miércoles, 19 de enero de 2011

Elevándome nuevamente


El peso muerto de la incertidumbre
va disipándose, deforestando el bosque negro
que no deja avanzar, proyectar y calcular;
y deja finalmente en libertad
al muchacho de las luces tenues,
de duros escritos, de certeras canciones.

¡Oh amado enfoque!
No separes mi alma de los grandes autores,
mantén esta mente activa para comprenderles,
agudiza mis sentidos;
olores, colores, sonidos, superficies,
ya no quiero perderme de nada

¡Oh Primorosa Cerveza!
“Compañera en un hueco, agua dulce en el mar”
Nos fundiremos nuevamente y será como en los viejos tiempos:
ajedrez, suculentas comidas, parloteo literario… hilaridad.
No hay necesidad de desbaratar al caminar por la niebla.

Y en el pequeño espacio de un cuarto de San Telmo,
composiciones inspiradas en perfumes
alojados entre sábanas nacerán nuevamente.
“La Duermevela” incitará la caída de prendas,
dejando atrás el salvaje rugido de un alma oscura
que ahora reforzada, no permitirá jamás
que demasiada tristeza vuelva a apoderarse de los días;
sólo la justa y necesaria, para sentir como funciona el mundo.
Y que las gárgolas del amor en forma de espejismos
mueran antes de aparecer ante mí.

sábado, 8 de enero de 2011

Los Tipos

Los tipos se estaban embriagando desde hacía días y la cosa no estaba teniendo demasiado sentido. Embriagarse durante días no tiene mucho sentido desde un primer momento para cualquier persona normal. Pero ellos continuaban sin que aquello que los demás podrían pensar, les interese. Ellos bebían y bebían.
Y aquel tipo sentado justo frente a la mesa ratona donde yacían una veintena de envases vacíos, comenzó a perderle el “gusto” a la cosa.
Y todos hablaban, “bla bla bla”, y a él todo le comenzaba a lucir aburrido, palabras inhóspitas, exclamaciones que sólo eran eso. Exclamaciones.
El tipo necesitó apartarse de los otros tipos. Siempre quería estar apartado pero siempre había una botella por terminar, una raya por aspirar o una mujer a quien enamorar.
Todos querían ser grandes; escritores, músicos, actores, historiadores, y todo era “bla bla bla”.
Y el tipo ya estaba cansado de todo eso. Pero nuevamente estaba ebrio y siempre había otra cerveza por terminar, otra raya por aspirar y alguna mujer por enamorar.
Veía en todo eso una cierta coherencia una cierta visión al futuro o más bien al pasado. Donde los tipos se consideraban genios. Y estaba bien, el hombre siempre quiso ser genio. El hombre siempre quiso ser DIOS. Todos eran genios, ¡grandes genios! Y el tipo no se consideraba nada. Él sabía que no era nada, y sabía que los demás tampoco eran nada. No había oportunidad para ninguno de los allí presentes.
Y al tipo comenzó a dolerle el pecho, las manos, la cabeza, la vida.
Se acomodó en el sillón justo frente a la veintena de botellas vacías que se apoyaban en la mesita ratona.
Y todo continuaba igual “bla bla bla bla”.
Y el tipo poco a poco dejó de respirar, y murió.
Y el “bla bla bla” de los otros tipos por fin dejó de escucharse.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

La Mujer de Humo

Sentí como nacías
De mis entrañas.
De mis fauces nasales,
En un exhalar
Mezcla de desdicha,
Y grises amores.
Te dibujé un poco
Haciendo círculos
Con mi índice
Dándote silueta,
Creando senos
Piernas, cola,
Cabello, nariz
Te vi coloreada
Por la luz tenue
de mi lámpara de lectura.

Bebí un trago
Corto;
Para no embriagarme
Simple;
Para disfrutarte
Te senté en mis piernas
Y te pedí que no murieras.
“Yo no moriré amor”
Pero empezabas a hacerlo
Entonces otra calada
Y otra vez mi índice
Y la luz tenue.

“¿Qué hacés en Tucumán?”
Me estoy haciendo fuerte amor
Estoy reconstruyéndome
Ya lo verás,
Ya lo sentirás,
No volverá a faltarme whisky
Ni cama, ni comida
Ni calor, ni amor
“Tengo que irme chiquitín”
Lo sé, es mi último cigarro
Ellos tampoco volverán a faltarme
“Lo prometes”
Sí.

