viernes 8 de julio de 2011

La muerte de Elisa sobre las hierbas



(Imagen: Elizabeth Pantano)

Era un día extraño para Elisa. Era el día de su muerte. Pero no radicaba en la muerte lo extraño. No. Lo extraño radicaba en el cielo tan colorido, en lo verde de las hierbas, en la alegre sinuosidad del camino de tierra y en el árbol seco que parecía abalanzarse sobre ella. ¿Por qué era tan negro su vestido y tan blancas sus piernas? ¿Por qué no se reflejaba la luz purpúrea del cielo en las piernas pálidas de Elisa?
Elisa moría de espaldas al mundo.
Al cerrar los ojos, quedaron bajo sus párpados las sombras de las ramas secas, y luego todo se volvió negro y Elisa sonrió. El último destello de sus dientes encendió en llamas al árbol seco. El mundo se transformaba en carbón, Elisa moría, y ya nada había que hacer con los colores pintados en el cielo.

martes 14 de junio de 2011

Necrofilia

Alejandro trabajaba en la morgue. Si hubieran visto cómo se le congeló la cara de horror la primera vez que su pene se erectó al ver los senos de la muerta...
Si hubieran visto el rostro de la muerta al subírsele él encima... como si nada sucediera...

jueves 5 de mayo de 2011

Tristeza

Alberto vagaba ebrio por las aceras en medio de la noche. Al pasar junto a un charco negro, se arrodilló y mordió un trozo de la luna que se reflejaba en él, pero notó con amargura cómo se le escapaba por entre los dientes.

domingo 24 de abril de 2011

El abuelo

Fue en un pueblo pequeño, el cual no va a ser descrito en detalle ya que la verdad es que nunca he estado allí... por lo tanto tampoco puedo afirmar con certeza que el pueblo haya sido pequeño. Tal vez era mediano.
Aquel pueblo estaba extrañamente plagado de niños. Niños pícaros que corrían con sus risas y sus voces de pito por las calles y jugaban y eran felices con sus pulmones inundados de aire puro.
Como sucede en muchos pueblos (pequeños o medianos), había un viejo. Un viejo que era como un abuelo para los niños. "El abuelo del pueblo".
Don Aurelio tenía entre setenta y ochenta años. Por razones desconocidas, el abuelo nunca se había casado y ni tenido hijos, y poco se sabía de su historia. En el pueblo, nadie recordaba cuándo había llegado el abuelo o si siempre había estado allí. Él se sentaba sobre una banqueta a un costado de la puerta de su casa que daba a una calle de tierra y allí tomaba mate. Vertía despaciosamente el agua desde una vieja pava de aluminio y sorbía mientras sus pequeños ojos brillaban bajo el caluroso sol de la tarde. Don Aurelio solía invitar a los infantes a merendar a su casa de vez en cuando. Les preparaba mate cocido con leche en polvo y les calentaba algunas tostadas con manteca y mermelada mientras les contaba divertidos cuentos (como aquel que hablaba sobre un caballo que los paisanos dejaban atado en el palenque dispuesto fuera de un bar, y luego, cuando salían, se subían a él y él se estiraba y se estiraba indefinidamente, hasta que se subía el último de los paisanos). Don Aurelio amaba a los niños, y ellos a él. Sin embargo, Don Aurelio, como cualquier abuelo, tenía preferencia por una personita en especial: Ángeles. Ángeles tenía unos 6 años y era la niña más solitaria del lugar. Su madre trabajaba en un pueblo aledaño, por lo tanto la criatura pasaba largas horas sin compañía ni supervisión responsable, y apenas si se relacionaba con los demás niños. Tal es así, que visitaba al viejo casi a diario.
Ángeles inspiraba ternura no solamente a causa de su desamparo, sino también por su belleza. Su sonrisa y su lacio cabello castaño podían arrancarle una dulce sonrisa hasta a una piedra.
Cierta tarde de lluvia, la mocosa vagaba sin rumbo por las calles, y al verla el abuelo la invitó a pasar adentro. Ese preciso día, Ángeles hubiera preferido seguir pateando piedras por las calles, pisando charcos y pensando en el verdor de los campos. Estaba algo triste porque extrañaba a su padre, quien había muerto trabajando en la estancia hacía pocos meses. Sin embargo, el dulce y tramposo abuelo, la sedujo:
-Venga mi nietita preferida, tengo una sorpresita para usted -le dijo guiñándole un ojo.
Ángeles sonrió:
-¿Qué sorpresita, abuelo? -preguntó inocente.
-Pero m´hija, que si le digo dejaría de ser una sorpresa. Además está toda mojada. Venga con el abuelo que le va a secar la ropa sobre la estufa a leña.
Movida por la curiosidad, la niña entró a la casa. Una vez allí, el abuelo le pidió que se sacara sus ropitas para colgarlas. Al principio la niña se negó argumentando que le daría frío; sin embargo, el abuelo refutó esta teoría explicándole que no sentiría ni el más mínimo frío siempre y cuando se quedara bien pegadita a la estufa, pero sin tocarla, por supuesto. Finalmente ella accedió, y mientras se desnudaba, el abuelo fue hasta su cuarto, regresó y se sentó en un banquito. Sacó de su bolsillo una píldora, se la metió en la boca y se la tragó con los restos del último mate frío.
-¿Qué es esa pastilla que estás tomando, abuelito?
-Solamente me ayuda a tener una buena irrigación de sangre -respondió el abuelo con sonrisa alevosa y mirándose ansiosamente la bragueta del pantalón.

domingo 17 de abril de 2011

Voz

Cierto día, el loro aprendió a hablar, y como todo ser hablante, quiso el poder. Entonces aprendió a decir "sit"; y el perro se sentó.

jueves 24 de marzo de 2011

La buena mala suerte, una historia de coger sin eyacular

Esta historia trata de cómo las cosas pueden no salir tan bien como quisiéramos. Es una historia de coger y no eyacular, de reírse de la buena mala suerte.
Fue una noche en la que salimos de trabajar Pablo ("Le Pabló", "El Suizo" o como querramos llamarlo) y yo. Decidimos ir a tomar "una" cerveza (sí, siempre es "una" y nos vamos...) al Paseo del Sol, a pocas cuadras de la glamorosa Avenida Santa Fe. Pablo tenía un cartoncito de ácido y yo nunca había visto a nadie tomando uno de esos, así que consideré interesante el hecho de observar sus efectos. Ni bien nos sentamos y sin que lo note, Pablito se lo colocó en la lengua y bebimos mientras él esperaba con ansias que "se le suba". Una sonrisa se dibujaba lentamente sobre su rostro. Bebimos tres cervezas y luego partimos hacia Makena, un boliche que no es de mi agrado, pero en fin, decidí acompañar a este suizo borracho y drogón a aquel lugar. Tomamos un taxi y en el camino nos cruzamos con otros compañeros de trabajo que se unieron a nosotros. Al entrar, yo me dirigí directamente a la barra, como es mi (sana) costumbre. Martín, uno de los compañeros que reclutamos en el camino, rió:
-Vos sos borracho de codo y barra -recitó.
-Efectivamente -respondí y ordené la primera.
Este boliche al que fuimos no conoce el significado de "precios módicos", y un litro de cerveza sale unos veintiocho pesos; considerando mi sed y mi situación económica, dicho precio es una estafa. Me dejé estafar.
Pablo bebió algunos tragos y luego comenzó a bailar y en su rostro se notaba ya
el efecto alegre y alusinante del LSD. Mientras tanto, yo sorbía mi bebida e intentaba ignorar la mala música y a toda aquella gente bailando. No me gustan
los lugares donde todo el mundo baila.
En cierto momento, una hermosa mujer intentó abrirse paso hacia la barra y un tipo que parecía estar bastante ebrio gritó "¡Ey! ¡Permiso, se dice!" La mujer hermosa pidió disculpas con un acento extraño y luego se paró a mi lado para pedir una bebida. Yo ya estaba lo suficientemente borracho como para ser simpático y no vacilé a la hora de arrojarle un "where are you from?", asumiendo que era gringa. Ella respondió en un inglés bastante rudimentario:
"I´m from Brazil" Y allí comenzamos a conversar. Como buena brasileña, ella era muy simpática. Era verdaderamente hermosa, aunque había en sus ojos algo extraño; una compleja mezcla de locura y tristeza profunda. Carol (o "Carou", según su pronunciación), se llamaba. Carol llevaba puesto un bonito vestido negro que me encendió en llamas en menos de un segundo. Conversamos alegremente durante un buen rato y le compré una cerveza y pedí dos Long Island, un trago muy "efectivo" para épocas en las que el efectivo escasea. En un momento, ella me preguntó dónde estaba el baño; yo esperé lo peor. Ya todos los hombres cazadores de mujeres en la noche conocemos el significado de ese irreparable y definitivo "voy al baño". Yo apunté mi dedo hacia el toilette, pero antes de que se vaya:
-Decime, Carou, ¿vas a volver o me estás chamullando porque ya te aburriste?
-Nao, eu vou voltar. Mira, mi cerveza está ahí -respondió sonriente.
Esperé con desconfianza. Esperé esos crueles e interminables minutos que amenazan sacudirte el orgullo y la autoestima con el abominable garrote del fracaso.
Volvió. Respiré alegre nuevamente y seguimos charlando.
No recuerdo con claridad cuánto tiempo pasó, pero repentinamente se encendieron las luces, se apagó la música, y amablemente nos invitaron a desalojar el lugar. Mientras todos seguían las instrucciones sumisamente, nosotros nos sentamos sobre unas banquetas que quedaron libres e ignoramos las órdenes. Su rostro y el mío se encontraban a corta distancia y, visto y considerando que deberíamos dejar el lugar en breve, me aventuré a besarla. Sólo para saber cómo proceder una vez fuera del boliche. El beso fue bien recibido; pequeños obsequios de la noche y la ebriedad.
Poco tiempo antes, Pablo había venido con su cara de loco y su acento franco-suizo. Caminaba como un gato, casi gateando, se podría decir:
-Che "boruro", ¿está buena esa mina? ¿Me puedo ir con ella?
La cuestión es que Pablito tenía una locura de ácido que no lo dejaba ver con claridad a la mujer con la cual quería acostarse. Sinceramente, a mí poco me importaba. Yo ya tenía una y no estaba dispuesto a invertir mi tiempo buscando una mujer para mi estimado amigo. Divisé entre los que bailaban a la que supuse que era la mujer en cuestión y dije que sí, que la mujer estaba bien, y Pablito partió con ella.
Como dije, yo besé a "Carou", y luego nos dieron el ultimátum; debíamos irnos. Al salir le pregunté a mi bella compañera brasileña si gustaría de acompañarme a mi casa; la respuesta fue positiva. Benditas sean las noches de suerte. Allí tomamos un taxi. Ya era de día y la luz caía sobre aquella hermosura y yo me sentía feliz y orgulloso de mi triunfo.
Por su lado, Pablito ya se encontraba en algún paraje desconocido junto a "su"
triunfo. Él, su locura de ácido, algo de cocaína que había conseguido ella, y ella. Pablo, ni lerdo ni perezoso, se tomó algunas líneas y no dudó en comenzar a desnudarla. Ingrata fue su sorpresa... (no, no era un hombre), pero la susodicha parecía no haberse depilado en los últimos veinte años, y para colmo, según dicen, el LSD agudiza notablemente el sentido del tacto, y cuando Pablo la agarró del culo se encontró con una frondosa cabellera. Sin embargo, Pablito, valiente como es él, hizo de tripas corazón y hundió heroicamente su hocico entre las matas. Como si esta tupida selva no fuera lo suficientemente repugnante, al llegar la lengua de Pablito a la vagina de la mujer X, el suizo se encontró con que ella estaba indispuesta: ¡maldita sea! Pablo puteó a dios y al dios de los dioses y a la puta madre que los parió a todos ellos.
Frustrado pero sin perder el coraje, Pablo le pidió a la mujer X que se bañe y se afeite todos aquellos vellos. Ella accedió, aunque no de muy buena gana pero accedió, y momentos más tarde se encontraba limpia y afeitada mamándosela a Pablín con un profesionalismo asombroso; pero ya era tarde. Pablito no podía quitarse de la cabeza el repugnante recuerdo de los pelos y la sangre invadiendo su boca. Pablo se encontró incapaz de conseguir una erección como para penetrarla. Sin embargo, la mujer X había tomado tanta cocaína que necesitaba estar activa y escogió como actividad chuparle la pija a Pablo. Loca se volvía, loca su boca con la pija y Pablo sonreía y apoyaba el trozo de vidrio sobre la cabeza de la mujer X y aspiraba el polvo mientras ella chupaba y chupaba.
Yo, por mi parte, desnudé a mi brasileña, me coloqué una "camisinha" y la penetré. Ella tenía un aro en uno de sus pezones y gemía dulcemente. La estábamos pasando bastante bien, aunque hubiera sido mejor si hubiera estado menos ebrio. En cierto punto de la ebriedad, no es fácil conseguir un buena erección; gajes del oficio... (de borracho, de cazador). En fin, la estábamos pasando bien. Cambiamos una o dos veces de pose y cuando ella se ubicó sobre mí, pude apreciar el generoso tamaño de sus senos y la perfección de su cintura. Todo parecía marchar a la perfección, pero repentinamente ella se detuvo: ¡maldita sea! (aquí cabría agregar dos signos de exclamación más de cada lado).
-Espera, espera -me dijo y se bajó.
-¿Estás bien? -pregunté intentado ocultar mi ansias de seguir.
-Sí, pero debo ser sincera contigo: estoy enamorada de un hombre en Brasil, no puedo seguir.
Yo sonreí.
-¿Estabas pensando en él mientras lo hacíamos?
-Sí.
Yo reí.
-¿Sabés qué? Yo también estoy enamorado, y también estaba pensando en ella mientras lo hacíamos.
Ambos reímos y nos quedamos conversando desnudos sobre el colchón. Era una mujer muy simpática y, aunque hubiera preferido haber sido capaz de seguir con la sesión de sexo, debo admitir que disfruté mucho de la charla y la simple desnudez. Ella me contó que estudiaba teatro, y yo no vacilé en pedirle que actúe para mí. Al principio se negó, pero fue una de esas negaciones femeninas. Solamente quería que le ruegue un poco; y lo hice. Así que allí nos encontrábamos. Dos desconocidos desnudos sobre un colchón, y mi dulce y bella compañera actuando despojada de sus ropas. La actuación incluía canto y todo. Aunque poco entendí del monólogo, me resultó sumamente agradable observarla. Se notaba que llevaba el arte en el alma.
Siempre me resulta atractivo eso de yacer desnudo junto a una desconocida y hacer el amor y conversar como si nos conociéramos de toda la vida. Lógicamente, ninguna mujer, ninguna charla, ningún sexo y ninguna voz puede compararse con la sensación de estar con Helen; pero ese es otro tema, y ya ha sido largamente tratado en decenas de cuentos y poemas en los últimos meses.
En fin, conversamos desnudos e intenté volver a meterme dentro de ella, pero sin suerte. Lo sexual estaba muerto y enterrado.
Alrededor de las diez de la mañana ella decidió volver a su hostel, decía que para ella dormir con alguien era como hacer el amor, y haciendo caso omiso de mis intentos de convencerla de que se quede, se fue. Salimos del 3ero C, yo algo triste y muy caliente, y ella con una plena sensación de libertad. Quería ver el sol. Cruzamos la calle y compramos una cerveza en el almacén del paraguayo Will. La destapé y le ofrecí, pero ella ya no quería beber, así que... más pasto para mi caballo. La acompañé hasta la calle Alsina y allí se tomó un taxi y cuando arrancó me arrojó una última sonrisa y un saludo. Se llevó mi número de teléfono consigo, pero como era de esperarse, nunca llamó.
Y aquí estás, "Carou", inmortalizada en las letras de un escritor que todavía nadie conoce.
Como sea. Yo regresé a mi departamento y dormí unas horas antes de ir a trabajar. Como pocas veces, estaba ansioso por llegar al trabajo. Quería saber qué había sido de la noche de Pablito. Fue muy gracioso verlo llegar: la cara desfigurada por las drogas, el alcohol y la noche en vela. Como si esto fuera poco, él venía hurgando en su boca con los dedos. Se los metía allí, los sacaba, y luego los escudriñaba con una mirada minuciosa; ¡seguía sintiendo pelos en la lengua!
Cuando llegó, se paró cerca de la barra y, dubitativo y ocultando algunos detalles al principio, me contó lo sucedido. No pudimos más que reírnos a carcajadas allí mismo. Reímos a carcajadas en la cara de nuestra buena mala suerte. Y eso es lo más atractivo de la noche: la ausencia de control, la carencia de planes, o la "descuajeringación" de los mismos; despertarse al día siguiente y descostillarse de la risa recordando lo eventos fortuitos y no tanto que tuvieron lugar, que se presentaron frente a nosotros trago a trago.
Los eventos que florecen de las copas...

