Penal de Tucumán mientras un hombre le parte un palo en la cabeza a su mujer en Bogotá y un pibe amenaza a un cajero con un 38 en Mataderos.
Llegaron entonces unos guardias, grandotes, de uniforme gris. Armas y palos les colgaban del cinturón y a mí se me fueron las ganas de tocarle el culo a alguna de las secretarias. No me hubiese gustado caer en manos de esos gigantes cara de mono.
Y los gigantes cara de mono traían esposado a un tipo. Era “alguien” que había hecho “algo” que estaba mal. Se frotaba las manos tatuadas con cinco puntos y un nombre. No pude leer el nombre.
El contraste que hacía el tamaño de su cuerpo con el de los guardias era confuso y te hacía pensar “¿qué carajos puede haber hecho este con ese tamaño?” La respuesta estaba en su caminar, en el incendio de sus ojos, en la destrucción que signaban las facciones de su cara.
Lo sentaron a un asiento del mío. Sentí pena por él. Era un hombre sin significado, como un nombre propio escrito con minúscula. No podías confiar en él, no podías acercarte a él. Cada segundo que pasaba imaginaba que el tipo le quitaba el arma a uno de los guardias y corría por los pasillos dando tiros. Nada sucedería. Nos miramos y dijo:
-Si sos un narco te meten veinte años. Pero si matás a un violador te dan cincuenta.
Suspiro. Le creí. Le di la razón. ¿Qué harían con él? A fin de cuentas todo es simple para el hombre; insultar, matar, juzgar, mentir, chupar una verga, putear. Como si de aplastar a un insecto se tratara.
Me llamaron. Hice lo que tenía que hacer y luego salí del edificio. Me senté en una plaza y encendí un cigarrillo. Una hoja cayó de un árbol junto a un pequeño bicho que caminaba pacífico cerca de mí. Lo aplasté.
No existía la justicia en el mundo ni para el asesino ni el verdugo. Todo era lo mismo. Tampoco existiría justicia para el preso ni para el bicho aplastado, entonces levemente un roce de tristeza aguó mis ojos que se perdían en el culo de una mujer que se paseaba frente a mí.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Han pasado horas

Me han pasado horas
mirando el cursor
y ni una sola palabra escrita.
La hoja en blanco
es el vivo detonante
de una carrera terminada,
agotada, vacía
La guitarra continúa
sin el más mínimo sonido.
Estoy total y completamente aburrido.
Sin nada que decir
y muy pocas ganas de escuchar.

Si estas en esta situación colega,
sólo recomiendo la soledad;
Quédate solo, el tiempo que lo necesites.
No escuches a nadie, no llames a nadie.
Cierra puertas y ventanas
No pienses, sólo bebe.
No comas, sólo bebe
Botella tras botella.
Apaga el teléfono,
cerrá tu cuenta de hotmail,
facebook, etc.

¿La PC?
Bueno es la primera vez que tengo una,
Y es la única forma que tengo de expresar.
Tal vez la deje encendida unos días más.

Han pasado horas,
justo delante de mis ojos.
Las horas no saben quién soy,
los días y los meses tampoco.
No saben de vos tampoco.
Bebe, cerveza tras cerveza,
Fuma, Cigarrillo tras cigarrillo

¿Y después?
Asoma la cabeza,
pues te esta esperando todo.
Renovado o destruido,
nuevo, o viejo
Pero siempre algo desconocido.
Y de eso se trata todo esto.
De disfrutar de lo desconocido.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Infidelidad

Hugo despidió a su mujer un día jodidamente caluroso de diciembre. Hacía ya tiempo que él había dejado de amarla. Quería dejarla pero no podía soportar su tristeza. Era un cobarde. Se despidieron mientras las lágrimas brotaban de los ojos de ella y él, ni siquiera se inmutaba. Sabía que todo había terminado. Ella también lo sabía. La Estación Retiro dejó salir el micro que llevaría a tan inmensa mujer a un descanso, a sus vacaciones. Él no se quedó a saludarla. Quería escapar y no sabía por qué, sólo quería escapar. Ella era una mujer hermosa, tanto en su interior como en su exterior. Pero Hugo ya no quería aquella comodidad. Le gustaba estar siempre al límite y la comodidad nunca puede mostrarte el límite.
Él no tenía casa ni dinero para irse, así que decidió buscar un trabajo que le diera algún dinero para poder marcharse. Consiguió algo en un restaurante, de lava platos; al tipo le gustaban ese tipo de trabajos en donde sólo se necesitaba fuerza y resistencia. Se consideraba un tipo fuerte y resistente, y aunque estuviese cansado siempre seguiría trabajando.
-Soy una mula de trabajo así que ¡no me jodan!
Pero le gustaba beber, y bebía como un condenado. Tragándose su propio vómito sólo por considerarse a sí mismo “el gran bebedor de cerveza”, y así su dinero se iba entre las risas de los demás y su tosquedad pues “NADIE BEBE MAS QUE YO”.
Los días y las semanas pasaron, Hugo comenzó a sentir la necesidad de tener sexo. No se trataba de amor, él sólo quería una concha para lamer, una mujer que le chupase la verga, un culo para pasar su sedienta lengua; pero no era habilidoso con las mujeres, y siempre terminaba ebrio en la que no era su casa, matándose a pajas con alguna película pornográfica en Internet. Pajas, pajas y más pajas todo el tiempo; si encontraba algún momento de ocio en el restorán se retiraba al baño y se hacía una buena paja pensando en alguna de las camareras del lugar.
Fue una noche de martes en la que él se encontraba en la barra de un bar en San Telmo. Siempre iba a ese bar, pues le gustaba el Jack Daniels, y por un billete de a veinte podía conseguir una buena medida. Había una mujer que siempre se lo servia bien cargado.
Mientras sorbía un trago de aquella bebida, una hermosa rubia pasó por su lado. Él la miró directamente a los ojos y ella también.
-Pues bien –pensó -no significa nada, ella sólo me miró, le perecí un tipo extraño.
Y Hugo continuó bebiendo.
Minutos después alguien tomó su hombro:
-Hola.
-Hola -le respondió él a aquella rubia
-¿Estás solo?
-Mucho -le dijo.
-Yo también.
-No te preocupes, somos un par de personas “solas”-ella sonrió
-¿Y qué haces?
-Nada.
-¿Nada? -retrucó ella.
-No, absolutamente nada.
-Pero tienes que hacer algo, tú tienes que hacer algo -le dijo en acento extranjero,
y comenzó a contarle sobre Nueva York. Le dijo que él se parecía mucho a la gente de allá, pero él sabia que los alcohólicos son iguales, en Nueva York, en Buenos Aires o en Ucrania.
Se enamoraron y comenzaron a besarse casi estruendosamente, estrechando sus húmedas lenguas, succionándose el uno al otro, chocándose los dientes, sin que ello les importara.
Él comenzó a pasarle la mano por la entrepierna, primero un poco suave y luego algo más acelerado:
-Wait -susurró ella frenando el masaje atrevido que le proporcionaba Hugo.
-¿Tienes un lugar?
Pero claro, Hugo no tenía un lugar, no tenía dinero para un “telo”, no tenía amigos, no tenía nada. Trató de pensar, pero la excitación lo nublaba. No era el hecho de eyacular, él quería coger con una mujer y que aquellas pajas se hicieran por una vez realidad. Ella era hermosa y el calor hacía brotar gotas de sudor entre sus tetas. Estaba volviéndose loco frente a la “yanki”.
-No tengo dinero para el taxi.
-No importa, yo lo pagaré.
Y así partieron al lugar prohibido, al lugar al que Hugo sabía perfectamente que no debían ir.
Continuaron besándose en el taxi, en el lobby, en el ascensor, en la puerta del departamento, y finalmente en la cama. Comenzaron a hurgarse el cuerpo. Él jugaba con su vagina bebiendo todo el líquido que de allí provenía; ella hacía lo mismo con su verga mamándosela incansablemente, y luego la dio vuelta y ella apoyándose en sus rodillas levantó aquel hermoso culo y dejó a la vista su sexo palpitando de placer. Comenzó a penetrarla primero lentamente disfrutando del momento, de la gloria, sintiendo el mas lujurioso placer. Ella gemía y gemía, y él también. Tuvieron sexo en todas las posiciones existentes, una y otra vez, repitiendo algunas de ellas, y la cosa siguió así hasta llegar al punto más alto del clímax, y juntos apretaron fuerte sus cuerpos en una acabada acompañada por un grito de placer ensordecedor.
Hugo cayó al costado de la cama, rendido, exhausto por todo aquello, respiró con dificultad hasta que se normalizó. Ella se levantó, fue al baño, se limpió y fue a la cocina a por un vaso de agua. Él no podía mantenerse despierto y una sensación de alivio y descanso ganó la batalla por mantener sus ojos abiertos. Se durmió profundamente.
Algo terrible estremeció su pecho al escuchar como unas llaves abrían la puerta de entrada del lugar. Y sólo una persona tenía las llaves. Hugo abrió los ojos y ahí estaba ella, su mujer, su ex mujer, bronceada, iluminada, hermosa como siempre y dueña de esa casa; la que pagaba las cuentas, la que siempre le cocinaba, lo acariciaba, lo besaba, lo cuidaba y le hacia el amor en aquella cama ahora ocupada por un extranjera. él miro al costado y la yanki yacía desnuda, dormida profundamente. No por mucho tiempo.
-¡HIJO DE MIL PUTA! ¡SOS UN HIJO DE MIL PUTA! BASURA TE VOY A MATAR HIJO DE MIL PUTA!
Y la rubia despertó desorientada por los gritos y los objetos que esta mujer desconocida para ella le arrojaba al tipo que había conocido la noche anterior.
Él no decía nada, y recibía los golpes, los palazos de escoba, las cachetadas, mientras intentaba ponerse los pantalones. Se levantó y salió de la habitación mientras ella seguía gritándole y golpeándolo. Pasó por la cocina y los golpes continuaron. Entonces con un movimiento que duró un segundo, ella tomó un cuchillo tramontana. Él la miró a los ojos y sólo pudo decirle “pará”. Ella se acercó con una increíble velocidad y Hugo sintió como el arma blanca recorría su estómago, sus entrañas, como cortaba tajante su vida a los 26 años. Llevó sus manos a la herida, mientras la “yanki” gritaba y lloraba. Tomó una remera que había dejado arriba de la mesa en su última noche de lujuria, y salió al pasillo, donde todos los vecinos del 6to piso miraban desde la puerta de sus departamentos. Hugo se sentó en el pasillo y alguien grito “¡llamen a una ambulancia!”. Tomó la remera y se la ató a su estómago para impedir la hemorragia. Todo era gritos y llanto y sangre. Hugo estaba tranquilo muriendo poco a poco, se metió la mano en el bolsillo sacó un paquete de Chesterfield y encendió uno. Fumó una calada y falleció.
Minutos después llegaron los médicos, y ahí estaba el cuerpo inerte de Hugo, empapado de sangre junto a sus dos mujeres, los vecinos y el portero del edificio, quien sostenía un balde de agua en una mano y un trapo de piso en la otra, listo para limpiar la escena de infidelidad.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Aracnofobia