Abro la ventana
Ya te mueres y te desvaneces
Como todas, como siempre
Y la luna está hermosa allá arriba
Pero no tengo ganas de hablar con ella.

martes, 21 de diciembre de 2010

Justicia para nadie

El taxi se paró. Llovía jodidamente en Tucumán y un pozo o algo así detuvo el motor. Nos quedamos en silencio. El incómodo silencio de dos personas. Chofer y pasajero y yo no me embriagaba desde hacía tiempo. Y el mundo me parecía un tarro lleno de mierda.
-¿No arranca?
-Y… no.
Ok. “Tipo listo” y yo sobrio. Los minutos pasaron, “Tipo listo” habló.
-No arranca.
-Bueno, ¿qué te debo?
-Lo que dice el reloj.
-No voy a pagarte lo que dice el reloj.
“Tipo listo” se puso nervioso.
-Me pagás o llamo apoyo y te damos una paliza porteño de mierda.
Ok. “Tipo listo” estaba nervioso de verdad y yo me asusté. Y luego ya no me asusté.
-¿Necesitás apoyo para darme una paliza?
-Te traje hasta acá. Pagame.
Mi oración no se había entendido. Nunca dije que no quería pagarle.
-Te doy uno de a cinco.
El reloj ya marcaba diez y la lluvia paró. 7:30 am. Por favor Dios, dame un trago.
-Ok. Dame los diez.
-Dame los cinco -repliqué, y la transacción terminó.
-La próxima vez te meto un puntazo. Porteño puto.
No respondí.
La violencia verbal es el látigo fatídico de una sociedad en decadencia. Yo estaba sobrio y no en decadencia. O al menos eso me dicen ahora. Pero no estoy convencido.
Debía hacerle un favor a un amigo. Declarar en un juzgado. Mentir. Estaba bien, quiero decir, no estaba bien que su padre esté preso. No era “él” quien debía estarlo. Los que debían estar encerrados manejaban el mundo y seguramente a esa hora estaban en el caribe agarrándose las bolas con cuero mientras un tipo le mete el dedo en el culo entre cintazos y cocaína. Pero tenían el poder y los millones. Y countries, y sobornos. Y el padre de mi amigo no tenía nada de eso. Sólo un cargamento de marihuana en su auto en la búsqueda por zafar del mundo del trabajo. No, él no debía estar preso.
Los pasillos del juzgado me recordaban a los pasillos de la sede central de AFIP. Pulcritud insulsa. Perfumes y sonidos de tacos. Secretarias hermosas. Tipos gordos de plata. Puertas cerradas “Prohibida la entrada a toda persona ajena a esta oficina” Secretarias que entran y salen seguramente después de mamársela a los gordos. Tal vez; no todas. O tal vez; todas. Lo decidiré cuando sea juez y haga el recuento de cuántas me la mamaron para ser secretarias.
Los abogados me habían preparado bien “decí esto y aquello”. Ok; digo esto y aquello.
Unos muchachos agradables, compradores. Jóvenes promesas de éxito. Trajes nuevos, oficina impecable decorada con fotos. Fotos de viajes, y libros de leyes y yo sentado esperando que un yunque me cayera encima. Les agradé, de alguna forma me sentí bienvenido. Yo era un signo pesos, si decía esto y aquello ellos cobrarían un buen dinero. Supongo que está bien, es así como funciona la cosa.
Así que ahí estábamos, los jóvenes abogados, los gordos con plata, las secretarias chupa verga y el escritor testigo falso. Todos en el Juzgado Penal de Tucumán mientras un hombre le parte un palo en la cabeza a su mujer en Bogotá y un pibe amenaza a un cajero con un 38 en Mataderos.
Llegaron entonces unos guardias, grandotes, de uniforme gris. Armas y palos les colgaban del cinturón y a mí se me fueron las ganas de tocarle el culo a alguna de las secretarias. No me hubiese gustado caer en manos de esos gigantes cara de mono.
Y los gigantes cara de mono traían esposado a un tipo. Era “alguien” que había hecho “algo” que estaba mal. Se frotaba las manos tatuadas con cinco puntos y un nombre. No pude leer el nombre.
El contraste que hacía el tamaño de su cuerpo con el de los guardias era confuso y te hacía pensar “¿qué carajos puede haber hecho este con ese tamaño?” La respuesta estaba en su caminar, en el incendio de sus ojos, en la destrucción que signaban las facciones de su cara.
Lo sentaron a un asiento del mío. Sentí pena por él. Era un hombre sin significado, como un nombre propio escrito con minúscula. No podías confiar en él, no podías acercarte a él. Cada segundo que pasaba imaginaba que el tipo le quitaba el arma a uno de los guardias y corría por los pasillos dando tiros. Nada sucedería. Nos miramos y dijo:
-Si sos un narco te meten veinte años. Pero si matás a un violador te dan cincuenta.
Suspiro. Le creí. Le di la razón. ¿Qué harían con él? A fin de cuentas todo es simple para el hombre; insultar, matar, juzgar, mentir, chupar una verga, putear. Como si de aplastar a un insecto se tratara.
Me llamaron. Hice lo que tenía que hacer y luego salí del edificio. Me senté en una plaza y encendí un cigarrillo. Una hoja cayó de un árbol junto a un pequeño bicho que caminaba pacífico cerca de mí. Lo aplasté.
No existía la justicia en el mundo ni para el asesino ni el verdugo. Todo era lo mismo. Tampoco existiría justicia para el preso ni para el bicho aplastado, entonces levemente un roce de tristeza aguó mis ojos que se perdían en el culo de una mujer que se paseaba frente a mí.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Han pasado horas