jueves 10 de marzo de 2011

Juan el cobarde

Como queda claramente asentado para cualquier lector medianamente perceptivo, Juan era un cobarde; un tremendo cobarde, y de esa manera vivía su triste vida: cobardemente.
Aquella noche, Juan caminaba con paso trémulo entre las sombras de la ciudad. Se dirigía hacia su hogar. Juan tenía tal aspecto de cobarde, o mejor dicho, tal actitud de cobarde, que podía notársele a varias cuadras de distancia; caminaba con las manos en los bolsillos, los hombros inseguramente encogidos, daba cortos pero ligeros pasos, agachaba la cabeza y la movía, de una manera que él consideraba discreta, de un lado hacia el otro esperando que llegue la tragedia, el horror. Pues bien, aquella noche la tragedia llegó. Resultó ser que apenas a una cuadra de su edificio, se aparecieron por detrás de Juan dos malandrines. Malandrines de esos de poca monta, de esos que roban apenas unos pocos pesos y tal vez un par de zapatillas que luego intercambiarán por una bolsita más de crack. Juan los oyó a lo lejos y en fracciones de segundo el terror se apoderó de él. Intentó ocultar su terror mediante la frágil estrategia de no acelerar el paso. Las voces ininteligibles se acercaban rápidamente, pero Juan se contuvo y logró no echarse a correr, sin embargo, era de tal magnitud el terror que sentía que sus piernas comenzaron a fallarle. Repentinamente, Juan recordó aquellos documentales que había visto en televisión. Frente a una bestia salvaje y brutal, cuando ya no hay escapatoria, lo mejor es permanecer inmóvil, pretender estar muerto, o algo por el estilo. Juan vio allí su salvación, y aprovechando la debilidad de su piernas, se desplomó sobre la vereda inmediatamente.
-Voy a dejarlos pasar -pensó Juan- van a observarme unos instantes y después van a perder el interés en mí. Tal vez palpen mis bolsillos. Tal vez me quiten lo que llevo encima (que no es mucho), y tal vez...
Los voces ya estaban allí:
-¿Y a este qué mierda le habrá pasado? -preguntó socarrona la primera voz.
-Qué se yo... debe estar re mamado -sugirió la segunda voz.
Juan sintió una suave patada en sus costillas, pero permaneció en "modo muerte". Apenas respiraba.
-Jajaj, ta muerto este -continuó una de las voces.
-Bueno, mejor. Guardá el fierro, no lo vamos a necesitar con este gil -apreció la otra voz.
Juan ni siquiera se atrevió a abrir los ojos.
-Dale, boludo. Revisalo.
Juan comenzó a sentir manos hurgando en sus bolsillos, luego en sus piernas y en su trasero.
-¡Che, tiene buen culo este! -bromeó alguna de las dos voces.
-No seas puto -respondió la otra. Luego se escucharon algunas carcajadas en la oscuridad.
Juan perdió el control y comenzó a temblar, pero era tan descontrolado su temblor que los jóvenes creyeron que eran convulsiones.
-Este está re pasado, jajaja.
-Jajaja.
-¿Le sacaste la guita?
-Sí, son como setenta mangos.
-¡Bien ahí! -festejó uno- con eso nos compramos unos re pares de bolsas.
-Che, yo le quiero ver el culo.
Juan deseó estar muerto. Muerto pero en serio, no de mentira como lo estaba. Permaneció inmóvil.
-¡Pero vos sos re puto! -acusó una de las voces.
-Daaaaleeee, capaz que vos no, jajaj.
-Bueno, dale, vamos a sacarle los pantalones, jaja; pero mirá que esto queda entre nosotros, eh -aclaró la que parecía ser la voz 1.
Juan contuvo la respiración mientras sentía cómo los jóvenes lo despojaban de su ropa.
-¡Mirá, boló, ni pelos tiene en el culo!
Juan se sonrojó ante el comentario y las risas, pero su rubor era imperceptible en la oscuridad. Solamente él pudo sentirlo en su rostro. Juan temió lo peor.
-¡Che, pero parece un culo de mina! ¡Jajajajja!
-Posta, eh -comentó reflexiva la voz 2 (quizás haya sido la voz 2, quizás no).
Sin que Juan lo supiera, ambos malvivientes se miraron el uno al otro con complicidad, hasta que uno de ellos lo dijo:
-Ya fue, se lo hacemos. Vamos a cogerlo. Ni se va a entrar.
Juan, echado allí sobre la vereda y con el regalado culo al aire, frunció el ano como si ya tuviera uno de esos (¿sucios?) miembros en "puerta". Pues pronto lo tuvo. Juan deseó la muerte una vez más, pero Juan era un verdadero cobarde; un cobarde hasta los dientes, un cobarde inquebrantable, así que se quedó allí frunciendo el ano en silencio mientras una trocha desconocida y dura comenzaba a abrirse paso hacia sus virginales intestinos. El dolor se sumó al terror, y pronto a Juan le estaban dando como a una puta perdida por el culo. Tal era la inmensa cobardía de Juan, que de alguna manera fue hasta un acto de valentía, de heroísmo, soportar tan sumisamente el ultraje; ni un grito, ni un gemido, ni una señal en su rostro. Pocos minutos después, los jóvenes desalojaron entre risas el culo de Juan y huyeron entre carcajadas que se perdían en la noche. No quedó en Juan sino el dolor y un recuerdo que solamente podría ser borrado de una manera. Juan quería gritar, llorar, herir, golpear, maltratar, abusar, asesinar, pero su cobardía seguía intacta, por lo tanto su ira quedó reducida a un silencioso y amargo lloriqueo.
Finalmente, Juan regresó a su hogar. Abrió la puerta. La cerró. Luego se echó sobre la cama, y mientras yacía allí, lamentándose, su cerebro se iluminó con el recuerdo del cable que había guardado debajo del sillón. Por primera vez en su vida, Juan encontró una cierta valentía en su alma. Colgó el cable del techo, hizo el correspondiente nudo, se echó el cable al cuello y terminó para siempre con su cobardía.
Por la mañana, ya no existía el rubor en el rostro de Juan, solamente quedaba un pálido color azul y colgando del cable, los restos de quien fuera en vida un verdadero cobarde.

jueves 17 de febrero de 2011

Tal vez deberías correr

Seguís rebotando
de fracaso en fracaso,
zigzagueando
de mujer en mujer,
de botella
en botella.

Largas horas
de ebriedad,
de imágenes
turbias,
de deseos
corroídos;
de herrubre
y
escombros.

Tanta oscuridad
arrastra
el alma
por las veredas
porteñas,
y más botellas,
y más vidrios rotos
sobre los cerámicos.

Tu juventud
se hunde
en copas
y copas,
y no surgen
sino un puñado
de tristes
poesías;
siempre
alejado del mundo.

¿Ves cómo
se pasa la vida
a través
del fondo
de tu vaso?

¿Ves tus fracasos
empapados en cerveza?

¿Atisbás
siquiera
la cumbre
que decías perseguir?

Un alud se abalanza
cuesta abajo,
lo observás
de pie
sobre los páramos,
mientras tus dedos
juegan con las monedas
en tus bolsillos.
Ya sentís
el viento
que impulsa
sobre tu rostro.
¿No te tiemblan las ojeras?

Se oye el estruendoso
rugido de la avalancha
y la desolación
en su carrera hacia
vos.