¿Cuál es el objeto de tu creación?
Horrible artrópodo sin sentido
Danzas asquerosamente
En tus ocho patas
Conculcando mi siesta
Mi tranquilidad,
Mi opulenta vagancia

¿Porque no desapareces cuando me ves
Como lo haces cuando ves
a los demás humanos?
Tu peluda negrura sólo expele
Rechazo en mi especie
Nadie en este mundo te quiere cerca
¡Fuera, muere!

¿Quién te lo dijo?
Estoy seguro,
Fueron las hormigas
Las moscas,
Las polillas, los mosquitos
Las ratas, las cucarachas
Quieren venganza
Y conocen mi secreto,
El terror que habita en mí
al encontrarte.

Te temo,
Te odio,
Hasta en mis sueños
Nuestra lucha continua
En ocasiones;
Una sola gigantesca
Otras: cientos de ustedes
Subiendo lentamente por mis piernas

Dejaré el cuarto
Ganaste esta vez, otra vez
¿Cuál es el objeto de tu creación?
Lo comprendo… es mi aracnofobia

martes, 14 de diciembre de 2010

La copa en la cartera

En el bar, entre luces,
Un muchacho bebe
Humo instalado
A la altura de sus párpados
Mientras una maja mujer lo examina
En una tintineante sonrisa
Que invita a topar
Sus respectivas bebidas.

Departen, ríen, se persuaden
Rozan sus manos
Y el tacto los toma por sorpresa
Ambos corazones pulsantes
Se declaran en evidencia
Esa noche no serán para cualquiera,
Será sólo entre ellos.

Se buscan, se encuentran
Se excitan, deliran
Emergen sin siquiera conocerse
Celos, de un hombre al saludarla
Celos, de una mujer al saludarlo
“quédate a mi lado”
Discurren a la vez.

Es el momento y única ocasión
¿Cuál será el indicio?
Ella lo mira y acaba su copa de un sorbo
Él la terminó un minuto antes
En un gesto encubridor la copa se desliza en su cartera
Y lacrado queda el tratado de amor para esa noche.

Llegan a la habitación dan vida a un vino
Que llenará el vacío de la copa sustraída
Trofeo que patea lejos al fracaso
Que en sudor y gemidos
No rondará por ese cuarto...

lunes, 13 de diciembre de 2010

Medio segundo de maternidad…

De manera muy sutil Nicolás apartó su mano de la teta de Carla. Ella insistió tratando de generar algún signo de excitación en Nicolás. Pero no lo consiguió. Su boca lamiendo ya no provocaba aquellos descontrolados sonidos de placer en su hombre. Nada sucedió.
Dejaron de tocarse comprendiendo la fatídica escena. El amor y el sexo se hallaban lesionados de por vida entre los dos. Y no existía en el lugar sensación de querer recuperarlo.
Nicolás encendió un cigarrillo y ella la luz. Se paró frente al espejo y con sus manos examinó su figura:
-Che ¿Estoy gorda?
Él no contestó.
-Posta; estoy hecha una vaca.
La miró, la enfocó, divagó con sus ojos marrones por aquel cuerpo blanco. Viajó profundamente por sus piernas, su vello púbico, su casi inexistente barriga. Sus redondas tetas, sus pequeños pezones. Esos que tanto apetito le habían generado durante meses. Y luego su rostro. Cada uno de los “te amo” habían sido recitados desde su más profunda sinceridad.
A su risa, a sus ojos verdes, a su pelo azabache ondulado. Era lo mejor que le había ocurrido. No recordaba nada mejor y no pensaba en encontrar mejor conexión que esa.
-¿Qué mirás?
Se sintió a un segundo de volver a decirlo y al saberse pensativo desistió de la idea. Él ya no lo sentía y estaba seguro de que ella no querría escucharlo.
El cuarto quedó sin palabras unos minutos. Entonces por primera vez en dos meses un sentimiento de incomodidad se irguió como un muro entre los dos.
-Che, mirá; yo me voy.
Él se sonrió. Conocía ese tono, esa forma perspicaz que tienen las mujeres al despedirse. Al escapar amablemente de su vida.
Ella se acercó y lo besó en la mejilla:
-Tenés mucho talento Nicolás.
-Lo sé.
-No lo desperdicies.
-Nunca lo hago.
Ella suspiró queriendo ocultar una sonrisa.
-Te dejo los puchos.
-¡Gracias! -se acomodó en posición fetal y se tapó hasta las orejas.
-¿Me apagás la luz?
El alma de Carla percibió la primera sensación de maternidad en su vida. Mientras los ojos de Nicolás comenzaron a cerrarse ella contempló a aquel niño de 27 años. Sintió que debía protegerlo, cuidarlo, bañarlo y en el instante en que decidió meterse nuevamente a su cama la imagen de la habitación la tomó del cuello a la realidad. Bolsas vacías de cocaína, botellas de cerveza, cajas de vino, paquetes de preservativos que no pertenecían a sus sudorosas noches de sexo. Ella se sonrió y comprendió que no era su deber cuidar de él:
-¡Hey; Nicolás!
El la miró.
-Cuidate.
-Nunca lo hago -le respondió sentenciando definitivamente el amor animal que existió entre los dos. Ella apagó la luz y salió a tomar un taxi en Av. Corrientes mientras un hermoso sueño apartaba a Nicolás de Carla, del mundo y de él mismo.

lunes, 31 de mayo de 2010

Rumbo a casa.