Me han pasado horas
mirando el cursor
y ni una sola palabra escrita.
La hoja en blanco
es el vivo detonante
de una carrera terminada,
agotada, vacía
La guitarra continúa
sin el más mínimo sonido.
Estoy total y completamente aburrido.
Sin nada que decir
y muy pocas ganas de escuchar.

Si estas en esta situación colega,
sólo recomiendo la soledad;
Quédate solo, el tiempo que lo necesites.
No escuches a nadie, no llames a nadie.
Cierra puertas y ventanas
No pienses, sólo bebe.
No comas, sólo bebe
Botella tras botella.
Apaga el teléfono,
cerrá tu cuenta de hotmail,
facebook, etc.

¿La PC?
Bueno es la primera vez que tengo una,
Y es la única forma que tengo de expresar.
Tal vez la deje encendida unos días más.

Han pasado horas,
justo delante de mis ojos.
Las horas no saben quién soy,
los días y los meses tampoco.
No saben de vos tampoco.
Bebe, cerveza tras cerveza,
Fuma, Cigarrillo tras cigarrillo

¿Y después?
Asoma la cabeza,
pues te esta esperando todo.
Renovado o destruido,
nuevo, o viejo
Pero siempre algo desconocido.
Y de eso se trata todo esto.
De disfrutar de lo desconocido.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Infidelidad