Tal vez
deberías
CORRER...

jueves 10 de febrero de 2011

Recuerdo difuso

No quedó en sus memorias más que el oscuro recuerdo de dos bocas, y un beso sin rostro envuelto en las penumbras.

miércoles 9 de febrero de 2011

Descenso


Caés lentamente,
te hundís.
El agua es pesada
y se atisba todavía
en la superfice
un espejo de luz
que se aleja.
Tus brazos flotan
inmóviles
a un lado
y al otro
de tu cuerpo.
Ya estás
casi
derrotado.
La gravedad
te arrastra
hacia el fondo;
tus pies esperan
con ansias.
Esperan el fondo
con la turbia
ilusión
de tener la
oportunidad
de impulsarse
hacia arriba
nuevamente.
Sabés que
falta poco...
falta poco...
falta poco...
pero te estás
quedando
sin
aire...

jueves 3 de febrero de 2011

Cobijo

Vuelvo a las perras de bar,
a las mujeres de copa y una noche,
las de las barras, las ojerosas
de vestidos rotos.

Cae la noche y se levanta
el viejo yo, en busca
del sexo de la fortuna,
de gringas aventureras,
o putas caras.

Vuelvo a las copas frescas,
a las noches tibias y solitarias
del estío porteño.

A cada paso recuerdo
la textura de tu campera marrón,
sus franjas amarillas,
las baldosas que pisasbas
con tus pies tan libres.

Entonces sonrío y te olvido.
Me abro paso a través de la estela
que dejaste,
a través de tus risas,
de tu compañerismo fatal.

Te devuelvo a tu independencia,
al decenio que me llevás de ventaja,
a tu experiencia, a tu superioridad.

Qué brutal fue el puñal
que me clavaste,
qué certero, qué acertado.

Sin rencor abro mi mano,
te devuelvo a tu vida
y me devuelvo a la mía;
y te deseo buena suerte.

Tal vez, volvamos a hablar
algún día, alguna noche
de frío y tormenta.

Mientras tanto sigo pisando baldosas
sin pasos que me sigan y sonrío
un vez más.

Allá voy, noche negra y amigable,
dame putas, dame alcohol;
o no me des nada,
tan sólo el cobijo amable
de tu brazo negro.

miércoles 26 de enero de 2011

La quietita (una historia basada en hechos reales...)


En la intimidad, a Paulina la llamaban “Quietita”. Este apodo vio la luz una oscura noche de un mes de mayo. Resulta que Paulina y Juan se encontraban encamados, y el acto sexual se había puesto más caliente que el asfalto durante el verano porteño. Ella “en cuatro” sobre la cama con colchón de resortes, y Juan que la embestía por detrás con una energía que ella consideró, en ese momento, sobrenatural. Paulina, como podía, resistía las embestidas, y con las manos estrujaba las sábanas, presa tanto del placer como del dolor. Juan la tenía tomada del cabello (ese hermoso cabello castaño que tiene Paulina) con una mano, y con la otra le propinaba unos suntuosos cachetazos en el culo. ¡Cómo disfrutaba Paulina de esas noches lujuriosas con Juan! A la vez que él le clavaba hasta el último centímetro de verga en esa concha que chorreaba de calentura, Paulina empujaba hacia atrás, para no perderse ni el más mínimo trozo de carne que había disponible.
-¿Te gusta cómo te cojo, perrita? –preguntaba Juan entre embestida y embestida. Pero Paulina, entre gritos y alaridos, no podía responder, y Juan seguía a los pijazos, y dele cachetadas en ese culo magníficamente redondo y carnoso que Paulina le ofrecía.
Ambos se encontraban fuera de control, y al borde del orgasmo. Paulina, que comenzó a estremecerse, logró emitir, a la vez que contenía el aire para aumentar al máximo el placer sublime, un “no pares, no paressss...”. Juan, lógicamente, se puso como loco, y con sus últimas fuerzas aceleró el ritmo y la profundidad de las penetraciones. Sin prever las consecuencias que tendría, Juan consideró acertado comenzar a dejar que su falo salga de la vagina cuando retrocedía, y luego volver a ensartarlo brutalmente en ella. La sensación era magnífica; ese segundo en el que el glande se adentraba por los estrechos labios vaginales era la gloria. Para ambos. Paulina, por su parte, seguía colaborando con sus movimientos siempre en dirección opuesta a los de Juan. Paulina hacia adelante, Juan hacia atrás; Juan hacia adelante, Paulina hacia atrás. Por el momento, todo marchaba a la perfección, y el orgasmo y la eyaculación eran inminentes; sin embargo, en una de estas últimas entradas y salidas, Juan no dio con certeza en el blanco vaginal, y su verga, dura como una piedra, se introdujo violentamente por el culo de Paulina. Paulina, estupefacta por el dolor y la novedosa experiencia de alojar una pija en su orto, no pudo más que emitir un grito sordo, y desplomarse sobre la cama. Juan, como pudo bajo las luces tenues, observó el panorama: tanto su poronga como sus huevos, y hasta las piernas, se encontraban embadurnadas en sangre. La misma imagen se repetía en el ojete de Paulina, quien sollozaba mientras se lo tocaba inútilmente con las manos, y la sábanas se teñían de un rojo negruzco.
-¿Estás bien, Pau? –osó preguntar Juan.
-¡Me acabás de romper literalmente el CULO, pelotudo! –gritó Paulina indignada- ¿Te parece que puedo estar bien?
-Bueno, no fue intencional, Pau. A mí también me duele la poronga... –dijo Juan, en intento por apaciguar los ánimos.
Fracasó rotundamente. Las lágrimas seguían brotando de los ojos de Paulina, y la sangre por el orto. No hubo remedio. Juan y Paulina tuvieron que llamar una ambulancia. Acostada sobre la camilla, boca abajo, por supuesto, Paulina rezaba al dios de los culos rotos que abra uno sobre la tierra y la trague inmediatamente. Obviamente, sus plegarias no fueron escuchadas, y al llegar al hospital (donde para su desgracia, y como no podía ser de otra manera, el médico era un hombre) tuvo que relatar los hechos:
-¿Qué pasó, bonita? –preguntó amablemente el doctor.
-¿Que qué pasó? ¡Que este pedazo de pelotudo me acaba de romper el orto de un pijazo! –respondió Paulina irritadísima.
Juan se sonrojó y agachó la mirada. El doctor no pudo contener la sonrisa (la cual, si se la hubiera dejado seguir su curso natural, hubiera sido una carcajada grotesca), pero discretamente logró disimularla.
-A ver, vamos a ver cómo está la cosa... ¡Mierda! ¿Pero qué le hiciste, flaco? ¡Mirá cómo le dejaste el oooorto!
Bueno, vamos a tener que coser; no queda otra –afirmó el doctor, con esa cara que ponen ellos; esa cara que lo aterroriza a uno desde que pronuncian la primer palabra.
El doctor cosió, mientras Juan observaba, y Paulina seguía echada allí. Culo para arriba y apenas sintiendo una pequeña molestia en el agujero del culo cada vez que aguja e hilo atravesaban la delicada carne.
Paulina y Juan volvieron a casa irrumpiendo a través de la tórrida noche porteña.
Pocos días después, la desafortunada pareja pudo volver a copular; pero las cosas habían cambiado: de ahora en más, cuando Paulina se dejaba cojer en cuatro ya no empujaba para adelante y para atrás. El aterrador recuerdo de la rotura de culo la dejaba completamente inmóvil, y así fue, de esta trágica manera, como Paulina se ganó el sobrenombre de... “La Quietita”...

miércoles 19 de enero de 2011

Elevándome nuevamente


El peso muerto de la incertidumbre
va disipándose, deforestando el bosque negro
que no deja avanzar, proyectar y calcular;
y deja finalmente en libertad
al muchacho de las luces tenues,
de duros escritos, de certeras canciones.

¡Oh amado enfoque!
No separes mi alma de los grandes autores,
mantén esta mente activa para comprenderles,
agudiza mis sentidos;
olores, colores, sonidos, superficies,
ya no quiero perderme de nada

¡Oh Primorosa Cerveza!
“Compañera en un hueco, agua dulce en el mar”
Nos fundiremos nuevamente y será como en los viejos tiempos:
ajedrez, suculentas comidas, parloteo literario… hilaridad.
No hay necesidad de desbaratar al caminar por la niebla.

Y en el pequeño espacio de un cuarto de San Telmo,
composiciones inspiradas en perfumes
alojados entre sábanas nacerán nuevamente.
“La Duermevela” incitará la caída de prendas,
dejando atrás el salvaje rugido de un alma oscura
que ahora reforzada, no permitirá jamás
que demasiada tristeza vuelva a apoderarse de los días;
sólo la justa y necesaria, para sentir como funciona el mundo.
Y que las gárgolas del amor en forma de espejismos
mueran antes de aparecer ante mí.

sábado 8 de enero de 2011

Los Tipos

Los tipos se estaban embriagando desde hacía días y la cosa no estaba teniendo demasiado sentido. Embriagarse durante días no tiene mucho sentido desde un primer momento para cualquier persona normal. Pero ellos continuaban sin que aquello que los demás podrían pensar, les interese. Ellos bebían y bebían.
Y aquel tipo sentado justo frente a la mesa ratona donde yacían una veintena de envases vacíos, comenzó a perderle el “gusto” a la cosa.
Y todos hablaban, “bla bla bla”, y a él todo le comenzaba a lucir aburrido, palabras inhóspitas, exclamaciones que sólo eran eso. Exclamaciones.
El tipo necesitó apartarse de los otros tipos. Siempre quería estar apartado pero siempre había una botella por terminar, una raya por aspirar o una mujer a quien enamorar.
Todos querían ser grandes; escritores, músicos, actores, historiadores, y todo era “bla bla bla”.
Y el tipo ya estaba cansado de todo eso. Pero nuevamente estaba ebrio y siempre había otra cerveza por terminar, otra raya por aspirar y alguna mujer por enamorar.
Veía en todo eso una cierta coherencia una cierta visión al futuro o más bien al pasado. Donde los tipos se consideraban genios. Y estaba bien, el hombre siempre quiso ser genio. El hombre siempre quiso ser DIOS. Todos eran genios, ¡grandes genios! Y el tipo no se consideraba nada. Él sabía que no era nada, y sabía que los demás tampoco eran nada. No había oportunidad para ninguno de los allí presentes.
Y al tipo comenzó a dolerle el pecho, las manos, la cabeza, la vida.
Se acomodó en el sillón justo frente a la veintena de botellas vacías que se apoyaban en la mesita ratona.
Y todo continuaba igual “bla bla bla bla”.
Y el tipo poco a poco dejó de respirar, y murió.
Y el “bla bla bla” de los otros tipos por fin dejó de escucharse.

miércoles 22 de diciembre de 2010

La Mujer de Humo

Sentí como nacías
De mis entrañas.
De mis fauces nasales,
En un exhalar
Mezcla de desdicha,
Y grises amores.
Te dibujé un poco
Haciendo círculos
Con mi índice
Dándote silueta,
Creando senos
Piernas, cola,
Cabello, nariz
Te vi coloreada
Por la luz tenue
de mi lámpara de lectura.

Bebí un trago
Corto;
Para no embriagarme
Simple;
Para disfrutarte
Te senté en mis piernas
Y te pedí que no murieras.
“Yo no moriré amor”
Pero empezabas a hacerlo
Entonces otra calada
Y otra vez mi índice
Y la luz tenue.

“¿Qué hacés en Tucumán?”
Me estoy haciendo fuerte amor
Estoy reconstruyéndome
Ya lo verás,
Ya lo sentirás,
No volverá a faltarme whisky
Ni cama, ni comida
Ni calor, ni amor
“Tengo que irme chiquitín”
Lo sé, es mi último cigarro
Ellos tampoco volverán a faltarme
“Lo prometes”
Sí.