Desperté cuando un tipo que se encontraba junto a su novia me habló:
-Eh; disculpame que te despierte, pero tengo que sacar mi auto.
Me di cuenta de que estaba durmiendo sentado junto a la puerta de su vehículo. Me levanté y sacudí mis pantalones mientras un intenso dolor recorrió mi espalda.
-Si querés te llevo. Se veía amable pero decidí que no. No sé por qué lo hice, tal vez debería haber dejado que me lleve, esa noche hacía un frío cojonudo.
Comencé mi camino a casa pensando que ya todo estaba acabado, que mis decisiones habían sido de lo más incorrectas y que de verdad yo estaba completamente perdido sin solución alguna.
Hoy Trelew me veía despertar en la mañana, era otra ciudad a la que regaba sus veredas con el peor de mis aspectos. Otro lugar en el que no me sentía a gusto, ni el lugar a gusto conmigo. Me habían echado del boliche. Al menos sabía que no volvería pues me esperaba el mundo entero, bueno es posible que el mundo no me esperase pero no importa, voy a ir a por él y agarrarlo de las pelotas.
-¡Metete el boliche en el culo! -fueron mis últimas palabras antes de irme a ¿dormir? a la vereda.
Caminé de lo más tranquilo bajando por Pellegrini sintiendo como la helada de las siete de la mañana se mezclaba con el aroma que provenía de la panadería “La Fueguina”
Sentí hambre y aún mas frío.
-Seguramente ella jamás sintió hambre ni frío -pensé, contestándome a mi mismo que eso no me hacía mejor que nadie. No se trataba de ser mejor, pero creo que en ocasiones cuando la desidia es diaria una leve caricia puede hacerte reaccionar, o un beso, o cualquier signo que resulte interesante dentro de determinados parámetros.
Así que suspiré y continué mi camino sintiéndome identificado con los árboles, ya sin hojas, del lugar.
A metros de cruzar la “pista de atletismo” un auto disminuyó la velocidad y consiguió ponerse justo a mi lado. Era un buen auto, de esos grandes y nuevos que ocultan a sus ocupantes tras sus vidrios ennegrecidos. Me recordó al tipo de auto que siempre compra mi viejo. El vidrio bajó:
-¡Hola León! ¿Que hacés? ¡Tanto tiempo! No la reconocí, no sabía quién era pero era una mujer, y estaba sola.
-Hey hola… todo bien ¿vos?
-¿Dónde vas?
-A mi casa.
-Subí, te llevo. Subí.
Nos dimos un beso en la mejilla, olí su perfume, era el “Ultra Violet” de Paco Rabane. Puedo reconocerlo en cualquier lado, solía amar a una mujer con ese perfume.
-¡León Imperiale! ¡Tantos años! -me dijo sonriendo mientras hacía ruidos con la nariz.
-Ese soy yo, pero la verdad no tengo idea de quién sos vos. No te puedo recordar.
-Jajaja, no te preocupes, no hay problema.
No le pregunté su nombre.
Frenamos en un semáforo, ella respiró profundo y me miró mientras se acomodaba su castaño cabello colocándose un clip y dejando al descubierto un rostro particularmente bello, extendí mi mano y le acaricié la mejilla, y ella devolvió la caricia a mi mano.
-Vos no cambiás más. ¿Cómo sabés que no te daría un cachetazo por haberme tocado?
-No lo sé; pero vos me estás llevando a mi casa y yo me pregunto cómo sabes donde vivo.
-Jajaja; sólo lo sé. ¿Querés una raya?
Entonces arrancó el auto y continuamos. Yo no respondí.
-¿No querés?
Ya estábamos a un par de cuadras de casa, la miré.
-La verdad es que no tengo ganas de quedarme despierto mirando el techo de mi casa, así que… paso. Frenamos en Marconi y Cambrin.
-Bueno; tal vez podrías venir a mirar el techo de mi casa. Tengo cerveza… y Jack Daniels.
Frenó en la puerta de la casa de mis viejos, los autos estaban estacionados y podía oír a los perros ladrar mientras la vecina de junto regaba la vereda y se apresuraba a acercarse para mirar bien quién había llegado.
-Qué vieja chusma de mierda -le dije– dale vamos a tu casa -sonrió y me besó en la boca.
Era un lindo departamento, acogedor, en el medio había un sillón bastante grande, lleno de almohadones que me invitaban a sentarme y acurrucarme en ellos. Ella se quitó los zapatos y fue a la cocina:
-Sentate, ahora vuelvo. Me senté sintiéndome muy cómodo apreciando el momento, recordando que hace sólo unos minutos atrás nada tenía sentido en mi vida, llegando a la conclusión de que siempre algo sucedería, que tal vez estar perdido me daría la ventaja de no esperar absolutamente nada de nadie, y sólo cualquier buen indicio se trasformaría en una gran aventura, una gran sorpresa. Mi vida volvía a estar alineada… al menos esa mañana.
Regresó con el Jack Daniels prometido, una botella de vino espumante, cuchillo y un plato. Luego fue a por los vasos. El mío tenía hielo y era un verdadero vaso de whisky.
-¿Te encargás? Me pasó la coca, el cuchillo y el plato. Volvió a besarme.
Coloqué el plato sobre la mesa ratona y me ocupé del asunto mientras observaba unos lindos cuadros en la pared color beige. Era una buena cantidad. Terminé, me serví un trago y esperé a que apareciera.
-Perdón; me fui a poner mas cómoda.
Vestía unos shorts algo cortos y una remera color azul con un logo que decía “Puerto Madryn Patagonia Argentina”. Se sentó frente a mí luciendo unas fabulosas piernas cruzadas.
-Están buenas tus canciones, no sabía que eras músico.
-No soy músico, soy escritor.
Armé cuatro rayas.
-¡Jua! ¿ESCRITOR?
-Un gran escritor…
-Bueno, si vos lo decís… ¿y sobre qué escribís?
-Sobre estas cosas.
-¿Qué cosas?
Las cuatro rayas ya no estaban.
-Hace un momento era un tipo cagado de frío y ahora estoy con una linda mujer en su casa. Escribo sobre eso.
-Ah… ¿vas a escribir sobre mí?
-No; no lo creo.
-Bueno; mejor. ¿Pongo música?
-Como gustes, es tu casa.
Atrás de su sillón había un equipo de música. Tomó el control remoto y le dio play estirándose contoneando su culo frente a mis ojos y dejando al descubierto una tanga color blanca. Me gustó, así que me levanté, y cuando se volvió acerqué mi boca a la suya y nos besamos con gran intensidad, lamiendo nuestras lenguas. Estiré mi mano y la pasé por su entrepierna:
-¡Epa! Tranquilo… tenemos tiempo.
Regresé a mi lugar me serví más whisky y armé otras cuatro líneas, esta vez, más prolongadas que las anteriores.
Hablamos mientras los tragos y todo lo demás se mezclaba en nuestros cuerpos.
-Jajaja; sos muy gracioso de verdad. ¿Cuándo fue que cambiaste tanto?
-El día que vi los hilos en las marionetas.
Se sentó a mi lado, y clavó sus ojos en los míos. Yo quité la mirada enfocándome en sus piernas, luego percatándome de mi vaso vacío.
-Necesito otro trago.
-¿Si? Creo que ya tomaste bastante.
-Necesito otro trago.
-Servítelo vos…
-Está bien.
Me serví, sabiendo que ya no podía beber más, la cuestión estaba fuera de mi control. Ella lo notó, así que antes de llevarme el vaso a la boca comenzó a besarme metiendo su mano por debajo de mi remera, y casi sin darme cuenta el vaso ya no estaba en mi mano, ahora tenía aquel lindo culo en mis manos.
Se sentó sobre mí haciendo movimientos hacia atrás y adelante con sus caderas. Yo ya estaba bien empalmado, introduje delicadamente uno de mis dedos haciendo a un lado el short que ya no servía demasiado para cubrir su sexo. Gimió metiendo su lengua en mi oreja llevando poco a poco su mano a mi bragueta. La abrió y se arrodilló succionando con suavidad. Me quitó los pantalones y yo quité los almohadones que ya no me servían. Le besé el ombligo bajando poco a poco introduciendo mi lengua en su concha.
-¡Cojeme!
Y comenzamos, primero muy despacio y luego las sacudidas se hicieron más fuertes, acompañadas de groserías y un fuerte latir en mi corazón. Una y otra vez, explorando nuestros cuerpos, en todo el sillón, la cocina y el baño, estallando en un final ruidoso y sudado.
Me senté a un costado del sillón y encendimos dos cigarrillos. Nos quedamos en silencio varios minutos y yo volví a perderme en los cuadros en la pared.
-Bueno -me dijo- mañana tengo muchas cosas que hacer, me voy a dormir ¿te llamo un taxi?
-Dejá, me voy caminando; pero sólo después de este trago y una raya más.
-No hay problema.
Terminé con todo eso y salí, ella bajó a abrirme y me despidió rápidamente con un beso en la mejilla, yo me quedé observándola como, casi en un trote, se dirigía al ascensor.
Me di cuenta de que estaba más lejos de casa que cuando salí del boliche, eran ya las once y media de la mañana y los últimos ejemplares del Diario El Chubut eran vendidos por los canillitas. Me crucé con uno de ellos:
-¿Diario patrón?
-Sí, claro. Compré uno con los últimos tres pesos que tenía y caminé tranquilo nuevamente hasta mi casa mientras los árboles sin hojas se parecían más a mí y el país se preparaba para festejar un bicentenario que no me interesaba para nada.