Hugo despidió a su mujer un día jodidamente caluroso de diciembre. Hacía ya tiempo que él había dejado de amarla. Quería dejarla pero no podía soportar su tristeza. Era un cobarde. Se despidieron mientras las lágrimas brotaban de los ojos de ella y él, ni siquiera se inmutaba. Sabía que todo había terminado. Ella también lo sabía. La Estación Retiro dejó salir el micro que llevaría a tan inmensa mujer a un descanso, a sus vacaciones. Él no se quedó a saludarla. Quería escapar y no sabía por qué, sólo quería escapar. Ella era una mujer hermosa, tanto en su interior como en su exterior. Pero Hugo ya no quería aquella comodidad. Le gustaba estar siempre al límite y la comodidad nunca puede mostrarte el límite.
Él no tenía casa ni dinero para irse, así que decidió buscar un trabajo que le diera algún dinero para poder marcharse. Consiguió algo en un restaurante, de lava platos; al tipo le gustaban ese tipo de trabajos en donde sólo se necesitaba fuerza y resistencia. Se consideraba un tipo fuerte y resistente, y aunque estuviese cansado siempre seguiría trabajando.
-Soy una mula de trabajo así que ¡no me jodan!
Pero le gustaba beber, y bebía como un condenado. Tragándose su propio vómito sólo por considerarse a sí mismo “el gran bebedor de cerveza”, y así su dinero se iba entre las risas de los demás y su tosquedad pues “NADIE BEBE MAS QUE YO”.
Los días y las semanas pasaron, Hugo comenzó a sentir la necesidad de tener sexo. No se trataba de amor, él sólo quería una concha para lamer, una mujer que le chupase la verga, un culo para pasar su sedienta lengua; pero no era habilidoso con las mujeres, y siempre terminaba ebrio en la que no era su casa, matándose a pajas con alguna película pornográfica en Internet. Pajas, pajas y más pajas todo el tiempo; si encontraba algún momento de ocio en el restorán se retiraba al baño y se hacía una buena paja pensando en alguna de las camareras del lugar.
Fue una noche de martes en la que él se encontraba en la barra de un bar en San Telmo. Siempre iba a ese bar, pues le gustaba el Jack Daniels, y por un billete de a veinte podía conseguir una buena medida. Había una mujer que siempre se lo servia bien cargado.
Mientras sorbía un trago de aquella bebida, una hermosa rubia pasó por su lado. Él la miró directamente a los ojos y ella también.
-Pues bien –pensó -no significa nada, ella sólo me miró, le perecí un tipo extraño.
Y Hugo continuó bebiendo.
Minutos después alguien tomó su hombro:
-Hola.
-Hola -le respondió él a aquella rubia
-¿Estás solo?
-Mucho -le dijo.
-Yo también.
-No te preocupes, somos un par de personas “solas”-ella sonrió
-¿Y qué haces?
-Nada.
-¿Nada? -retrucó ella.
-No, absolutamente nada.
-Pero tienes que hacer algo, tú tienes que hacer algo -le dijo en acento extranjero,
y comenzó a contarle sobre Nueva York. Le dijo que él se parecía mucho a la gente de allá, pero él sabia que los alcohólicos son iguales, en Nueva York, en Buenos Aires o en Ucrania.
Se enamoraron y comenzaron a besarse casi estruendosamente, estrechando sus húmedas lenguas, succionándose el uno al otro, chocándose los dientes, sin que ello les importara.
Él comenzó a pasarle la mano por la entrepierna, primero un poco suave y luego algo más acelerado:
-Wait -susurró ella frenando el masaje atrevido que le proporcionaba Hugo.
-¿Tienes un lugar?
Pero claro, Hugo no tenía un lugar, no tenía dinero para un “telo”, no tenía amigos, no tenía nada. Trató de pensar, pero la excitación lo nublaba. No era el hecho de eyacular, él quería coger con una mujer y que aquellas pajas se hicieran por una vez realidad. Ella era hermosa y el calor hacía brotar gotas de sudor entre sus tetas. Estaba volviéndose loco frente a la “yanki”.
-No tengo dinero para el taxi.
-No importa, yo lo pagaré.
Y así partieron al lugar prohibido, al lugar al que Hugo sabía perfectamente que no debían ir.
Continuaron besándose en el taxi, en el lobby, en el ascensor, en la puerta del departamento, y finalmente en la cama. Comenzaron a hurgarse el cuerpo. Él jugaba con su vagina bebiendo todo el líquido que de allí provenía; ella hacía lo mismo con su verga mamándosela incansablemente, y luego la dio vuelta y ella apoyándose en sus rodillas levantó aquel hermoso culo y dejó a la vista su sexo palpitando de placer. Comenzó a penetrarla primero lentamente disfrutando del momento, de la gloria, sintiendo el mas lujurioso placer. Ella gemía y gemía, y él también. Tuvieron sexo en todas las posiciones existentes, una y otra vez, repitiendo algunas de ellas, y la cosa siguió así hasta llegar al punto más alto del clímax, y juntos apretaron fuerte sus cuerpos en una acabada acompañada por un grito de placer ensordecedor.
Hugo cayó al costado de la cama, rendido, exhausto por todo aquello, respiró con dificultad hasta que se normalizó. Ella se levantó, fue al baño, se limpió y fue a la cocina a por un vaso de agua. Él no podía mantenerse despierto y una sensación de alivio y descanso ganó la batalla por mantener sus ojos abiertos. Se durmió profundamente.
Algo terrible estremeció su pecho al escuchar como unas llaves abrían la puerta de entrada del lugar. Y sólo una persona tenía las llaves. Hugo abrió los ojos y ahí estaba ella, su mujer, su ex mujer, bronceada, iluminada, hermosa como siempre y dueña de esa casa; la que pagaba las cuentas, la que siempre le cocinaba, lo acariciaba, lo besaba, lo cuidaba y le hacia el amor en aquella cama ahora ocupada por un extranjera. él miro al costado y la yanki yacía desnuda, dormida profundamente. No por mucho tiempo.
-¡HIJO DE MIL PUTA! ¡SOS UN HIJO DE MIL PUTA! BASURA TE VOY A MATAR HIJO DE MIL PUTA!
Y la rubia despertó desorientada por los gritos y los objetos que esta mujer desconocida para ella le arrojaba al tipo que había conocido la noche anterior.
Él no decía nada, y recibía los golpes, los palazos de escoba, las cachetadas, mientras intentaba ponerse los pantalones. Se levantó y salió de la habitación mientras ella seguía gritándole y golpeándolo. Pasó por la cocina y los golpes continuaron. Entonces con un movimiento que duró un segundo, ella tomó un cuchillo tramontana. Él la miró a los ojos y sólo pudo decirle “pará”. Ella se acercó con una increíble velocidad y Hugo sintió como el arma blanca recorría su estómago, sus entrañas, como cortaba tajante su vida a los 26 años. Llevó sus manos a la herida, mientras la “yanki” gritaba y lloraba. Tomó una remera que había dejado arriba de la mesa en su última noche de lujuria, y salió al pasillo, donde todos los vecinos del 6to piso miraban desde la puerta de sus departamentos. Hugo se sentó en el pasillo y alguien grito “¡llamen a una ambulancia!”. Tomó la remera y se la ató a su estómago para impedir la hemorragia. Todo era gritos y llanto y sangre. Hugo estaba tranquilo muriendo poco a poco, se metió la mano en el bolsillo sacó un paquete de Chesterfield y encendió uno. Fumó una calada y falleció.
Minutos después llegaron los médicos, y ahí estaba el cuerpo inerte de Hugo, empapado de sangre junto a sus dos mujeres, los vecinos y el portero del edificio, quien sostenía un balde de agua en una mano y un trapo de piso en la otra, listo para limpiar la escena de infidelidad.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Aracnofobia


¿Cuál es el objeto de tu creación?
Horrible artrópodo sin sentido
Danzas asquerosamente
En tus ocho patas
Conculcando mi siesta
Mi tranquilidad,
Mi opulenta vagancia

¿Porque no desapareces cuando me ves
Como lo haces cuando ves
a los demás humanos?
Tu peluda negrura sólo expele
Rechazo en mi especie
Nadie en este mundo te quiere cerca
¡Fuera, muere!