Abro la ventana
Ya te mueres y te desvaneces
Como todas, como siempre
Y la luna está hermosa allá arriba
Pero no tengo ganas de hablar con ella.

martes 21 de diciembre de 2010

Justicia para nadie

El taxi se paró. Llovía jodidamente en Tucumán y un pozo o algo así detuvo el motor. Nos quedamos en silencio. El incómodo silencio de dos personas. Chofer y pasajero y yo no me embriagaba desde hacía tiempo. Y el mundo me parecía un tarro lleno de mierda.
-¿No arranca?
-Y… no.
Ok. “Tipo listo” y yo sobrio. Los minutos pasaron, “Tipo listo” habló.
-No arranca.
-Bueno, ¿qué te debo?
-Lo que dice el reloj.
-No voy a pagarte lo que dice el reloj.
“Tipo listo” se puso nervioso.
-Me pagás o llamo apoyo y te damos una paliza porteño de mierda.
Ok. “Tipo listo” estaba nervioso de verdad y yo me asusté. Y luego ya no me asusté.
-¿Necesitás apoyo para darme una paliza?
-Te traje hasta acá. Pagame.
Mi oración no se había entendido. Nunca dije que no quería pagarle.
-Te doy uno de a cinco.
El reloj ya marcaba diez y la lluvia paró. 7:30 am. Por favor Dios, dame un trago.
-Ok. Dame los diez.
-Dame los cinco -repliqué, y la transacción terminó.
-La próxima vez te meto un puntazo. Porteño puto.
No respondí.
La violencia verbal es el látigo fatídico de una sociedad en decadencia. Yo estaba sobrio y no en decadencia. O al menos eso me dicen ahora. Pero no estoy convencido.
Debía hacerle un favor a un amigo. Declarar en un juzgado. Mentir. Estaba bien, quiero decir, no estaba bien que su padre esté preso. No era “él” quien debía estarlo. Los que debían estar encerrados manejaban el mundo y seguramente a esa hora estaban en el caribe agarrándose las bolas con cuero mientras un tipo le mete el dedo en el culo entre cintazos y cocaína. Pero tenían el poder y los millones. Y countries, y sobornos. Y el padre de mi amigo no tenía nada de eso. Sólo un cargamento de marihuana en su auto en la búsqueda por zafar del mundo del trabajo. No, él no debía estar preso.
Los pasillos del juzgado me recordaban a los pasillos de la sede central de AFIP. Pulcritud insulsa. Perfumes y sonidos de tacos. Secretarias hermosas. Tipos gordos de plata. Puertas cerradas “Prohibida la entrada a toda persona ajena a esta oficina” Secretarias que entran y salen seguramente después de mamársela a los gordos. Tal vez; no todas. O tal vez; todas. Lo decidiré cuando sea juez y haga el recuento de cuántas me la mamaron para ser secretarias.
Los abogados me habían preparado bien “decí esto y aquello”. Ok; digo esto y aquello.
Unos muchachos agradables, compradores. Jóvenes promesas de éxito. Trajes nuevos, oficina impecable decorada con fotos. Fotos de viajes, y libros de leyes y yo sentado esperando que un yunque me cayera encima. Les agradé, de alguna forma me sentí bienvenido. Yo era un signo pesos, si decía esto y aquello ellos cobrarían un buen dinero. Supongo que está bien, es así como funciona la cosa.
Así que ahí estábamos, los jóvenes abogados, los gordos con plata, las secretarias chupa verga y el escritor testigo falso. Todos en el Juzgado Penal de Tucumán mientras un hombre le parte un palo en la cabeza a su mujer en Bogotá y un pibe amenaza a un cajero con un 38 en Mataderos.
Llegaron entonces unos guardias, grandotes, de uniforme gris. Armas y palos les colgaban del cinturón y a mí se me fueron las ganas de tocarle el culo a alguna de las secretarias. No me hubiese gustado caer en manos de esos gigantes cara de mono.
Y los gigantes cara de mono traían esposado a un tipo. Era “alguien” que había hecho “algo” que estaba mal. Se frotaba las manos tatuadas con cinco puntos y un nombre. No pude leer el nombre.
El contraste que hacía el tamaño de su cuerpo con el de los guardias era confuso y te hacía pensar “¿qué carajos puede haber hecho este con ese tamaño?” La respuesta estaba en su caminar, en el incendio de sus ojos, en la destrucción que signaban las facciones de su cara.
Lo sentaron a un asiento del mío. Sentí pena por él. Era un hombre sin significado, como un nombre propio escrito con minúscula. No podías confiar en él, no podías acercarte a él. Cada segundo que pasaba imaginaba que el tipo le quitaba el arma a uno de los guardias y corría por los pasillos dando tiros. Nada sucedería. Nos miramos y dijo:
-Si sos un narco te meten veinte años. Pero si matás a un violador te dan cincuenta.
Suspiro. Le creí. Le di la razón. ¿Qué harían con él? A fin de cuentas todo es simple para el hombre; insultar, matar, juzgar, mentir, chupar una verga, putear. Como si de aplastar a un insecto se tratara.
Me llamaron. Hice lo que tenía que hacer y luego salí del edificio. Me senté en una plaza y encendí un cigarrillo. Una hoja cayó de un árbol junto a un pequeño bicho que caminaba pacífico cerca de mí. Lo aplasté.
No existía la justicia en el mundo ni para el asesino ni el verdugo. Todo era lo mismo. Tampoco existiría justicia para el preso ni para el bicho aplastado, entonces levemente un roce de tristeza aguó mis ojos que se perdían en el culo de una mujer que se paseaba frente a mí.

lunes 20 de diciembre de 2010

Han pasado horas

Me han pasado horas
mirando el cursor
y ni una sola palabra escrita.
La hoja en blanco
es el vivo detonante
de una carrera terminada,
agotada, vacía
La guitarra continúa
sin el más mínimo sonido.
Estoy total y completamente aburrido.
Sin nada que decir
y muy pocas ganas de escuchar.

Si estas en esta situación colega,
sólo recomiendo la soledad;
Quédate solo, el tiempo que lo necesites.
No escuches a nadie, no llames a nadie.
Cierra puertas y ventanas
No pienses, sólo bebe.
No comas, sólo bebe
Botella tras botella.
Apaga el teléfono,
cerrá tu cuenta de hotmail,
facebook, etc.

¿La PC?
Bueno es la primera vez que tengo una,
Y es la única forma que tengo de expresar.
Tal vez la deje encendida unos días más.

Han pasado horas,
justo delante de mis ojos.
Las horas no saben quién soy,
los días y los meses tampoco.
No saben de vos tampoco.
Bebe, cerveza tras cerveza,
Fuma, Cigarrillo tras cigarrillo

¿Y después?
Asoma la cabeza,
pues te esta esperando todo.
Renovado o destruido,
nuevo, o viejo
Pero siempre algo desconocido.
Y de eso se trata todo esto.
De disfrutar de lo desconocido.

domingo 19 de diciembre de 2010

Infidelidad

Hugo despidió a su mujer un día jodidamente caluroso de diciembre. Hacía ya tiempo que él había dejado de amarla. Quería dejarla pero no podía soportar su tristeza. Era un cobarde. Se despidieron mientras las lágrimas brotaban de los ojos de ella y él, ni siquiera se inmutaba. Sabía que todo había terminado. Ella también lo sabía. La Estación Retiro dejó salir el micro que llevaría a tan inmensa mujer a un descanso, a sus vacaciones. Él no se quedó a saludarla. Quería escapar y no sabía por qué, sólo quería escapar. Ella era una mujer hermosa, tanto en su interior como en su exterior. Pero Hugo ya no quería aquella comodidad. Le gustaba estar siempre al límite y la comodidad nunca puede mostrarte el límite.
Él no tenía casa ni dinero para irse, así que decidió buscar un trabajo que le diera algún dinero para poder marcharse. Consiguió algo en un restaurante, de lava platos; al tipo le gustaban ese tipo de trabajos en donde sólo se necesitaba fuerza y resistencia. Se consideraba un tipo fuerte y resistente, y aunque estuviese cansado siempre seguiría trabajando.
-Soy una mula de trabajo así que ¡no me jodan!
Pero le gustaba beber, y bebía como un condenado. Tragándose su propio vómito sólo por considerarse a sí mismo “el gran bebedor de cerveza”, y así su dinero se iba entre las risas de los demás y su tosquedad pues “NADIE BEBE MAS QUE YO”.
Los días y las semanas pasaron, Hugo comenzó a sentir la necesidad de tener sexo. No se trataba de amor, él sólo quería una concha para lamer, una mujer que le chupase la verga, un culo para pasar su sedienta lengua; pero no era habilidoso con las mujeres, y siempre terminaba ebrio en la que no era su casa, matándose a pajas con alguna película pornográfica en Internet. Pajas, pajas y más pajas todo el tiempo; si encontraba algún momento de ocio en el restorán se retiraba al baño y se hacía una buena paja pensando en alguna de las camareras del lugar.
Fue una noche de martes en la que él se encontraba en la barra de un bar en San Telmo. Siempre iba a ese bar, pues le gustaba el Jack Daniels, y por un billete de a veinte podía conseguir una buena medida. Había una mujer que siempre se lo servia bien cargado.
Mientras sorbía un trago de aquella bebida, una hermosa rubia pasó por su lado. Él la miró directamente a los ojos y ella también.
-Pues bien –pensó -no significa nada, ella sólo me miró, le perecí un tipo extraño.
Y Hugo continuó bebiendo.
Minutos después alguien tomó su hombro:
-Hola.
-Hola -le respondió él a aquella rubia
-¿Estás solo?
-Mucho -le dijo.
-Yo también.
-No te preocupes, somos un par de personas “solas”-ella sonrió
-¿Y qué haces?
-Nada.
-¿Nada? -retrucó ella.
-No, absolutamente nada.
-Pero tienes que hacer algo, tú tienes que hacer algo -le dijo en acento extranjero,
y comenzó a contarle sobre Nueva York. Le dijo que él se parecía mucho a la gente de allá, pero él sabia que los alcohólicos son iguales, en Nueva York, en Buenos Aires o en Ucrania.
Se enamoraron y comenzaron a besarse casi estruendosamente, estrechando sus húmedas lenguas, succionándose el uno al otro, chocándose los dientes, sin que ello les importara.
Él comenzó a pasarle la mano por la entrepierna, primero un poco suave y luego algo más acelerado:
-Wait -susurró ella frenando el masaje atrevido que le proporcionaba Hugo.
-¿Tienes un lugar?
Pero claro, Hugo no tenía un lugar, no tenía dinero para un “telo”, no tenía amigos, no tenía nada. Trató de pensar, pero la excitación lo nublaba. No era el hecho de eyacular, él quería coger con una mujer y que aquellas pajas se hicieran por una vez realidad. Ella era hermosa y el calor hacía brotar gotas de sudor entre sus tetas. Estaba volviéndose loco frente a la “yanki”.
-No tengo dinero para el taxi.
-No importa, yo lo pagaré.
Y así partieron al lugar prohibido, al lugar al que Hugo sabía perfectamente que no debían ir.
Continuaron besándose en el taxi, en el lobby, en el ascensor, en la puerta del departamento, y finalmente en la cama. Comenzaron a hurgarse el cuerpo. Él jugaba con su vagina bebiendo todo el líquido que de allí provenía; ella hacía lo mismo con su verga mamándosela incansablemente, y luego la dio vuelta y ella apoyándose en sus rodillas levantó aquel hermoso culo y dejó a la vista su sexo palpitando de placer. Comenzó a penetrarla primero lentamente disfrutando del momento, de la gloria, sintiendo el mas lujurioso placer. Ella gemía y gemía, y él también. Tuvieron sexo en todas las posiciones existentes, una y otra vez, repitiendo algunas de ellas, y la cosa siguió así hasta llegar al punto más alto del clímax, y juntos apretaron fuerte sus cuerpos en una acabada acompañada por un grito de placer ensordecedor.
Hugo cayó al costado de la cama, rendido, exhausto por todo aquello, respiró con dificultad hasta que se normalizó. Ella se levantó, fue al baño, se limpió y fue a la cocina a por un vaso de agua. Él no podía mantenerse despierto y una sensación de alivio y descanso ganó la batalla por mantener sus ojos abiertos. Se durmió profundamente.
Algo terrible estremeció su pecho al escuchar como unas llaves abrían la puerta de entrada del lugar. Y sólo una persona tenía las llaves. Hugo abrió los ojos y ahí estaba ella, su mujer, su ex mujer, bronceada, iluminada, hermosa como siempre y dueña de esa casa; la que pagaba las cuentas, la que siempre le cocinaba, lo acariciaba, lo besaba, lo cuidaba y le hacia el amor en aquella cama ahora ocupada por un extranjera. él miro al costado y la yanki yacía desnuda, dormida profundamente. No por mucho tiempo.
-¡HIJO DE MIL PUTA! ¡SOS UN HIJO DE MIL PUTA! BASURA TE VOY A MATAR HIJO DE MIL PUTA!
Y la rubia despertó desorientada por los gritos y los objetos que esta mujer desconocida para ella le arrojaba al tipo que había conocido la noche anterior.
Él no decía nada, y recibía los golpes, los palazos de escoba, las cachetadas, mientras intentaba ponerse los pantalones. Se levantó y salió de la habitación mientras ella seguía gritándole y golpeándolo. Pasó por la cocina y los golpes continuaron. Entonces con un movimiento que duró un segundo, ella tomó un cuchillo tramontana. Él la miró a los ojos y sólo pudo decirle “pará”. Ella se acercó con una increíble velocidad y Hugo sintió como el arma blanca recorría su estómago, sus entrañas, como cortaba tajante su vida a los 26 años. Llevó sus manos a la herida, mientras la “yanki” gritaba y lloraba. Tomó una remera que había dejado arriba de la mesa en su última noche de lujuria, y salió al pasillo, donde todos los vecinos del 6to piso miraban desde la puerta de sus departamentos. Hugo se sentó en el pasillo y alguien grito “¡llamen a una ambulancia!”. Tomó la remera y se la ató a su estómago para impedir la hemorragia. Todo era gritos y llanto y sangre. Hugo estaba tranquilo muriendo poco a poco, se metió la mano en el bolsillo sacó un paquete de Chesterfield y encendió uno. Fumó una calada y falleció.
Minutos después llegaron los médicos, y ahí estaba el cuerpo inerte de Hugo, empapado de sangre junto a sus dos mujeres, los vecinos y el portero del edificio, quien sostenía un balde de agua en una mano y un trapo de piso en la otra, listo para limpiar la escena de infidelidad.

sábado 18 de diciembre de 2010

Aracnofobia


¿Cuál es el objeto de tu creación?
Horrible artrópodo sin sentido
Danzas asquerosamente
En tus ocho patas
Conculcando mi siesta
Mi tranquilidad,
Mi opulenta vagancia

¿Porque no desapareces cuando me ves
Como lo haces cuando ves
a los demás humanos?
Tu peluda negrura sólo expele
Rechazo en mi especie
Nadie en este mundo te quiere cerca
¡Fuera, muere!