martes, 6 de abril de 2010

A los ojos


Aprendí que el reflejo en el espejo
dice menos de lo que creo.
Recordé los roces sin vitalidad,
que proporcionan las piernas
que ya no me pertenecen a esta cama.

Serví más de dos copas,
y las bebí todas.
Tomé un par de manos
y destruí un par de corazones.

Escuché fuerte y claro aquel “adiós”
no quise escuchar ni por un segundo aquel “te amo”.
Mi bolsillo estuvo lleno,
y palparlo, me costó vaciarlo entero.

Me abrí,
me cerré,
me embriagué,
nos embriagamos,
nos escapamos,
me vi,
era yo,
frente al espejo.

domingo, 4 de abril de 2010

Curiosidad


Sonó el timbre como a las 2 de la mañana. Me alegré, seguro era mi estimado amigo que siempre pasaba después de su trabajo a verme. Ese día llegó un tanto más tarde. Busqué los pantalones y en mi salida choqué con la última botella de cerveza que había bebido:
-Qué alegría verle. El sonrió y nos dimos un abrazo. Cruzamos el pasillo largo que conducía a un pequeño patio que daba a la puerta de entrada a mi casa. Le di las malas noticias:
-Mi amigo; no tengo dinero y mucho menos nada para beber. El asintió con la cabeza:
-Pues entonces no tenemos nada que hacer acá. Cambiate y vamos; me invitaron a una reunión.
Obedecí. Mientras abría la puerta un fuerte olor a mierda de gato me lo recordó:
-Che, hace un par de días que no veo a Priscila.
-Espero que esté bien.
-Yo también -contesté.
Puse llave y salimos con algún rumbo, incierto para mi, sumergidos en la más oscura de las noches del barrio de Villa Crespo.
Caminamos tranquilos, fumando un cigarro en silencio. Entonces él habló:
-¿Comiste?
-No.
-Yo tampoco. Vamos a comer algo.
Cruzamos corrientes y previa parada al cajero automático nos encontramos parados en una de esas pizzerias en las que por sólo seis pesos te llevás una grande de "muza". No tuvimos suerte, la pizzeria tenía demasiados pedidos por entregar y nosotros mucho hambre. Nos fuimos a una casa de empanadas que estaba justo cruzando la avenida y pedimos 6 empanadas y una cerveza. La cena fue cara. Hoy en día una empanada cuesta cuatro pesos y ninguno de nosotros dos sabía cual era la razón. Nos llevamos todo aquello en unas bolsas de nylon blancas. La muchacha que atendía nos abrió la puerta mientras yo le hacía un paneo a su atractivo culo. Era un lindo culo.
Nos sentamos en la vereda metros más adelante y nos dispusimos a comer y beber:
-Tiene lindo culo esa mina -mordí una de jamon y queso.
-Sí; lo tiene.
-Creo que se fija un poco en mí -él abrió la cerveza con el encendedor. Todo un arte.
-¿Te parece?
-Sí, creo que sí. Che ¿a dónde vamos? -tomé otra empanada.
-Me invitaron a una casa muy cerca de acá. Tal vez podríamos ir a ver que onda -me pasó la cerveza.
-Está bien -tomé un buen trago. Mientras lo hacía una mujer mayor pasó montada en una de esas bicicletas de montaña. Vestía una campera de rompe vientos color verde y unas calzas rosas. Se veía bastante mayor. Parecía tener la velocidad de subida pues daba frenéticas pedaleadas que la hacían ver un tanto extraña:
-Eso es extraño -dije.
-Sí; lo es.
Terminamos la cena y partimos. Pasamos justo frente a la casa de empanadas donde la chica del lindo culo terminaba de cerrar y se iba abrazada con uno de los pibes que laburan ahí:
-Bueno; tal parece que no estaba conmigo -le dije mientras el soltaba una leve carcajada.
Dio dos toques al timbre y esperamos. Nada. Lo intentó nuevamente mientras yo daba unos pasos hacia atrás para ver si alguien se asomaba. En un balcón dos tipos conversaban:
-Hey -les grité -estamos abajo.
Lucas se paró a mi lado:
-Hola ¿Está Andrés?
-Esperá -respondió uno.
Minutos después la puerta se abrió. Era una puerta gigante y se notaba pesada, frente a mí unas escaleras, muchas escaleras. Subimos; Andres nos acompañaba.
Era un departamento extraño, de grandes dimensiones acompañado de un excesivo olor a humedad. Me gustó que la heladera esté en el living. Cuando estás sobrio es necesario ver con tus propios ojos cuando te sirven un trago. Luego ya no importa.
Nos presentaron con las personas que se encontraban en el lugar; había tres mujeres y unos cuatro tipos. Me gustó una de ellas, tenía buenas tetas y una linda sonrisa. Lo tipos tenían pinta de idiotas y no tardé mucho en cerciorarme de ello. Creo que Schad también se dio cuenta, y también le gustó la mina de las buenas tetas.
-¿Qué toman?.
-¿Cuánto hay que poner? -respondí.
-Quince.
-Tomá, yo voy a por mi trago.
-Muy bien, ahí está la heladera.
Entonces bebimos, Lucas, Andres, las tres mujeres y los cuatro idiotas. Bebí unos tragos largos y rápidos para intentar entrar en sintonía. No tenía muchas ganas de hablar de sus universidades, de sus carreras, de sus proyectos. Schad lo sabía así que sólo contribuía a recargar mi vaso mientras yo permanecía en silencio. Claro; sólo hasta embriagarme.
Y ahí lo solté todo, lo de siempre, lo que siempre hago cuando me embriago, aborrecerlos a todos en sus caras. Hacerles la contra, mostrarles que sus vidas son insignificantes. Es que la mía también lo es , es sólo que yo estoy perfectamente consciente de ello. Y eso contribuye a mi sabiduría. ¡EL REY DE LA MEDIOCRIDAD! ¿Que si creo realmente en lo que digo? Claro que no... Ni en ellos, ni en mí, ni en nadie. ¿Entonces? Entonces puedo decir todo lo que se me venga en gana.
-¿Flaco; vos te pensás que sos el más borracho del mundo?
-Te puedo asegurar que soy el más borracho en este departamento.
-¿Y eso de qué te sirve?
Lucas me miraba de reojo, me conoce, sabe que los estoy poniendo nerviosos, sabe que estoy furioso, por ella, por todo. Y sobre todas las cosas sabe perfectamente que tumbaría a cualquiera de ellos. Él está tranquilo y sabe muy bien que yo no lo estoy.
Yo había estado observando a uno de los tipos. Iba y venía del baño y se lo notaba cada vez más exaltado. Era obvio; estaba tomando cocaína.
Me miró:
-Parece que sos un tipo duro -no respondí.
Se levantó dirigiéndose a una habitación, segundos después una enorme sonrisa lo acompañaba junto a un arma en su mano derecha. Cruzamos miradas con Lucas.
-Esta me la regaló mi viejo.
-Mirá vos.
-¿Te gustan las armas?
-No...
-¿Por?
-No lo sé, creo que soy un tipo muy curioso.
Le quitó el cargador, las balas brillaban con la luz del living. Lo volvió a meter. Estaba cargada.
-Che andá a guardar eso -dijo uno de los pibes.
-Pará; no pasa nada. Dale tomá, hacete hombre y agarrá un arma, gil.
Lanzó el arma hacia arriba y la tomó por el cañón dejando la culata frente a mis ojos.
-No.
-¡DALE!
Las tres mujeres se levantaron:
-Che nosotras nos vamos.
-Ustedes no se van a ningún lado, acá no va a pasar nada ¿Y, GRAN BEBEDOR DE CERVEZA, QUÉ VAS A HACER?
Volvió a ponerme la culata en la cara. La tomé. Schad me sacó el vaso y me miró haciendo un movimiento de negación con la cabeza. Yo continuaba con el arma en la mano, era pesada y fría, y se sentía un poder increíble, algo adictivo.
Entonces lo pensé; esta es mi oportunidad, puedo cambiarlo todo en un segundo, algo tiene que pasar, yo tenía un arma por primera vez en mi vida y no podía dejar pasar ese momento.
-¿Y, cómo se siente?
Levanté la vista y lo miré esbozándole una sonrisa. Me llevé el arma a la sien.
-León deja eso -dijo Lucas mientras las mujeres y los idiotas se levantaban de las sillas. El otro tipo soltó una carcajada.
-Cuidado; está cargada.
-Te lo dije; soy un tipo muy curioso -apreté el gatillo y pude escuchar el estruendoso grito de Lucas a quien vi por ultima vez abalanzándose sobre mi ultimo segundo de vida.
Y luego todo estaba en blanco, todo estaba calmado, no existía la más mínima sensación de nada. Era la nada total. Era un buen lugar.