¿Quién te lo dijo?
Estoy seguro,
Fueron las hormigas
Las moscas,
Las polillas, los mosquitos
Las ratas, las cucarachas
Quieren venganza
Y conocen mi secreto,
El terror que habita en mí
al encontrarte.

Te temo,
Te odio,
Hasta en mis sueños
Nuestra lucha continua
En ocasiones;
Una sola gigantesca
Otras: cientos de ustedes
Subiendo lentamente por mis piernas

Dejaré el cuarto
Ganaste esta vez, otra vez
¿Cuál es el objeto de tu creación?
Lo comprendo… es mi aracnofobia

martes, 14 de diciembre de 2010

La copa en la cartera

En el bar, entre luces,
Un muchacho bebe
Humo instalado
A la altura de sus párpados
Mientras una maja mujer lo examina
En una tintineante sonrisa
Que invita a topar
Sus respectivas bebidas.

Departen, ríen, se persuaden
Rozan sus manos
Y el tacto los toma por sorpresa
Ambos corazones pulsantes
Se declaran en evidencia
Esa noche no serán para cualquiera,
Será sólo entre ellos.

Se buscan, se encuentran
Se excitan, deliran
Emergen sin siquiera conocerse
Celos, de un hombre al saludarla
Celos, de una mujer al saludarlo
“quédate a mi lado”
Discurren a la vez.

Es el momento y única ocasión
¿Cuál será el indicio?
Ella lo mira y acaba su copa de un sorbo
Él la terminó un minuto antes
En un gesto encubridor la copa se desliza en su cartera
Y lacrado queda el tratado de amor para esa noche.

Llegan a la habitación dan vida a un vino
Que llenará el vacío de la copa sustraída
Trofeo que patea lejos al fracaso
Que en sudor y gemidos
No rondará por ese cuarto...

lunes, 13 de diciembre de 2010

Medio segundo de maternidad…

De manera muy sutil Nicolás apartó su mano de la teta de Carla. Ella insistió tratando de generar algún signo de excitación en Nicolás. Pero no lo consiguió. Su boca lamiendo ya no provocaba aquellos descontrolados sonidos de placer en su hombre. Nada sucedió.
Dejaron de tocarse comprendiendo la fatídica escena. El amor y el sexo se hallaban lesionados de por vida entre los dos. Y no existía en el lugar sensación de querer recuperarlo.
Nicolás encendió un cigarrillo y ella la luz. Se paró frente al espejo y con sus manos examinó su figura:
-Che ¿Estoy gorda?
Él no contestó.
-Posta; estoy hecha una vaca.
La miró, la enfocó, divagó con sus ojos marrones por aquel cuerpo blanco. Viajó profundamente por sus piernas, su vello púbico, su casi inexistente barriga. Sus redondas tetas, sus pequeños pezones. Esos que tanto apetito le habían generado durante meses. Y luego su rostro. Cada uno de los “te amo” habían sido recitados desde su más profunda sinceridad.
A su risa, a sus ojos verdes, a su pelo azabache ondulado. Era lo mejor que le había ocurrido. No recordaba nada mejor y no pensaba en encontrar mejor conexión que esa.
-¿Qué mirás?
Se sintió a un segundo de volver a decirlo y al saberse pensativo desistió de la idea. Él ya no lo sentía y estaba seguro de que ella no querría escucharlo.
El cuarto quedó sin palabras unos minutos. Entonces por primera vez en dos meses un sentimiento de incomodidad se irguió como un muro entre los dos.
-Che, mirá; yo me voy.
Él se sonrió. Conocía ese tono, esa forma perspicaz que tienen las mujeres al despedirse. Al escapar amablemente de su vida.
Ella se acercó y lo besó en la mejilla:
-Tenés mucho talento Nicolás.
-Lo sé.
-No lo desperdicies.
-Nunca lo hago.
Ella suspiró queriendo ocultar una sonrisa.
-Te dejo los puchos.
-¡Gracias! -se acomodó en posición fetal y se tapó hasta las orejas.
-¿Me apagás la luz?
El alma de Carla percibió la primera sensación de maternidad en su vida. Mientras los ojos de Nicolás comenzaron a cerrarse ella contempló a aquel niño de 27 años. Sintió que debía protegerlo, cuidarlo, bañarlo y en el instante en que decidió meterse nuevamente a su cama la imagen de la habitación la tomó del cuello a la realidad. Bolsas vacías de cocaína, botellas de cerveza, cajas de vino, paquetes de preservativos que no pertenecían a sus sudorosas noches de sexo. Ella se sonrió y comprendió que no era su deber cuidar de él:
-¡Hey; Nicolás!
El la miró.
-Cuidate.
-Nunca lo hago -le respondió sentenciando definitivamente el amor animal que existió entre los dos. Ella apagó la luz y salió a tomar un taxi en Av. Corrientes mientras un hermoso sueño apartaba a Nicolás de Carla, del mundo y de él mismo.