¿Quién te lo dijo?
Estoy seguro,
Fueron las hormigas
Las moscas,
Las polillas, los mosquitos
Las ratas, las cucarachas
Quieren venganza
Y conocen mi secreto,
El terror que habita en mí
al encontrarte.

Te temo,
Te odio,
Hasta en mis sueños
Nuestra lucha continua
En ocasiones;
Una sola gigantesca
Otras: cientos de ustedes
Subiendo lentamente por mis piernas

Dejaré el cuarto
Ganaste esta vez, otra vez
¿Cuál es el objeto de tu creación?
Lo comprendo… es mi aracnofobia

Nice to meet you

Te parás frente a la puerta,
roja y metálica.
Crujen las bisagras
al abrirla
y una larga escalera
se presenta frente a vos.
Una vez más te encontrás allí;
estallan en tus oídos
los chasquidos
de la bolas de billar
y algunas gringas
bajan ebrias,
sin percatarse
de tu presencia.
Comenzás el ascenso,
te pesan los pies.
La luz es tenue
y algo gris.
Contrasta detrás de la barra
el destello de su sonrisa,
y ordenás una cerveza.
Te tiembla la mano
al tomar el vaso;
te preguntás
si esta noche
serás una vez más
el triste perdedor.
Las banquetas son negras
y el primer trago se siente
fresco en tu pecho.
Te encontrás solo
en la mesa,
junto a la ventana
y ves cómo pasean
alegres
las parejas
en la calle oscura
de San Telmo.
Se estrella tu mirada
en los ojos de una rubia,
y se te despierta en las tripas
la débil ilusión de jugar
esta noche al amor.
Ella sonríe
y vos sonreís:
"Hello, where are you from?"
Se sientan juntos a la mesa
y le invitás una cerveza.
Se embriagan entre risas:
"Would you like to come home?"
Tu puerta negra se abre,
la tomás por detrás.
Son suaves sus senos,
y su pollera es liviana
en tus manos.
Hacés a un lado
su ropa interior
y ella apoya sus manos
contra la pared.
Vos besás su espalda
una vez
y la penetrás
sin condón.
Su vagina es cálida
y húmeda
y estrecha.
La embestís con energía;
ella grita:
"Don´t stop, babe".
Ya es hora del onanismo,
y mientras te masturbás
ella se arrodilla
y entrega su boca
a tu eyaculación.
Saborea tu falo,
y el semen tibio
y espeso
y luego se lo traga.
Tu pene se adormece
y ella se levanta
y te besa.
Ambos están satisfechos.
Por la mañana
sólo les espera un
"Farewell".
"It was nice to meet you".

martes 14 de diciembre de 2010

La copa en la cartera

En el bar, entre luces,
Un muchacho bebe
Humo instalado
A la altura de sus párpados
Mientras una maja mujer lo examina
En una tintineante sonrisa
Que invita a topar
Sus respectivas bebidas.

Departen, ríen, se persuaden
Rozan sus manos
Y el tacto los toma por sorpresa
Ambos corazones pulsantes
Se declaran en evidencia
Esa noche no serán para cualquiera,
Será sólo entre ellos.

Se buscan, se encuentran
Se excitan, deliran
Emergen sin siquiera conocerse
Celos, de un hombre al saludarla
Celos, de una mujer al saludarlo
“quédate a mi lado”
Discurren a la vez.

Es el momento y única ocasión
¿Cuál será el indicio?
Ella lo mira y acaba su copa de un sorbo
Él la terminó un minuto antes
En un gesto encubridor la copa se desliza en su cartera
Y lacrado queda el tratado de amor para esa noche.

Llegan a la habitación dan vida a un vino
Que llenará el vacío de la copa sustraída
Trofeo que patea lejos al fracaso
Que en sudor y gemidos
No rondará por ese cuarto...

lunes 13 de diciembre de 2010

Medio segundo de maternidad…

De manera muy sutil Nicolás apartó su mano de la teta de Carla. Ella insistió tratando de generar algún signo de excitación en Nicolás. Pero no lo consiguió. Su boca lamiendo ya no provocaba aquellos descontrolados sonidos de placer en su hombre. Nada sucedió.
Dejaron de tocarse comprendiendo la fatídica escena. El amor y el sexo se hallaban lesionados de por vida entre los dos. Y no existía en el lugar sensación de querer recuperarlo.
Nicolás encendió un cigarrillo y ella la luz. Se paró frente al espejo y con sus manos examinó su figura:
-Che ¿Estoy gorda?
Él no contestó.
-Posta; estoy hecha una vaca.
La miró, la enfocó, divagó con sus ojos marrones por aquel cuerpo blanco. Viajó profundamente por sus piernas, su vello púbico, su casi inexistente barriga. Sus redondas tetas, sus pequeños pezones. Esos que tanto apetito le habían generado durante meses. Y luego su rostro. Cada uno de los “te amo” habían sido recitados desde su más profunda sinceridad.
A su risa, a sus ojos verdes, a su pelo azabache ondulado. Era lo mejor que le había ocurrido. No recordaba nada mejor y no pensaba en encontrar mejor conexión que esa.
-¿Qué mirás?
Se sintió a un segundo de volver a decirlo y al saberse pensativo desistió de la idea. Él ya no lo sentía y estaba seguro de que ella no querría escucharlo.
El cuarto quedó sin palabras unos minutos. Entonces por primera vez en dos meses un sentimiento de incomodidad se irguió como un muro entre los dos.
-Che, mirá; yo me voy.
Él se sonrió. Conocía ese tono, esa forma perspicaz que tienen las mujeres al despedirse. Al escapar amablemente de su vida.
Ella se acercó y lo besó en la mejilla:
-Tenés mucho talento Nicolás.
-Lo sé.
-No lo desperdicies.
-Nunca lo hago.
Ella suspiró queriendo ocultar una sonrisa.
-Te dejo los puchos.
-¡Gracias! -se acomodó en posición fetal y se tapó hasta las orejas.
-¿Me apagás la luz?
El alma de Carla percibió la primera sensación de maternidad en su vida. Mientras los ojos de Nicolás comenzaron a cerrarse ella contempló a aquel niño de 27 años. Sintió que debía protegerlo, cuidarlo, bañarlo y en el instante en que decidió meterse nuevamente a su cama la imagen de la habitación la tomó del cuello a la realidad. Bolsas vacías de cocaína, botellas de cerveza, cajas de vino, paquetes de preservativos que no pertenecían a sus sudorosas noches de sexo. Ella se sonrió y comprendió que no era su deber cuidar de él:
-¡Hey; Nicolás!
El la miró.
-Cuidate.
-Nunca lo hago -le respondió sentenciando definitivamente el amor animal que existió entre los dos. Ella apagó la luz y salió a tomar un taxi en Av. Corrientes mientras un hermoso sueño apartaba a Nicolás de Carla, del mundo y de él mismo.

jueves 11 de noviembre de 2010

El hombre y la caja

Hay un hombre que vive en una caja. Sí. Así es. El hombre vive en una caja.
A veces, cuando salgo temprano por la mañana, o vuelvo de algún bar, se encuentra ahí dentro, durmiendo en su caja.
Cuando se levanta al amanecer, pone la caja a un lado y se sienta sobre el borde de la ventana de un local clausurado que se encuentra justo en la esquina. Allí despliega sobre la vereda una gran variedad de sahumerios, que son su fuente de trabajo, y enciende alguno de ellos en el mismo lugar. Los aromas flotan en el aire y bañan varios metros de aire alrededor. Unos cuantos pasos antes de llegar a la esquina puede uno olerlos, como putas en la oscuridad. Es una sensación extraña, ya que este barrio no se destaca justamente por su amabilidad para con el olfato; sí por las putas tal vez.
De vez en cuando, en las mañanas en las que despierta más temprano de lo habitual, asiste amablemente a la portera del edificio adjunto. La ayuda a baldear y barrer la vereda y yo piso sin remedio el agua y las espumas que purifican los pecados de las baldosas. Hasta se lo suele ver alegre. Un alegre hombre que vive en una caja y vende sahumerios y baldea veredas y no pretende nada a cambio; o tal vez sí...
Cuando el sol cae, nadie sabe adonde va; simplemete se desvanece en el smog. Desaparece como un mago en el escenario. Más tarde, ya bien entrada la medianoche, vuelve a su esquina y se echa a dormir dentro de sus cajas perfumadas.
Supongo que allí dentro, en el silencio de un cielo negro y olores dulces, él puede oír el sonido del mar, de la sangre que fluye por sus venas; como cuando éramos niños y nos tapábamos los oídos con las manos.

Agur

Y ahora ya no te erigís victoriosa
dentro de ese paisaje cruel
que te rodea,
dentro de ese paisaje
campo de batalla,
donde los hombres que te aman
yacen desgarrados, mutilados.
Ahora tu cuerpo se recuesta
junto a ellos, también mutilado
y desgarrado,
y los corazones ultrajados se conservan
en frascos de sangre,
y los trozos de los vasos de vidrio
se clavan en tu espalda.
Ya no creés en ese amor.
Esta vez te han dejado,
estás sola con tu infierno, con tu invierno.
vos sos el invierno,
sos la tormenta,
la nieve, el granizo,
la lluvia helada, la escarcha,
el aire tajante, un alma glacial,
ártica.
Te han dejado, no sin dolor,
pero sí con cierto escepticismo,

A paso lento y resignado
él camina de regreso a su soledad,
a ese mundo lleno de personas vacías,
de risas estúpidas, hombres iracundos,
borrachos que bailan, putas crueles,
mujeres con tetas gigantes
y polleras diminutas y maquillajes
mágicos que ocultan su fealdad
hasta el amanecer.
Deambula solitario por las noches
del verano
y suda como un caballo en el bar
mientras sorbe su cerveza
y las ventanas permanecen cerradas
porque los vecinos se quejan de los ruidos;
nadie siente piedad por los borrachos
que se encuentran solos, y tristes, y abandonados,
y, mientras tanto, mientras él camina
por calles centenarias,
vos caminás, allá en el norte,
sobre calles milenarias,
pero él sabe que podés sentir
dentro de tus huesos
cada uno de sus pasos,
como él siente los tuyos,
y ambos caminan hacia el otro
pero pronto se encuentran con el mar,
y con el viento y con el azote de las
olas sobre el agua,
y la arena está fría y sedienta,
como él de vos, como vos de él;
Oyen sus voces mezcladas con el susurro del agua
y los rugidos del viento,
y frente a sus copas ven sus risas
dibujadas en el sudor de los vasos,
y él ve tus labios suaves
en la espuma de su cerveza,
y el whisky le arde y lo embriaga.