sábado, 3 de abril de 2010

Mi Suerte

Un tipo en el bar la noche anterior me había contado que sólo invirtió un peso cincuenta, y que al otro día, consiguió un poco más de cien pavos.
-¿Y cómo lo hiciste cabrón?
-Te lo digo Elvis, fui a la agencia que está en Montevideo y Perón, y le jugué a la cabeza.
-¿A la cabeza de quién?
-Uff… no te puedo explicar ahora.
-Bueno no importa, el caso es que tenés cien mangos más.
Así que dejé de preocuparme por ello y seguí brindando a la salud de mi amigo, y de su bolsillo, cien pesos más lleno.
La mañana me encontró en la puerta del hotel donde vivía en Congreso. Conseguí levantarme y llamé a la puerta:
-¡Ey! Tengo que entrar, me estoy meando y tengo frío.
-¡Pague el alquiler señor Valdivia o váyase!
Puta madre, estaba en problemas. Casi sin dinero, sin casa, sin bebida, sin mujeres. Le hice una seña con el dedo al encargado y salí a caminar. La cuidad estaba rara, se sentía una inusual carga en el aire, los autos producían ruidos extraños, que yo desconocía.
El olor a subte era mucho más fuerte que de costumbre, y a la vista, ni un sólo bar abierto; o, al menos, ni uno que represente la posibilidad de embriagarme con algo más de diez pesos. Pregunté la hora a un tipo de saco y corbata:
-Las 12:32 -respondió.
Lo puteé.
-¿Por qué no me dice “doce y media”?
Ni hablar, tomé dirección a “los chinos” a comprar vino en caja, del más barato. En el trayecto, crucé con el lugar que me había mencionado aquel tipo; si, el del bar. Entré. Un hombre realmente grandote salió a atender:
-¿Que necesita?
-Necesito cien pesos.
-Ud. necesita un baño señor. Por favor retírese del lugar.
El maldito me hizo encabronar. Metí las manos en los bolsillos y saqué un bollo de billetes, sonaron también algunas monedas:
-¡He dicho que se me atienda!- dije mientras soltaba mi pequeña fortuna sobre el mostrador. El tipo tomó el dinero, lo contó y me miró a los ojos:
- Bien, ¿y a cuál desea Ud. jugar? ¿Matutina, vespertina o nocturna? ¿Nacional o provincial?
Sabia como llenarme las pelotas.
-Que se partan en mi cabeza todas las botellas que bebí en mi vida si no elijo la nocturna, y por lo demás, está en tus manos. ¡Ahora, rápido que tengo cosas que hacer!
El tipo apretó unas teclas, y luego hizo otra pregunta más:
-¿Número?
-¿Número de qué?
-Ud. tiene que elegir un número.
-¡No sé qué numero!
-Diga un número.
-¿Cualquiera? ¿El que yo quiera?
-Sí señor.
-Mmmmm, elijo el 1232.
El grandote aquel apretó unos botones más, escuché unos ruidos, seguidos de un último clic que daba salida a un papel blanco. Me lo entregó.
-¡Qué carajo! ¿Y mis cien pesos?
-Conserve el papel señor, y no vuelva por acá.
Lo último, lo dijo bien cerca de mi cara, y como dije antes, el tipo era grandote.
Esta vez estaba jodido, y mis ganas de beber aumentaban aun más con el pasar de los minutos. Viendo que la cosa no mejoraría decidí acostarme a dormir una siesta en Plaza de Mayo. Mendigué un cigarrillo por ahí, y cerré los ojos mirando una hermosa mujer disfrutar su sandwich de pollo, hasta quedar completamente dormido, con hambre y con ganas de beber.
El frío, fue lo que me despertó. Temblaba. Y al no tener medias, mis tobillos estaban congelados. Apenas podía moverlos. Tenía que resolverlo, no podía estar en esta situación, así que decidí llamar, por cobrar, a un viejo amor. Sentía con toda seguridad que ella podría cuidarme. La verdad, no teníamos contacto desde hacía algunos meses, pero mis ganas de golpearme una y otra vez con la inmensa pared que es la vida, parecía de alguna forma atraerle. Yo le atraía tal y como era.
Busqué en mis bolsillos su número, y los papeles inundaron mis manos, direcciones, teléfonos, propagandas de puteríos, de comida para llevar, etc. Pero nada, no podía encontrar el papel color azul con su nombre y su teléfono.
Y allí estaba en mi otra mano, “nocturna” decía, y el número 1232.
-´¿Qu mierda es esto...? -y recordé de qué se trataba.
La noche se hacia sentir, y yo aun no tenia un céntimo, por lo tanto, ni una gota de alcohol. Salí a caminar, me dirigía a ese lugar donde había estado horas antes, el trayecto no era largo, además me gusta mucho Capital Federal, sobre todo a esa hora pico. En la que todos salen de sus trabajos, y se dirigen a sus casas, donde alguna mujer u hombre los espera. En lugares calientes, con la cena lista. Un lugar donde aflojar la corbata y desatarse los zapatos. Un lugar para descansar.
Estuve parado frente al local, durante algunos minutos. Miraba el papel e intentaba comprender en que consistía todo aquello. Justo allí me iluminé. El número que estaba en mi papel, coincidía exactamente con el que estaba en la planilla que decia”Nocturna”. Me sentí bien, ya que el número que escogí, era el que figuraba en el primer lugar.
Un segundo después, alguien se paró a mi lado. Era un tipo mucho mayor que yo, a decir verdad, sólo tengo veinticinco años, a veces me dan mucho más. Pero este tipo superaba ampliamente cualquier edad que yo aparentase.
-¿Qué hacés? -preguntó.
-Nada, sólo miraba los números -el tipo se me acercó y frunció el seño como buscando un mejor enfoque:
-Yo te conozco a vos -dijo. Me retiré un segundo de su lado y lo observé:
-Sí, sí, yo te conozco a vos. De Ramos Mejia, en “Macarena” pusiste unos temas de Elvis en la rocola y empezaste a bailar como él.
Traté de recordar al hombre, pero bueno, como siempre no lo conseguí.
-Estuviste bárbaro, soy muy fan de Elvis.
-Gracias…-le dije.
Hice un suspiro como para llenar el espacio vacío e incómodo.
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-Nada, ¿por? -respondí
- Vamos a tomar unos tragos.
-¿Vos invitás?
-¡Claro!
Y partimos a San Telmo. Esa noche seria “Mitos Argentinos”
-Decime una cosa, ese papel que estabas mirando ¿de qué se trata?
-Te lo explico después. ¿Tu nombre?
-Lucas. ¿Vos?
-Elvis. Encantado.