lunes, 31 de mayo de 2010

Rumbo a casa.


Desperté cuando un tipo que se encontraba junto a su novia me habló:
-Eh; disculpame que te despierte, pero tengo que sacar mi auto.
Me di cuenta de que estaba durmiendo sentado junto a la puerta de su vehículo. Me levanté y sacudí mis pantalones mientras un intenso dolor recorrió mi espalda.
-Si querés te llevo. Se veía amable pero decidí que no. No sé por qué lo hice, tal vez debería haber dejado que me lleve, esa noche hacía un frío cojonudo.
Comencé mi camino a casa pensando que ya todo estaba acabado, que mis decisiones habían sido de lo más incorrectas y que de verdad yo estaba completamente perdido sin solución alguna.
Hoy Trelew me veía despertar en la mañana, era otra ciudad a la que regaba sus veredas con el peor de mis aspectos. Otro lugar en el que no me sentía a gusto, ni el lugar a gusto conmigo. Me habían echado del boliche. Al menos sabía que no volvería pues me esperaba el mundo entero, bueno es posible que el mundo no me esperase pero no importa, voy a ir a por él y agarrarlo de las pelotas.
-¡Metete el boliche en el culo! -fueron mis últimas palabras antes de irme a ¿dormir? a la vereda.
Caminé de lo más tranquilo bajando por Pellegrini sintiendo como la helada de las siete de la mañana se mezclaba con el aroma que provenía de la panadería “La Fueguina”
Sentí hambre y aún mas frío.
-Seguramente ella jamás sintió hambre ni frío -pensé, contestándome a mi mismo que eso no me hacía mejor que nadie. No se trataba de ser mejor, pero creo que en ocasiones cuando la desidia es diaria una leve caricia puede hacerte reaccionar, o un beso, o cualquier signo que resulte interesante dentro de determinados parámetros.
Así que suspiré y continué mi camino sintiéndome identificado con los árboles, ya sin hojas, del lugar.
A metros de cruzar la “pista de atletismo” un auto disminuyó la velocidad y consiguió ponerse justo a mi lado. Era un buen auto, de esos grandes y nuevos que ocultan a sus ocupantes tras sus vidrios ennegrecidos. Me recordó al tipo de auto que siempre compra mi viejo. El vidrio bajó:
-¡Hola León! ¿Que hacés? ¡Tanto tiempo! No la reconocí, no sabía quién era pero era una mujer, y estaba sola.
-Hey hola… todo bien ¿vos?
-¿Dónde vas?
-A mi casa.
-Subí, te llevo. Subí.
Nos dimos un beso en la mejilla, olí su perfume, era el “Ultra Violet” de Paco Rabane. Puedo reconocerlo en cualquier lado, solía amar a una mujer con ese perfume.
-¡León Imperiale! ¡Tantos años! -me dijo sonriendo mientras hacía ruidos con la nariz.
-Ese soy yo, pero la verdad no tengo idea de quién sos vos. No te puedo recordar.
-Jajaja, no te preocupes, no hay problema.
No le pregunté su nombre.
Frenamos en un semáforo, ella respiró profundo y me miró mientras se acomodaba su castaño cabello colocándose un clip y dejando al descubierto un rostro particularmente bello, extendí mi mano y le acaricié la mejilla, y ella devolvió la caricia a mi mano.
-Vos no cambiás más. ¿Cómo sabés que no te daría un cachetazo por haberme tocado?
-No lo sé; pero vos me estás llevando a mi casa y yo me pregunto cómo sabes donde vivo.
-Jajaja; sólo lo sé. ¿Querés una raya?
Entonces arrancó el auto y continuamos. Yo no respondí.
-¿No querés?
Ya estábamos a un par de cuadras de casa, la miré.
-La verdad es que no tengo ganas de quedarme despierto mirando el techo de mi casa, así que… paso. Frenamos en Marconi y Cambrin.
-Bueno; tal vez podrías venir a mirar el techo de mi casa. Tengo cerveza… y Jack Daniels.
Frenó en la puerta de la casa de mis viejos, los autos estaban estacionados y podía oír a los perros ladrar mientras la vecina de junto regaba la vereda y se apresuraba a acercarse para mirar bien quién había llegado.
-Qué vieja chusma de mierda -le dije– dale vamos a tu casa -sonrió y me besó en la boca.
Era un lindo departamento, acogedor, en el medio había un sillón bastante grande, lleno de almohadones que me invitaban a sentarme y acurrucarme en ellos. Ella se quitó los zapatos y fue a la cocina:
-Sentate, ahora vuelvo. Me senté sintiéndome muy cómodo apreciando el momento, recordando que hace sólo unos minutos atrás nada tenía sentido en mi vida, llegando a la conclusión de que siempre algo sucedería, que tal vez estar perdido me daría la ventaja de no esperar absolutamente nada de nadie, y sólo cualquier buen indicio se trasformaría en una gran aventura, una gran sorpresa. Mi vida volvía a estar alineada… al menos esa mañana.