Así como vos me ardías y me embraigabas a mí.

viernes 29 de octubre de 2010

La nueva vida de Juana


Juana abrió los ojos y la luz del amanecer ya entraba por la ventana. Por un momento, todo se fundió a rojo. Luego volvió a la normalidad. Se quedó allí tirada por varios minutos, simplemente observando el techo. Pensaba en la roca gris que lentamente se teñía de escarlata. De repente, en un sólo parpadeo, logró incorporarse; se levantó, se dirigió a la cocina y se sirvió un café humeante. Hoy sería un día en el que todo cambiaría para siempre. Con mano trémula, levantó Juana la taza y sorbió un trago. Saboreó la bebida en su lengua, en su paladar, hasta que la impulsó a través de su garganta. Una vez terminado el café, respiró profundamente y decidió salir al patio trasero. Mientras tanto, los vecinos del primer piso copulaban como repugnantes bestias sobre una cama en ruinas.
Una vez más, su mano tembló, sin embargo lo superó, y tomó el picaporte de la puerta. Al abrirla, frente a ella, yacía el cadáver de su madre con la cabeza embadurnada en sangre seca. La observó durante unos segundos. A su lado descansaba la roca gris teñida de escarlata. Con ella había mancillado la cabeza de su progenitora hasta quedar exhausta. Durante los primeros tres o cuatro golpes, las mujer había aullado presa del pánico y el dolor; luego, solamente podía oírse el martillar de la piedra sobre su cráneo.
Juana encendió un cigarrillo y observó el resplandor del tabaco al arder. El fulgor de las brasas siempre la había excitado. Luego posó sus ojos otra vez sobre el cadáver y una sonrisa macabra despuntó en su rostro. Se cruzó de brazos y murmuró:
-Buen día mamá; hoy comienza mi nueva vida.
Escudriñó, mientras pitaba suave pero profundamente su cigarrillo, el cuerpo inerte de quien en vida fuera su madre. Enterrarla tomaría demasiado tiempo, y, además, sería un trabajo engorroso. Recordó la motosierra. Esa sería una buena idea. Podría cortarla en trozos, desmenuzarla, y arrojársela a los perros. Los bóxers estarían felices de recibir algo de carne. Hacía ya más de diez días desde la última vez que habían recibido algo de alimento. Sí; esa sería una buena idea.
Juana entró nuevamente en la casa y buscó la herramienta. Una vez con esta entre sus manos, salió y tiró de la soga para encenderla. El rugido de la misma sonó como el canto de las sirenas a los oídos del marinero. Echó un último vistazo al cadáver y comenzó. En principio, cortó una pierna, un poco más arriba de la rodilla. La cadena salpicó sangre por doquier, hasta que alcanzó el hueso. Una vez allí, el aserrín dibujaba una larga raya rosada sobre el suelo. Se asemejaba a una enorme raya de cocaína con restos de kerosén todavía en ella. Juana le echó una mirada y prosiguió con la otra pierna. La imagen se repitió.
Ahora seguiría por la cintura. Debía evitar los huesos para facilitar el trabajo.
-Los huesos son más resistentes de lo que uno se imagina -se dijo Juana a sí misma en profunda reflexión.
Consideró apropiado cortar a la altura del estómago, aproximadamente. La cuestión funcionó a la perfección. En pocos segundos tuvo a la perra de su madre dividida en dos mitades de piernas, una cintura con otras dos mitades de piernas y un tórax con cabeza y brazos. Sus ropas se encontraban empapadas en sangre y otros fluidos. Encendió otro cigarrillo y se dispuso a cortar ambos brazos. Cuando lo hizo, los acomodó cuidadosamente uno al lado del otro. Una euforia siniestra se apoderó de ella. De hoy en adelante, la vida sería maravillosa. Se levantó la remera hasta los senos y observó su abdomen inundado de estrías, efectos colaterales de incesantes embarazos.
Sólo quedaba un tórax con dos flácidos y arrugados senos, y una cabeza ahora deforme. Lo decapitó en menos de lo que canta un gallo.
La última pitada del cigarrillo le quemó los labios. Escupió la colilla que se había quedado pegada a ellos; sin embargo, en lugar de salir disparada como ella lo hubiera esperado, la colilla cayó débilmente entre sus piernas. Sin prestarle demasiada atención al hecho, tomó por los pelos la cabeza de la muerta y la arrojó indiferentemente dentro de una gran bolsa negra. Siguió así hasta que todos los restos se reunieron allí dentro.
La muy perra no era liviana en absoluto, por la tanto debió arrastrar la bolsa hasta la cocina dejando el rastro de la muerte tras ella. Una vez allí, vació la bolsa en una enorme cacerola y la puso a hervir a fuego lento. Mientras la carne todavía fresca se cocía, ella se sirvió una generosa medida de whisky y leyó el diario. "Asesinato", "Muerte", "Tragedia", "Violación", "Pedófilo", ostentaba el periódico en su primera página.
-Maldito periodismo -observó Juana- ¿es que nada bello sucede en este mundo?
Algunas horas más tarde, Juana regresó a la cocina y clavó un tenedor en una de las nalgas de su madre para ver si ya estaba lo suficientemente tierna como para dársela a los perros. Lo estaba. Juana se alegró y se felicitó a sí misma. Tomó la cuchilla más grande que había heredado de su madre y rebanó los trozos como para reducirlos a un tamaño adecuado para las bestias. Se desenvolvió con tal destreza en dicha empresa que no pudo más que pensar que hubiera sido una cirujana de primera categoría; de haber tenido la oportunidad, claro. Es más, incluso decidió separar la vagina y la metió al congelador. Todo en pos de guardar un pequeño recuerdo (vaya si tenía significado). Al ver el trabajo terminado, observó que la carne se veía atractivamente sabrosa. Se le hizo agua la boca. Consideró la posibilidad de conservar parte de ella para sí misma; pero los perros estaban hambrientos y no hubiera sido muy amable de su parte hacerlo. Al final, ellos le estaban haciendo un gran favor.
Juana metió nuevamente toda aquella carne un una bolsa y se dirigió al canil. Una vez allí, comenzó a arrojar violentamente la carne por sobre el cerco. Al arrojar el primero, solamente oprimió sus dientes. Al segundo gimió. Al tercero gruñó. Luego descansó un momento y oyó el sonido de las mandíbulas, las lenguas, las babas de los animales devorando la carne. Al cuarto gritó con todas sus fuerzas y agotando toda la furia de sus pulmones:
-¡ADIÓS MAMÁ! ¡AHORA YA NO VOY A TENER QUE COGERME A TODOS TUS AMIGOS PARA QUEDAR EMBARAZADA Y VENDER LOS BEBÉS! ¡PERRA HIJA DE PUTA! ¡CUANDO SEAS EXCREMENTO VOY A VOLVER A MEZCLARTE CON LA COMIDA DE ESTOS CANES PARA QUE CON SUS FAUCES VUELVAN A DEGLUTIRTE Y DEFECARTE! ¡UNA Y OTRA VEZ TE VAS A VOLVER LA MIERDA DE LA MIERDA DE LA MIERDAAAAA!
La catarsis surtió un buen efecto. Juana se relajó y volvió lentamente a la cocina. Allí, con destellante sonrisa, se sirvió una copa de champagne barato y brindó junto a la cocina a leña.
Pocos días después, Juana se encontraba trabajando en un cabaret de Recoleta, como siempre lo había soñado. Cada mañana cuando salía de trabajar, compraba un ramo de flores en la florería de la esquina, y cuando llegaba a su casa arrojaba los pétalos al canil. Los perros los olfateaban inocentemente mientras se relamían esperando el alimento; no sabían que jamás volverían a comer.
Cierto mediodía, tiempo después, Juana llegaba ebria, sin flores y con la vagina dolorida de tanto trabajar. Al pasar por el canil observó de reojo y vio cómo el último de los perros masticaba las tripas de uno de sus compañeros perecidos. Entró a la casa y durmió. Por la noche antes de salir hacia el trabajo, alimentó al último superviviente.

jueves 21 de octubre de 2010

Una tarde de Septiembre

Fuiste la boca
que profirió
las más bellas
palabras
que jamás nadie
ha dirigido
a mí.

En tus manos
descansaban
la caricias
más dulces
que han
desgarrado
mi rostro.

En tus ojos
destellaron
las miradas
más nobles,
más honestas,
que se han
sumergido
en los míos.

En tu vagina
he encontrado
el orgasmo
más sincero.

Cuando solté
tu mano,
aquella tarde
de septiembre,
en el aeropuerto,
debí de haber
previsto,
que al arrojarse
al vuelo
aquellas
alas de acero,
me esperaría
a mis espaldas
un mundo
derrumbado.

En copas
infinitas
y violentas
mastico
y trago
tu recuerdo.

Vuelvo
a
la
sombra
y observo
tu silueta
al
alejarse.

Se ve hermosa;
se ve hermosa
tu silueta
que se aleja.

martes 5 de octubre de 2010

Lo que ella dijo en la oscuridad

Envueltos en espesas sábanas de humo
y oscuridad, ella me decía:
-Es un sueño; esto es un sueño y vos, no sos real.
Yo, quitando mis ojos de la negrura en la que se hallaban perdidos,
sonreía y
tomaba su rostro entre mis manos cálidas
y amables, y le decía:
-Claro que soy real, amor. Me ecuentro
acá, tendido junto a vos -y luego
apoyaba mis labios
humedecidos en whisky o cerveza
sobre los suyos también húmedos.

El corazón nos latía en la sangre.

¿De dónde sale, ahora,
esta repentina
escarcha de hielo
y esquirlas?
¿Cómo es que nace
un invierno infernal
en este Octubre?

-También lo que arde
se marchita -oigo ahora
en mi oscuridad.

sábado 2 de octubre de 2010

Desnudez


Me paro desnudo frente a ella.
-Esto es, más o menos, lo que soy.
Ella me mira a los ojos, y su rostro es de hielo. Clavo mis ojos en los suyos; clavo mis ojos de fuego en los suyos. El hielo sigue ahí. Por un segundo, un trozo diminuto se derrite y se vuelve lágrima. Luego sus ojos son fríos y secos otra vez.
-Helena, estoy desnudo frente a vos. Esto, es más o menos lo que soy.
-Tus palabras perforaron mis pulmones. Frente a vos ya no puedo respirar, Lucas.
-Voy a darte mis pulmones, entonces. Puedo darte mi aliento. Sólo necesito que te quedes.
-Tus letras fueron puñales, y ahora todos esos puñales están clavados en mi alma.
-No era mi intención herirte.
-Sí lo era.
-Bueno, lo fue en ese efímero instante. Lo admito. Pero te amo y estoy arrpentido -confieso.
-Es que no importa ya si estás arrepentido... Te amo pero no siento nada. Puedo quedarme, pero daría lo mismo que pongas una planta en mi lugar.
-No quiero que seas una planta.
-No soy una planta.
-Quiero que me ames.
-Te amo.
-Sos mi vida.
-Sí, soy tu vida.
-¿Entonces mi vida está marchita?
-Sí, tu vida está marchita.
Desaparezco en la cocina y vuelvo con dos vasos con whisky y hielo. Más hielo...
Le alcanzo uno y bebemos unos tragos. Cuando toma el vaso siento el roce de sus dedos sobre los míos. Me estremezco. Sus dedos también están fríos, pero todavía son suaves y los deseo.
Me siento en una banqueta frente a ella. Ella está en el sillón. La miro y pienso que es hermosa. Sin embargo, mi estómago cruje ante su frialdad. Pienso en la muerte.
-¿Qué se hace con una vida marchita? -pregunto.
Sorbo un trago más. Me quema.
-Nada.
-Nunca te había sentido tan lejos.
-No estoy lejos. Estoy sentada justo acá; frente a vos.
-No es suficiente.
-Es todo lo que puedo darte.
Terminamos los whiskys de un trago en perfecta sincronía. Sirvo más.
-¿Consideraste olvidarme? -me pregunta.
-Sí.
-¿Y...?
-¿Y qué?
-¿A qué conclusión llegaste?
-Que no.
-¿Que no qué?
-Que no quiero olvidarte.
-Esto no se trata de lo que queramos.
-¿Y de qué se trata entonces?
-Se trata de que es demasiado tarde.
-Quiero hacerte el amor.
-Podemos hacerlo. Por última vez.
Me acerco a ella y se tiende sobre la cama. Separo sus piernas y me meto entre ellas. Sus brazos yacen flácidamente a ambos lados. No me abraza. No me toca. Su vagina está seca. Introduzco en ella mi pene. Oigo el silencio, hay música triste de fondo.
Me muevo en ella lentamente. Ella mira hacia un costado. Pronto pierdo la erección. Salgo y me acuesto a su lado. Miramos el techo. El ventilador inmóvil.
Termino de perder la erección.
El adormecimiento de mi pene representa un final irreparable.
Me levanto, sonrío atribulado y alzo la botella hacia ella. Brindo por el amor y la locura y la muerte. Pienso en Horacio y el cianuro.
-Adiós -la puerta se cierra. El sonido retumba en en el vacío de dos almas sin sentido.
Ella no dice nada.
Abro la puerta y salgo al mundo. Es de noche y la noche está tranquila. Sigo desnudo. En la vereda hay un perro acurrucado en un rincón. Me mira con ojos débiles. Lo ignoro en actitud, pero pienso en él. Sé que ansía morir. Llego a la esquina y me recuesto en el medio de la calle. El asfalto todavía está tibio. Cierro los ojos y recuerdo cómo nos reíamos. Siento que mi rostro se estira al sonreír.
-You have conquered my heart, my soul and my mind, decía la primera hoja del libro que me regaló. Recuerdo el fuego. -pienso y aguardo la embestida.