Al día siguiente desperté en el hotel de Congreso. Miré el cuarto y me percaté de unas siete cajas de vino tinto. Junto a ellas, unas bolsas de “Coto” con alimentos. No tenia idea cómo había llegado allí todo eso. Y el hecho de estar en la habitación del hotel significaba que mis problemas de alquiler habían sido resueltos. No tenía ni un centavo, y el papel con el número ganador había desaparecido.
Me recosté, miré hacia el techo con los pies cruzados, encendí un cigarrillo y consideré que yo, era un tipo con suerte.

jueves, 25 de marzo de 2010

Burn… burn it all.

El encargado de seguridad del edificio donde trabajo yacía parado en el lobby mirando fijamente como una torrencial lluvia inundaba poco a poco las calles de un Buenos Aires colapsado en todo su sistema de drenaje. Era una lluvia realmente potente.
-Se va a inundar todo -dijo dando media vuelta y mirando solamente hacia mis ojos. Siempre quería hablar conmigo y yo estaba ahí y no podía evitarlo. Era un tipo bastante deficiente en su trabajo, mi compañero lo odiaba pero yo pensaba que le faltaba un tornillo y no podés hacer nada cuando a alguien le falta un tornillo. Así que no lo odiaba, tan sólo no quería hablar con él.
No le contesté y permanecí sentado en uno de los sillones mientras los demás hablaban frenéticamente con sus celulares, llamando a sus casas, a sus mujeres, a sus hijos, paradas de taxi. Etc.
Me acomodé en el sillón que resultó ser uno muy cómodo.
-Podría dormir acá -pensé; pero eso sólo ocurriría sin que toda esa parva de locos que se dicen cuerdos caminen a mi alrededor. Imbéciles.
-Eh León: ¿cómo vas a hacer para ir a tu casa?
-No tengo idea -respondí.
-¿Querés que te acerque? -contestó mientras apretaba los botones de un celular último modelo.
-No; está bien.
-Pero ¿óómo vas a hacer? Mirá cómo llueve. ¡No lo vas a poder resolver! Dejame que te lleve.
-No te preocupes; ya pensaré en algo.
Continuó hablando por teléfono y me dejó tranquilo.
La lluvia paró, me levanté de un salto y me encaminé hacia la puerta
-Che; se va a largar otra vez, ¡no salgas!
-No pasa nada.
-Pero te vas a mojar entero, mira si se te moja la “guita”, vení y esperá con nosotros.
Abrí la puerta y respiré profundo:
-No te preocupes; no tengo ni diez centavos -saludé y salí de ahí con mis pies sumergidos en el agua.
El tráfico estaba jodido, los coches no avanzaban ni retrocedían, todo era una molesta sinfonía de puteadas y bocinazos. Caminé abriéndome paso entre todo ello, libre, mientras pitaba un Chesterfield. Todos estaban acorralados…menos yo.
Llegué a Corrientes y comencé el trayecto de unas 50 cuadras hasta mi casa donde me esperaban mi gata y tres cervezas que funcionaban como una excelente motivación.
La cosa en Corrientes no estaba mejor y justo antes de cruzar Callao un apagón sumergió a la gran ciudad en una oscuridad que, estoy seguro, llenó de terror a millones de personas. A mí no me importó y seguí caminando iluminado por los faroles de autos y las luces de emergencia de los negocios. Era una agradable vista.
Encendí otro cigarro mientras pasaba justo al lado de un locutorio donde un pibe intentaba retener a los clientes hasta que volviera la luz y así poder cobrarles. El pibe se veía asustado y sudaba bastante:
-Pero señora; me tiene que pagar.
-Bueno; decime, ¿cuánto es?
-Por favor le pido, aguarde a que vuelva la luz. Lo clientes estaban todos acumulados en el mostrador. También observé cómo unos pibes que piden en la calle se acercaban al congestionado locutorio.
-No querido, yo me tengo que ir -y los demás clientes anunciaron lo mismo.
-¡Yo me voy!
-¿Qué se piensa este pelotudo, que me voy a quedar toda la noche?
-A la mierda, CHAU.
Y todos los clientes comenzaron a salir del lugar mientras el pibe de la caja trataba en vano de detenerlos, percatándose también cómo uno de los “chavalines” se metía en el bolsillo toda clase de golosinas. Sus pequeños amigos hicieron lo mismo.
-¡Eh nene: vení para acá! -y el chiquillo salió disparado con una destreza digna de admirar. Uno de sus amigos no fue tan hábil y en su corrida chocó con una de esas máquinas que contienen caramelos. La máquina cayó al suelo lo que provocó un ruido ensordecedor. Yo permanecí un momento mirando todo el asunto. La gente saliendo, gritando, puteando, el kiosco desbordado, los pequeños iban y volvían llenando sus pequeños brazos con todo lo que podían. Entonces todo se desbordó. Señores, señoras, universitarios, todos comenzaron a tomar lo que podían del locutorio mientras el empleado lo veía todo desde afuera tomándose la cabeza con las manos. Entonces los demás negocios quisieron cerrar sus puertas, mientras la furia se hizo aún más grande en todo el perímetro y la cantidad de gente fue de un número más grande. Y así comenzó todo. Como una onda expansiva en toda la ciudad, la escena se repetía cuadra a cuadra mientras mis pasos zigzagueaban entre palos y vidrios rotos.
Los autos incendiados eran ya varios en el trayecto a mi casa junto al sonido de sirenas y disparos.
Llegué al Abasto donde la situación era por demás seria. Entraban y salían, entraban sin nada y salían con todo. Pero también había cosas extrañas pues algunos no robaban nada, pero sus estribos habían sido soltados. Sólo corrían agitando los brazos, gritando, saltando sobre los autos, otros con palos molían plasmas, los destrozaban con singular placer.
Entonces vi venir hacia mí un muchacho de unos 30 años, de camisa, pantalón, sin zapatos y con un palo en la mano, un segundo después lo tenía mirándome a los ojos, me tomó de las solapas y me lanzó contra la cortina de un negocio. El miedo atravesó todo mi ser. Miró en dirección a mis pies y luego al costado. Levantó el palo y yo sólo pude cubrirme la cabeza exhalando un alarido. Se oyó un estruendo mientras los vidrios recorrían mi cuerpo. Se alzó con unos cinco pares de zapatos y antes de irse lanzó uno hacia mí. Me incorporé sacudiéndome los vidrios y continué mi camino. Dejé atrás el regalo del saqueador.
Sentí curiosidad por lo que sucedía en el shopping y crucé la calle. Escuché el grito de mujeres que provenía de un exclusivo local de ropa. Había allí unas cuatro o cinco de ellas, todas juntas, todas hermosas acorraladas por una veintena de hombres. Hombres de trabajo, de la calle, con muy mal aspecto sosteniendo armas, palos y cuchillos:
-¿Qué se piensan estas hijas de puta? ¡Me tienen harto! -gritaba uno mientras hacía chocar el garrote contra la palma de su mano.
-¡No las soporto! Todo el día moviendo el culo, con sus camisas ajustadas y sus tetas redondas y hermosas. ¡Ignorándome! Yo también soy una persona, yo quiero algo de eso ¡Y LO VOY A TENER AHORA MISMO! -y una exclamación eterna tronó en el lugar por parte de la veintena de hombres, agitando los elementos y las mujeres hermosas lloraban de terror y los hombres desdichados lloraban de alegría.
Es que el mundo es así, el sistema es así: como un hermoso par de tetas enfundado en un grandioso escote. Y todas las personas trabajan ocho horas de sus vidas (o a veces más) para conseguir algo de ese escote. Una probada al menos y algunos morían sin siquiera haber estado a varios kilómetros cerca de ello.
Pero esta noche, al escote del sistema muchos iban a meterle mano.
Mi paso continuó junto con la misma situación en el camino.
Llegué a casa, donde me esperaban mi gata y mis tres cervezas. No me preocupaba si saqueaban mi casa, daba igual que lo hicieran, el aparato mas sofisticado que tengo es una vieja heladera. Inexplicablemente yo tenía luz. Me senté en la mesa, abrí la cerveza y comencé a escribir a mano, sin celular, sin teléfono, sin equipo de música, sin computadora, sin nada; y sintiéndome muy bien… de que así fuera todo.