Regresó con el Jack Daniels prometido, una botella de vino espumante, cuchillo y un plato. Luego fue a por los vasos. El mío tenía hielo y era un verdadero vaso de whisky.
-¿Te encargás? Me pasó la coca, el cuchillo y el plato. Volvió a besarme.
Coloqué el plato sobre la mesa ratona y me ocupé del asunto mientras observaba unos lindos cuadros en la pared color beige. Era una buena cantidad. Terminé, me serví un trago y esperé a que apareciera.
-Perdón; me fui a poner mas cómoda.
Vestía unos shorts algo cortos y una remera color azul con un logo que decía “Puerto Madryn Patagonia Argentina”. Se sentó frente a mí luciendo unas fabulosas piernas cruzadas.
-Están buenas tus canciones, no sabía que eras músico.
-No soy músico, soy escritor.
Armé cuatro rayas.
-¡Jua! ¿ESCRITOR?
-Un gran escritor…
-Bueno, si vos lo decís… ¿y sobre qué escribís?
-Sobre estas cosas.
-¿Qué cosas?
Las cuatro rayas ya no estaban.
-Hace un momento era un tipo cagado de frío y ahora estoy con una linda mujer en su casa. Escribo sobre eso.
-Ah… ¿vas a escribir sobre mí?
-No; no lo creo.
-Bueno; mejor. ¿Pongo música?
-Como gustes, es tu casa.
Atrás de su sillón había un equipo de música. Tomó el control remoto y le dio play estirándose contoneando su culo frente a mis ojos y dejando al descubierto una tanga color blanca. Me gustó, así que me levanté, y cuando se volvió acerqué mi boca a la suya y nos besamos con gran intensidad, lamiendo nuestras lenguas. Estiré mi mano y la pasé por su entrepierna:
-¡Epa! Tranquilo… tenemos tiempo.
Regresé a mi lugar me serví más whisky y armé otras cuatro líneas, esta vez, más prolongadas que las anteriores.
Hablamos mientras los tragos y todo lo demás se mezclaba en nuestros cuerpos.
-Jajaja; sos muy gracioso de verdad. ¿Cuándo fue que cambiaste tanto?
-El día que vi los hilos en las marionetas.
Se sentó a mi lado, y clavó sus ojos en los míos. Yo quité la mirada enfocándome en sus piernas, luego percatándome de mi vaso vacío.
-Necesito otro trago.
-¿Si? Creo que ya tomaste bastante.
-Necesito otro trago.
-Servítelo vos…
-Está bien.
Me serví, sabiendo que ya no podía beber más, la cuestión estaba fuera de mi control. Ella lo notó, así que antes de llevarme el vaso a la boca comenzó a besarme metiendo su mano por debajo de mi remera, y casi sin darme cuenta el vaso ya no estaba en mi mano, ahora tenía aquel lindo culo en mis manos.
Se sentó sobre mí haciendo movimientos hacia atrás y adelante con sus caderas. Yo ya estaba bien empalmado, introduje delicadamente uno de mis dedos haciendo a un lado el short que ya no servía demasiado para cubrir su sexo. Gimió metiendo su lengua en mi oreja llevando poco a poco su mano a mi bragueta. La abrió y se arrodilló succionando con suavidad. Me quitó los pantalones y yo quité los almohadones que ya no me servían. Le besé el ombligo bajando poco a poco introduciendo mi lengua en su concha.
-¡Cojeme!
Y comenzamos, primero muy despacio y luego las sacudidas se hicieron más fuertes, acompañadas de groserías y un fuerte latir en mi corazón. Una y otra vez, explorando nuestros cuerpos, en todo el sillón, la cocina y el baño, estallando en un final ruidoso y sudado.
Me senté a un costado del sillón y encendimos dos cigarrillos. Nos quedamos en silencio varios minutos y yo volví a perderme en los cuadros en la pared.
-Bueno -me dijo- mañana tengo muchas cosas que hacer, me voy a dormir ¿te llamo un taxi?
-Dejá, me voy caminando; pero sólo después de este trago y una raya más.
-No hay problema.
Terminé con todo eso y salí, ella bajó a abrirme y me despidió rápidamente con un beso en la mejilla, yo me quedé observándola como, casi en un trote, se dirigía al ascensor.
Me di cuenta de que estaba más lejos de casa que cuando salí del boliche, eran ya las once y media de la mañana y los últimos ejemplares del Diario El Chubut eran vendidos por los canillitas. Me crucé con uno de ellos:
-¿Diario patrón?
-Sí, claro. Compré uno con los últimos tres pesos que tenía y caminé tranquilo nuevamente hasta mi casa mientras los árboles sin hojas se parecían más a mí y el país se preparaba para festejar un bicentenario que no me interesaba para nada.