Sobre la cama, yacía todavía inmóvil Helena, cada vez más fría. Un cigarrillo se consumía entre sus dedos.

sábado 25 de septiembre de 2010

Acuerdo mudo


Él se sentó en la oscuridad y bebió. Mientras tanto pensaba en ella. La distancia le revolvía las tripas impunemente, entonces bebía otro trago de cerveza fresca y amable.
Por la otra parte, del otro lado del mundo, ella se encontraba envuelta en sábanas lujuriosas con otro hombre; absolutamente ebria y con el rostro empolvado en cocaína, ella no pensaba en él. Lo había olvidado completamente, por el momento.
Él podía percibirlo en sus entrañas. En las más recónditas aristas de su alma se clavaban las esquirlas del engaño. "Podría aceptarlo", pensó. "Hace largo tiempo no nos vemos; es normal que necesite algo de sexo". Pero era una fútil mentira. No podría aceptarlo.
Ella, entre tanto, cabalgaba sobre un bálano extraño, con las sábanas cubriéndola hasta la cintura a la vez que sus senos se bamboleaban libres y alegres. Se introducía el miembro hasta el cuello del útero y gritaba con los ojos cerrados. El extraño la manoseaba y la penetraba, como si ella no fuera de nadie. Pues no lo era; en ese momento, no lo era.
En el sillón rotoso, él se masturbaba lentamente, con un cigarrillo en la boca y bebiendo un trago de cuando en cuando. En su cabeza se arrastraba de un lado a otro la pregunta "¿Por qué?" y se respondía al instante con otra pregunta irrefutable: "¿Por qué no?". La erección duró poco; de todas maneras no era de las buenas. Desistió de dicha actividad y tomó un baño.
Cuando salió, nada había cambiado.
Se oyó en el silencio y la tristeza el estruendo producido al destapar la quinta cerveza. El sonrió. El alcohol le hacía bien. Llenaba su alma de plenitud y apacibles penumbras. "Embriagarse es todo lo que queda", pensó.
A la vez que él terminaba el último trago de su copa, ella alcanzaba el orgasmo en un grito sordo. Él creyó escucharlo. Pudo ver el resplandor de una daga atravesándole la sien.
Allí mismo, quieta sobre el falo todavía erecto del extraño y con aquellas manos desconocidas todavía tomándola por la cintura, ella lo recordó, y una lágrima cayó graciosamente por su rostro y quedó atrapada en la comisura de sus labios. Pudo saborear la sal, de la misma manera en la que él saboreaba la amargura de la cerveza y la distancia.
Ella se levantó, quitándose de adentro el pene extraño. Lo miró un instante, pero no lo reconoció. Luego se sentó al borde de la cama, también desconocida, y se tomó la cabeza entre sus manos. Entonces lloró, y las lágrimas imprimían en su rostro la sentencia "Ahora es demasiado tarde". Atribulada, se abrazó a sus ropas y se dirigió al baño. El extraño fumaba satisfecho sobre su cama. Se encontraba muy a gusto consigo mismo. Había sido para él una noche triunfal. Ella tomó una ducha, frotó frenéticamente su vagina con jabón, como queriendo deshacer lo hecho. La lluvia de la ducha escribía sobre sus pies, nuevamente, "Mi amor, ahora es demasiado tarde". Ella observaba el fondo de la bañera, con la mirada borrosa de llanto, mientras las gotas se estrellaban sobre su cuerpo.
Al día siguiente, junto al sol que estallaba indiferente una vez más sobre la tierra, ambos supieron que se encontraban solos... nuevamente solos...

Las flores apuñalan a sus pétalos

Por las noches me acuesto con los dientes apretados, muy apretados. El odio los aprieta; un odio profundo, egoísta, alcohólico. Entonces miro el techo en la oscuridad y escucho la estruendosa fricción de las muelas frotándose, como las patas de una mosca babeando sobre la mierda, o un grillo macabro que no me dejará dormir. Me retuerzo en la cama, como un gusano moribundo y odioso. El cerebro queriendo suicidarse para no pensar, hurga en sus adentros, en ese mar inmenso que cabe dentro de él. Ese mar infinito de imágenes y recuerdos y pensamientos sumidos en la niebla de la locura.
Una nube densa de humo y pereza descansa dentro de mi hogar, una nube de vicios y excesos que no quiere parar. Que no quiero parar. Un equilibrista sin red, tambaleante entre lo que se debe, lo que se quiere y lo que se podrá. Hacia abajo no se ve más que un agujero negro y vacío, lleno de miedo y curiosidad y desesperación y lágrimas de plomo; y plumas como agujas clavadas en la piel.
La bebida nubla la vista y se vuelve torpe el cuerpo, pero la mente se relaja, se alivia, huye; se escabulle entre bosques donde los árboles son gigantes que nos quieren aplastar y las flores apuñalan a sus pétalos con sus espinas despiadadas, y se secan, y devoran a las mariposas hambrientas de néctar y esplendor; y yo huyo, sin saber a dónde; sólo sabiendo que no quiero volver...

viernes 24 de septiembre de 2010

El ancho del mundo

Cuando una inhalación profunda,
sigue al primer trago,
cuando las copas,
una tras otra,
suben y bajan
hasta tu boca,
cuando tu andar torcido,
te lleva a los baños,
te carga por
las calles,
cuando despertás
en pleno día,
cómodamente acurrucado
en las veredas
de Buenos Aires,
cuando los policías te despiertan,
cuando los perros
te huelen y se largan,
cuando la gente
te mira de reojo,
las mujeres se alejan,
cuando no te entiendas con el mundo,
te preguntarás:
¿Será el mundo
lo suficientemente ancho,
como para dar la vuelta
y regresar
a un punto más
seguro
del camino?

Probablemente no.

miércoles 15 de septiembre de 2010

De amor y diarrea


No solamente voy a olvidarte,
voy a hacer algo peor.
Voy a desaparecerte,
disolverte,
volverte nada,
vacío,
haré que nunca hayas existido.

Serás vasto desierto,
en el que nada crece,
en el que nada vive,
serás sol
y arena,
y ardor;
no,
no serás,
serías.

Los nervios
desencadenan
una dirarrea brutal,
y mientras me encuentro allí
sentado,
doblo prolijamente el papel,
observo detenidamente su textura,
para después embadurnarlo
en mierda marrón
y hedionda,
hacerlo un bollo,
y arrojarlo,
derrotado,
realizado,
por las cañerías.

Se disolverá
en el agua,
en la mierda,
en mi amor
y
el
tuyo.

Maldición


No puedo reprimir
el ardor en las tripas
no puedo contener
las garras
dentro de mis manos
no puedo dejar pasar
la oprotunidad
de dar un
salto mortal
al cuello.

Mis ojos
evocan sangre.

Quiero sangre,
quiero
sangre.

Malditas sean
mi naturaleza
y
mi alma.

Oscuridad

Era una tarde gris del invierno porteño y yo me dirigía hacia el trabajo. Si bien sumido en mis pensamientos, caminaba apurado por las veredas escabrosas de Once en vano intento por llegar a horario. Mientras esperaba el verde del semáforo para cruzar una de las pequeñas callejuelas, un joven se acercaba a mí por la derecha. Noté en su mano el bastón blanco que golpeaba intermitentemente el piso, y cómo percibió en la vereda la marca allí dispuesta para advertir a los ciegos que por allí es por donde deben cruzar la calle.
-¿Te ayudo a cruzar, maestro?
-¡Por favor! -exclamó.
El muchacho era algo menor que yo, bien parecido. Una tristeza intensa me invadió en el momento en que lo tomé del brazo. Me pregunté si tendría él algún privilegio a cambio de su ceguera, alguno que mis ojos no puedan ver. Me pregunté si habría en algún lugar, en algún recoveco de la razón, una respuesta que explique por qué a aquel joven no se le había concedido el derecho, el placer de ver a las hermosas mujeres que habitan este mundo; unos senos, una falda, unas piernas. Tal vez a sus propios hijos, algún día. Pensé en la miseria, en las penumbras. En que no disfruto de la luz.
Cuando terminamos de cruzar la calle, estaba yo a punto de soltarlo, pero dos mujeres se acercaban, y la colisión era inminente.
-Esperá, esperá, maestro. Hay gente adelante tuyo.
Lo ayudé a rodear a las dos señoras que se encontraban acorraladas y sin escapatoria contra la pared.
Luego, casi contra mi voluntad, emití un "buena suerte, mi amigo", y me alejé. Quería mirar atrás. La boca de mi estómago se estremeció. Fue duro. Pensaba en lo terrible de la combinación de soledad y oscuridad eterna e irremediable.
Ojalá tus manos, tu olfato, tus oídos, tus sabores, puedan convidarte con lo que la negrura te ha quitado.

jueves 12 de agosto de 2010

Amor


Ella despierta en mí
la furia,
el salvajismo,
el amor.
¿Y qué es,
después de todo,
el amor,
sino
la furia
y
el salvajismo?

Son celos,
desconfianza,
una mano
sujetando
una muñeca,
ojos
clavados por los
ojos
hasta la nuca.

Es el sexo,
la lujuria,
copulaciones,
eyaculaciones,
semen
y
sangre;
y caricias
suaves
como su cabello
en la mañana;
fuertes
como bofetadas,
como sus gritos
en la noche.

jueves 22 de julio de 2010

Nieve


Ha nevado
durante
todo el día.
Ahora
ha caído la noche,
y la oscuridad
fracasa;
el mundo sucumbe
aplastado
bajo el manto blanco;
las ramas
de los árboles
se doblan,
las puertas
se atascan;
humo
arrojan
las chimeneas,
y mi boca.
Es intensa
la lucha
contra el
filoso
frío.

Bajo mis pies
ella cruje,
blanca
y suave.
Ha
sido una nevada
seca.

El silencio
es fascinante.

Trozos
de ella
se desploman
de vez en cuando
sobre el suelo.

Puedo oírlos
en la distancia,
en las penumbras,
ocultos
como bestias
en el bosque.

Mis mejillas
están a punto
de cristalizarse,
arden,
paradójicamente,
de frío.

Las curvas
sobre el suelo
son suaves,
como pálidas
dunas
en el desierto.

Nada hay que sobresalga,
nada habita la superficie
de la gruesa capa
que descansa
ahora sobre el mundo.

Dentro
de la nieve,
mora el vacío;
no hay sonidos
no hay aire;
no hay tiempo
dentro de la nieve.
Me hundo en ella,
por fin encuentro
un lugar para mí.

viernes 2 de julio de 2010

Buena puta


No me abraces
después
de hacer el amor,
que no ha sido amor;
sólo sexo.

Deja que me abrace
una brecha de hielo austral,
que una pared de frío
se eleve
entre nosotros.

Date la vuelta.

Vuela.

Yo
me envolveré
en mis frazadas
solitarias,
soñaré con las otras,
con las que sí haría el amor,
a las que sí abrazaría,
a las que podría besar
antes de dormir,
y también al despertar.

¡Mueve!
¡Mueve tu culo gordo!
Necesito espacio
para estar solo.
Sí,
mi soledad ocupa espacio,
y espacio
es lo que quiero que hagas.

Está bien,
no te muevas;
voy al baño.