martes, 23 de marzo de 2010

Medicina


Les he mentido a ellas,
les he jurado el más puro de los amores,
tomé sus manos y les sorreí,
les dije que estaría a su lado hasta el final de mis días.

Luego sus lágrimas,
luego sus sinceras razones,
sus puteadas.

¡Andate no quiero volver a verte!
Patada en el culo, patada en el alma
y afuera, a algún bar.

Entonces ella se hizo presente y luego nunca respondió
y hoy, junto a un buen trago de alcohol,
bebo también una poca... de mi propia medicina,
y escribo, y lo veo... jejeje,
tal vez no todo sea tan malo.
Gracias de todas formas.

Asi

¿Así es como lo querías?
Pués ahí lo tienes:
la soledad, la más pura de las tristezas,
nadie contigo, ninguna razón para levantarse,
ninguna razón para mirar al cielo.

¿Así es como lo querías?
Durmiendo por las callles, sin dinero, sin trabajo;
apartado del calor humano, de las buenas costumbres.
Paredes arrogantes diciéndote la verdad... la única verdad:
estás solo.

¿Así es como realmente lo querías?
Dedos traspasando tu garganta para quitarte en un vómito
todo aquello que no te deja respirar, que no te deja seguir bebiendo.
Las hilachas en tus pantalones, las pulgas en tu piel, la orina como único perfume

¿Asi es como será todo?
Entonces encuentras tu reflejo
lo observas detenidamente;
entonces escuchas tus canciones,
lees tus cuentos, tus poemas.

Puedes verlos a todos, yendo a sus trabajos,
esperando el subte, esperando... para poder morir tranquilos
y dejar algo en este mundo,
y vos, no querés dejar nada.

Tu trago se desliza suavente en la mañana por tu garganta
dándole la única respuesta a todo esto:
pues sí... es así como quiero que sean mis días.

martes, 16 de marzo de 2010

Ave de mal agüero

Nicolás sintió que le picaba un huevo y llevándose la mano derecha en dirección a sus genitales la deslizó por debajo de sus calzones y rascó. Se quitó los calzones, quería estar desnudo.
Abrió los ojos y fijó la vista en la inmensa mancha de humedad que se dibujaba en el techo. Le gustaba mirarla, en ocasiones encontraba figuras de montañas, o rostros y cosas así. Era una buena forma de pasar el tiempo. Volvió a estirar el brazo buscando la botella de whisky pero no estaba ahí. Su chica tampoco estaba ahí. Se sintió bien por ello. Por estar solo.
Se levantó, encendió un cigarrillo y salió de la habitación:
-Mierda ¿Dónde dejé la botella? Bufaba mientras con los pies corría del piso algunos pantalones, corpiños y remeras.
-Esto es un quilombo -pensó-esta mina tendría que ordenar un poco. Bueno, yo también podría ayudarle.
Encontró la botella junto al sillón, fue a la cocina, lavó un vaso, metió un hielo, sirvió la bebida y antes de cerrarla le dio un trago “del pico”.
Volvió al living y se sentó en una silla a observarse la panza mientras bebía pequeños tragos y pensaba en la razón por la cual las cosas que sucedían a su alrededor no le importaban para nada. No era feliz, pero tampoco estaba triste. Sólo permanecía ahí sentado bebiendo mientras el mundo giraba en movimientos de rotación y translación sin que nada pudiera detenerlos. Ni al mundo… ni a él.
Pero el problema no era el planeta, el problema era la gente que lo habitaba; y eso Nicolás, lo tenía bien claro.
Comenzó a escuchar un ruido, una especie de sonido de una humanidad particular que provenía del baño. Le puso atención y logró darse cuenta de que se trataba de gemidos. Gemidos femeninos.
Los sonidos iban en aumento y Nicolás se sintió un tanto excitado, tal vez interesado. Se zampó un buen sorbo y se miró la verga. Nada… blanda y sin vida yacía hacia un costado apoyándose en su gorda entrepierna. Entonces la excitación y el interés se esfumaron por completo en otro trago.
Y los gemidos que provenían del baño se hicieron más prolongados y fuertes repitiéndose una y otra vez hasta que un pequeño alarido lo silenció todo.
Se oyó la cadena del baño, la canilla abriéndose, la canilla cerrándose y el picaporte girando y la puerta dejándola salir.
-ah… estabas acá -le dijo mientras se pasaba una toalla entre las piernas y una tira de su remera blanca se deslizaba por su hombro.
-¿Qué hacías? -preguntó Nicolás sin siquiera mirarla.
-Nada.
-¿Nada?
Tomó su cartera y buscó los cigarrillos. Cigarrillos de esos largos. Encendió uno, dio una calada ofuscada y exhaló.
-¿Sabés qué estaba haciendo?
A Nicolás no le gustó ese tono. Ese tono tan molesto que tenía ella justo antes de entrar en la más profunda de las furias. No sería una mañana tranquila ni para él, ni para nadie más en el edificio. Entonces todo estalló.
-¡ME ESTABA PAJEANDO! ¿¡ENTENDES AHORA!?
Nicolás sorbió otro trago.
-No grites…
-¿¡QUE NO GRITE!? ¡ME ESTOY PAJEANDO PORQUE MI NOVIO ES UN BORRACHO Y NI SIQUIERA PUEDE COGER!
Se escuchó cómo alguien golpeó la pared desde el departamento de al lado. Ella contestó con golpes más fuertes.
-¡ANDATE A LA PUTA QUE TE PARIÓ!
No hubo más golpes.
Suspiró y la vena en su frente desapareció. Dio otra calada al cigarro mientras lo miraba fijamente, lo observaba ahí sentado desnudo mirándose la panza bebiendo whisky con esa barba de meses, con días sin bañarse, con la mirada perdida en la pared blanca:
-¿Qué te pasó?
El no contestó.
-Vos me lo prometiste Nicolás, me dijiste que nunca ibas a cambiar, me prometiste viajes, me prometiste fiestas, me prometiste risas, alegría, canciones, shows.
-Si, lo sé; Dame tiempo… no estoy en un buen momento.
-Nicolás, ¡HACE DIEZ MESES QUE NO ES UN BUEN MOMENTO!
-No sé que es lo que querés que te diga -contestó mientras con la mirada buscaba algún par de pantalones. Halló unos jeans celestes, a el le gustaban esos jeans y sobre todo le gustaban combinarlos con su remera de Bukowski gris o una de Héroes del Silencio color negra. Las cosas simples de la vida eran lo que lo hacían feliz. ¿Y cuales eran? Encontrar una cerveza en la heladera al despertar sin saber que todavía quedaba, o un cigarrillo entero en la vereda cuando caminaba sin rumbo. Una mujer cruzada de piernas en un bar, un escote en el subte, cruzar por una esquina con la luz verde y llegar a la otra y que esta también este en verde. Un tipo fácil de complacer.
-No quiero que me digas nada ¡quiero que hagas algo! No hacés nada, ya no escribís, ya no cantás, ya no salís, no trabajás, lo único que haces es tomar y tomar. No podes conseguir marihuana, no podes conseguir “merca”, no tenés amigos, y no me das ni bola. ¡Estoy harta! Se levantó de la silla y enfurecida abrió las cortinas y ventanas:
-¡Quiero luz!
-No me gusta la luz.
-¡Quiero aire!
-No…
-Ya no lo aguanto más -se aproximó a él y acarició su mejilla- me voy.
-Por favor… no te vayas. La tomó de la mano y la besó mientras una lágrima comenzó a rodar por la comisura de sus labios. Ella se apartó con dirección a la habitación. Él la siguió.
Colocó una valija sobre la cama mientras una luz tenue entraba por las rendijas de la persiana. Comenzó a vaciar el placar mientras Nicolás la observaba sentado en la punta de la cama donde todo había sido hermoso una vez “lo que hoy es puro mañana está podrido”
-No voy a poder vivir sin vos.
-Vas a estar bien…
-Te juro que si te vas me corto el cuello.
Ella salió del cuarto y buscó las prendas que estaban regadas por el piso. Entró nuevamente en el cuarto.
-No me hagas esto Nicolás.
-Dame otra oportunidad; por favor.
Terminó de armar el bolso, se vistió mientras Nicolás quería de alguna forma impedir que se fuera, pero no tenía fuerzas, no entendía por qué no la retenía, porque no le mostraba que podía mejorar.
Ella tomó el bolso, lo miró a los ojos y supo que nada tenía que hacer al lado de este tipo. Él se metió en la cocina, tomo un cuchillo y se lo puso en la garganta:
-Te lo juro, si te vas me mato.
-No Nicolás, no te vas a matar. Chau -y la puerta se cerró.
El chuchillo permaneció en el cuello durante unos minutos y luego lo colocó sobre la mesa.
Todo estaba en silencio, todo había terminado, el fracaso inundó todo el cuarto mientras unos pájaros comenzaron a hacer sonidos desde la ventana. Nicolás se sirvió otro trago y continuó mirándose la panza. Panza de cerveza, de whisky, de poca comida.
El teléfono sonó pero Nicolás no atendió, el aparato cesó. Segundos después volvió a sonar, tampoco atendió.
Una tercera vez se escuchó el aparato. Esta vez atendió:
-Sí…
-Buena tardes con el Sr. Nicolás Sastre -la voz tenía un acento español
-Soy yo…
-Lo estoy llamando de “Estrellas de Limbo”
-Y…
-Bueno Ud. nos mandó un material hace unos 10 meses
-Y…
-Joder tío ¡QUE QUEREMOS EDITAR SU DISCO! Mire; anote esta dirección y vaya a esta oficina para le den más detalles. ¡FELICITACIONES!
-Gracias.
-Sr. Sastre… vaya con buen aspecto; sospecho que Ud. no se fija en ello.
Nicolás anotó, colgó y se quedó mirando la ventana mientras los pájaros parecían sonreírle o tal vez era la vida la que lo hacía. Y todo estuvo bien.

viernes, 26 de febrero de 2010

Mito

Hay un suelo en el que nadie quiere dormir
Existen mil cervezas que nadie quiere beber
Y todos se buscan; en miradas, en silencios,
Queriendo ser felices.

Míralos a los ojos, muéstrales tu furia
Hazles conocer la muerte y la soledad que habita en ti
Sube la guardia, construye un muro y hazte chiquitito
Deja que la oscuridad te tome de las manos
Déjate llevar por ella

Publica tus cuentos
Aunque pierdas un amor
Aunque la gente te odie
No duermas, no comas
Escribe canciones desgarradoras y tristes
Embriágate y súbete a cantarlas en el escenario

Aléjate del público estúpido
Quítate las palmadas del hombro
No escuches los aplausos, decántalos
Suda, maréate, vomita.

No guardes dinero
No compres casas
No hagas planes
No ames tu trabajo

No discutas, no pierdas tu tiempo
Solo diles “eres un imbecil”
Que caminen lejos de ti
Que se hagan a un lado cuando vas por la vereda
Que se levanten de la mesa cuando llegues.

Transita como un vagabundo
Escribe sobre todo ello
Y muere como un mito
Pues habrás vivido como nadie jamás se atrevió.
Y eso te convertirá en una leyenda.
Una leyenda desconocida… que jamás será olvidada

jueves, 25 de febrero de 2010

Beber y Llorar (Canción)


Sendero peligroso difícil de descifrar
No te vi venir tu sonrisa se apoderó de mí
De mis ganas de volar
De mi buena soledad

Aléjate de aquí ya no puedo soportar
Otro segundo así otro día de rencor
No quiero nada de ti
Déjame llorar aquí

Por tus caricias, falsas caricias
Por tus ojos, mundanos ojos
Por tu sonrisa… macabra sonrisa

No quedaba mucho en mí cuando trajiste tu aroma
Erizando mi piel ¡como no lo presentí!
Ya te va a tocar
Déjame beber aquí

Por tus caricias, falsas caricias
Por tus ojos, mundanos ojos
Por tu sonrisa… macabra sonrisa

viernes, 19 de febrero de 2010

Elvis Presley y Charles Bukowski

En su cumpleaños numero 57 Charles Bukowski estaría, seguramente, ebrio en algún concierto de poemas, o dándole duro a la máquina, escupiéndole a la vida.
Esa misma noche, a las 3 a.m. de la mañana del 16 de Agosto de 1977, a los 42 años, Elvis Presley fallecía al costado de su inodoro.
Siendo un gran seguidor de ambos, todavía me pregunto si Dios había tomado una buena decisión.
Tal vez, si les ubiese preguntado:
-Muchachos: ¿cuál de los dos quiere venir?
Elvis responderia:
-Iré donde tu me lo indiques Señor, sólo prométeme que cantaré toda mi vida -inclinándose y elevando su capa, la cual brillaria de tantos diamantes.
-Y tú Charles, ¿quieres venir?
Charles, sorbiendo su cerveza, tomarÍa de las pelotas a Dios y mirándolo a los ojos diría:
-¡Cabrón déjame tranquilo, voy a follarme una pendeja de 18 años a los 80. Además, no creo que seas Tú quien me venga a buscar asi que ¡LARGATE!
De cualquiera manera, Dios suele equivocarse.