Mientras me dirijo allí,
mi falo cuelga bamboleante
y cansado,
y te miro de reojo.

-Espero que te vayas
con la oscuridad,
al amanecer -murmuro.

¡Sí!
¡Que te lleve el sol!
Déjame en mis sueños,
huye con tus ojos
lagrimeantes
y,
por favor,
no me beses al salir...

Ah,
quería pedirte,
también,
que salgas en silencio;
mis pupilas
no quieren ya saber de ti.

Volveremos a encontrarnos
cuando nuestra soledad
sea aún más insoportable
que encontrarnos.

Hasta entonces,
buena puta...

Suspiro
y duermo.

Ya no estás
aquí...

miércoles 30 de junio de 2010

Leticia

Tu sonrisa
es
amable
y yo
me zambullo
en la carne
de tu boca,
cuando estás
ebria.
Te desnudo
con mis ojos,
veo tu alma.
¿Es paz
lo que hay allí?

Me embriago.
Lo arruino.
Aflora en mí
la oscuridad
real.
También estoy
desnudo.

Estemos
juntos,
riamos
con
malicia,
seamos dioses,
embriaguémonos,
amémonos,
tu cuerpo
desnudo
cabe en
el
mío.

Tal vez
no queden más
que unos minutos...

miércoles 23 de junio de 2010

Muertos arrogantes


Cerca de las cuatro de la tarde salí de trabajar, y por primera vez decidí cortar camino hacia la estación de subte atravesando el cementerio. Al entrar por el portón lateral, más bien discreto, se presentó ante mí un paisaje casi alegre, lleno de árboles y flores de todos los colores, que decoraban pequeñas montañitas de tierra, encabezadas en su mayoría por estúpidas cruces de madera. En el lugar, lejos de ser lúgubre o macabro, reinaba una atmósfera tranquila y apacible, y un solemne y agradable silencio descansaba sobre la muerte. Se estaba a gusto allí. Pensé en sentarme a fumar un cigarrillo y mirar las sepulturas, recostado contra el solitario tronco de un árbol que, a diferencia del inamovible estado de los enterrados, rebozaba de vitalidad y juventud; no lo hice. Seguí caminando, sin valerme de otra cosa que el instinto para buscar mi rumbo, y silbándole canciones de melancolía a las montañitas de las tumbas, como para ver si se alegraban.
Ya llegando a la entrada principal, lujosa e imponente, el panorama cambia; y mucho. Ya no hay dulces montañitas de tierra, ni insignificantes crucecitas, ni discretas florcitas económicas. No. Allí se erigen frente a uno, enormes mausoleos, verdaderas mansiones para muertos; descaradas, decoradas con descomunales esculturas de ángeles (o más bien demonios), y ostentosas placas de valiosos metales fríos e insolentes, con inscripciones que pretenden inmortalizar los nombres de estos muertos arrogantes. Fuera de allí, acurrucada contra el muro de ladrillo, gente (viva) duerme sobre las aceras.

lunes 31 de mayo de 2010

Rumbo a casa.


Desperté cuando un tipo que se encontraba junto a su novia me habló:
-Eh; disculpame que te despierte, pero tengo que sacar mi auto.
Me di cuenta de que estaba durmiendo sentado junto a la puerta de su vehículo. Me levanté y sacudí mis pantalones mientras un intenso dolor recorrió mi espalda.
-Si querés te llevo. Se veía amable pero decidí que no. No sé por qué lo hice, tal vez debería haber dejado que me lleve, esa noche hacía un frío cojonudo.
Comencé mi camino a casa pensando que ya todo estaba acabado, que mis decisiones habían sido de lo más incorrectas y que de verdad yo estaba completamente perdido sin solución alguna.
Hoy Trelew me veía despertar en la mañana, era otra ciudad a la que regaba sus veredas con el peor de mis aspectos. Otro lugar en el que no me sentía a gusto, ni el lugar a gusto conmigo. Me habían echado del boliche. Al menos sabía que no volvería pues me esperaba el mundo entero, bueno es posible que el mundo no me esperase pero no importa, voy a ir a por él y agarrarlo de las pelotas.
-¡Metete el boliche en el culo! -fueron mis últimas palabras antes de irme a ¿dormir? a la vereda.
Caminé de lo más tranquilo bajando por Pellegrini sintiendo como la helada de las siete de la mañana se mezclaba con el aroma que provenía de la panadería “La Fueguina”
Sentí hambre y aún mas frío.
-Seguramente ella jamás sintió hambre ni frío -pensé, contestándome a mi mismo que eso no me hacía mejor que nadie. No se trataba de ser mejor, pero creo que en ocasiones cuando la desidia es diaria una leve caricia puede hacerte reaccionar, o un beso, o cualquier signo que resulte interesante dentro de determinados parámetros.
Así que suspiré y continué mi camino sintiéndome identificado con los árboles, ya sin hojas, del lugar.
A metros de cruzar la “pista de atletismo” un auto disminuyó la velocidad y consiguió ponerse justo a mi lado. Era un buen auto, de esos grandes y nuevos que ocultan a sus ocupantes tras sus vidrios ennegrecidos. Me recordó al tipo de auto que siempre compra mi viejo. El vidrio bajó:
-¡Hola León! ¿Que hacés? ¡Tanto tiempo! No la reconocí, no sabía quién era pero era una mujer, y estaba sola.
-Hey hola… todo bien ¿vos?
-¿Dónde vas?
-A mi casa.
-Subí, te llevo. Subí.
Nos dimos un beso en la mejilla, olí su perfume, era el “Ultra Violet” de Paco Rabane. Puedo reconocerlo en cualquier lado, solía amar a una mujer con ese perfume.
-¡León Imperiale! ¡Tantos años! -me dijo sonriendo mientras hacía ruidos con la nariz.
-Ese soy yo, pero la verdad no tengo idea de quién sos vos. No te puedo recordar.
-Jajaja, no te preocupes, no hay problema.
No le pregunté su nombre.
Frenamos en un semáforo, ella respiró profundo y me miró mientras se acomodaba su castaño cabello colocándose un clip y dejando al descubierto un rostro particularmente bello, extendí mi mano y le acaricié la mejilla, y ella devolvió la caricia a mi mano.
-Vos no cambiás más. ¿Cómo sabés que no te daría un cachetazo por haberme tocado?
-No lo sé; pero vos me estás llevando a mi casa y yo me pregunto cómo sabes donde vivo.
-Jajaja; sólo lo sé. ¿Querés una raya?
Entonces arrancó el auto y continuamos. Yo no respondí.
-¿No querés?
Ya estábamos a un par de cuadras de casa, la miré.
-La verdad es que no tengo ganas de quedarme despierto mirando el techo de mi casa, así que… paso. Frenamos en Marconi y Cambrin.
-Bueno; tal vez podrías venir a mirar el techo de mi casa. Tengo cerveza… y Jack Daniels.
Frenó en la puerta de la casa de mis viejos, los autos estaban estacionados y podía oír a los perros ladrar mientras la vecina de junto regaba la vereda y se apresuraba a acercarse para mirar bien quién había llegado.
-Qué vieja chusma de mierda -le dije– dale vamos a tu casa -sonrió y me besó en la boca.
Era un lindo departamento, acogedor, en el medio había un sillón bastante grande, lleno de almohadones que me invitaban a sentarme y acurrucarme en ellos. Ella se quitó los zapatos y fue a la cocina:
-Sentate, ahora vuelvo. Me senté sintiéndome muy cómodo apreciando el momento, recordando que hace sólo unos minutos atrás nada tenía sentido en mi vida, llegando a la conclusión de que siempre algo sucedería, que tal vez estar perdido me daría la ventaja de no esperar absolutamente nada de nadie, y sólo cualquier buen indicio se trasformaría en una gran aventura, una gran sorpresa. Mi vida volvía a estar alineada… al menos esa mañana.
Regresó con el Jack Daniels prometido, una botella de vino espumante, cuchillo y un plato. Luego fue a por los vasos. El mío tenía hielo y era un verdadero vaso de whisky.
-¿Te encargás? Me pasó la coca, el cuchillo y el plato. Volvió a besarme.
Coloqué el plato sobre la mesa ratona y me ocupé del asunto mientras observaba unos lindos cuadros en la pared color beige. Era una buena cantidad. Terminé, me serví un trago y esperé a que apareciera.
-Perdón; me fui a poner mas cómoda.
Vestía unos shorts algo cortos y una remera color azul con un logo que decía “Puerto Madryn Patagonia Argentina”. Se sentó frente a mí luciendo unas fabulosas piernas cruzadas.
-Están buenas tus canciones, no sabía que eras músico.
-No soy músico, soy escritor.
Armé cuatro rayas.
-¡Jua! ¿ESCRITOR?
-Un gran escritor…
-Bueno, si vos lo decís… ¿y sobre qué escribís?
-Sobre estas cosas.
-¿Qué cosas?
Las cuatro rayas ya no estaban.
-Hace un momento era un tipo cagado de frío y ahora estoy con una linda mujer en su casa. Escribo sobre eso.
-Ah… ¿vas a escribir sobre mí?
-No; no lo creo.
-Bueno; mejor. ¿Pongo música?
-Como gustes, es tu casa.
Atrás de su sillón había un equipo de música. Tomó el control remoto y le dio play estirándose contoneando su culo frente a mis ojos y dejando al descubierto una tanga color blanca. Me gustó, así que me levanté, y cuando se volvió acerqué mi boca a la suya y nos besamos con gran intensidad, lamiendo nuestras lenguas. Estiré mi mano y la pasé por su entrepierna:
-¡Epa! Tranquilo… tenemos tiempo.
Regresé a mi lugar me serví más whisky y armé otras cuatro líneas, esta vez, más prolongadas que las anteriores.
Hablamos mientras los tragos y todo lo demás se mezclaba en nuestros cuerpos.
-Jajaja; sos muy gracioso de verdad. ¿Cuándo fue que cambiaste tanto?
-El día que vi los hilos en las marionetas.
Se sentó a mi lado, y clavó sus ojos en los míos. Yo quité la mirada enfocándome en sus piernas, luego percatándome de mi vaso vacío.
-Necesito otro trago.
-¿Si? Creo que ya tomaste bastante.
-Necesito otro trago.
-Servítelo vos…
-Está bien.
Me serví, sabiendo que ya no podía beber más, la cuestión estaba fuera de mi control. Ella lo notó, así que antes de llevarme el vaso a la boca comenzó a besarme metiendo su mano por debajo de mi remera, y casi sin darme cuenta el vaso ya no estaba en mi mano, ahora tenía aquel lindo culo en mis manos.
Se sentó sobre mí haciendo movimientos hacia atrás y adelante con sus caderas. Yo ya estaba bien empalmado, introduje delicadamente uno de mis dedos haciendo a un lado el short que ya no servía demasiado para cubrir su sexo. Gimió metiendo su lengua en mi oreja llevando poco a poco su mano a mi bragueta. La abrió y se arrodilló succionando con suavidad. Me quitó los pantalones y yo quité los almohadones que ya no me servían. Le besé el ombligo bajando poco a poco introduciendo mi lengua en su concha.
-¡Cojeme!
Y comenzamos, primero muy despacio y luego las sacudidas se hicieron más fuertes, acompañadas de groserías y un fuerte latir en mi corazón. Una y otra vez, explorando nuestros cuerpos, en todo el sillón, la cocina y el baño, estallando en un final ruidoso y sudado.
Me senté a un costado del sillón y encendimos dos cigarrillos. Nos quedamos en silencio varios minutos y yo volví a perderme en los cuadros en la pared.
-Bueno -me dijo- mañana tengo muchas cosas que hacer, me voy a dormir ¿te llamo un taxi?
-Dejá, me voy caminando; pero sólo después de este trago y una raya más.
-No hay problema.
Terminé con todo eso y salí, ella bajó a abrirme y me despidió rápidamente con un beso en la mejilla, yo me quedé observándola como, casi en un trote, se dirigía al ascensor.
Me di cuenta de que estaba más lejos de casa que cuando salí del boliche, eran ya las once y media de la mañana y los últimos ejemplares del Diario El Chubut eran vendidos por los canillitas. Me crucé con uno de ellos:
-¿Diario patrón?
-Sí, claro. Compré uno con los últimos tres pesos que tenía y caminé tranquilo nuevamente hasta mi casa mientras los árboles sin hojas se parecían más a mí y el país se preparaba para festejar un bicentenario que no me interesaba para nada.