martes, 6 de abril de 2010

A los ojos


Aprendí que el reflejo en el espejo
dice menos de lo que creo.
Recordé los roces sin vitalidad,
que proporcionan las piernas
que ya no me pertenecen a esta cama.

Serví más de dos copas,
y las bebí todas.
Tomé un par de manos
y destruí un par de corazones.

Escuché fuerte y claro aquel “adiós”
no quise escuchar ni por un segundo aquel “te amo”.
Mi bolsillo estuvo lleno,
y palparlo, me costó vaciarlo entero.

Me abrí,
me cerré,
me embriagué,
nos embriagamos,
nos escapamos,
me vi,
era yo,
frente al espejo.

domingo, 4 de abril de 2010

Curiosidad


Sonó el timbre como a las 2 de la mañana. Me alegré, seguro era mi estimado amigo que siempre pasaba después de su trabajo a verme. Ese día llegó un tanto más tarde. Busqué los pantalones y en mi salida choqué con la última botella de cerveza que había bebido:
-Qué alegría verle. El sonrió y nos dimos un abrazo. Cruzamos el pasillo largo que conducía a un pequeño patio que daba a la puerta de entrada a mi casa. Le di las malas noticias:
-Mi amigo; no tengo dinero y mucho menos nada para beber. El asintió con la cabeza:
-Pues entonces no tenemos nada que hacer acá. Cambiate y vamos; me invitaron a una reunión.
Obedecí. Mientras abría la puerta un fuerte olor a mierda de gato me lo recordó:
-Che, hace un par de días que no veo a Priscila.
-Espero que esté bien.
-Yo también -contesté.
Puse llave y salimos con algún rumbo, incierto para mi, sumergidos en la más oscura de las noches del barrio de Villa Crespo.
Caminamos tranquilos, fumando un cigarro en silencio. Entonces él habló:
-¿Comiste?
-No.
-Yo tampoco. Vamos a comer algo.
Cruzamos corrientes y previa parada al cajero automático nos encontramos parados en una de esas pizzerias en las que por sólo seis pesos te llevás una grande de "muza". No tuvimos suerte, la pizzeria tenía demasiados pedidos por entregar y nosotros mucho hambre. Nos fuimos a una casa de empanadas que estaba justo cruzando la avenida y pedimos 6 empanadas y una cerveza. La cena fue cara. Hoy en día una empanada cuesta cuatro pesos y ninguno de nosotros dos sabía cual era la razón. Nos llevamos todo aquello en unas bolsas de nylon blancas. La muchacha que atendía nos abrió la puerta mientras yo le hacía un paneo a su atractivo culo. Era un lindo culo.
Nos sentamos en la vereda metros más adelante y nos dispusimos a comer y beber:
-Tiene lindo culo esa mina -mordí una de jamon y queso.
-Sí; lo tiene.
-Creo que se fija un poco en mí -él abrió la cerveza con el encendedor. Todo un arte.
-¿Te parece?
-Sí, creo que sí. Che ¿a dónde vamos? -tomé otra empanada.
-Me invitaron a una casa muy cerca de acá. Tal vez podríamos ir a ver que onda -me pasó la cerveza.
-Está bien -tomé un buen trago. Mientras lo hacía una mujer mayor pasó montada en una de esas bicicletas de montaña. Vestía una campera de rompe vientos color verde y unas calzas rosas. Se veía bastante mayor. Parecía tener la velocidad de subida pues daba frenéticas pedaleadas que la hacían ver un tanto extraña:
-Eso es extraño -dije.
-Sí; lo es.
Terminamos la cena y partimos. Pasamos justo frente a la casa de empanadas donde la chica del lindo culo terminaba de cerrar y se iba abrazada con uno de los pibes que laburan ahí:
-Bueno; tal parece que no estaba conmigo -le dije mientras el soltaba una leve carcajada.
Dio dos toques al timbre y esperamos. Nada. Lo intentó nuevamente mientras yo daba unos pasos hacia atrás para ver si alguien se asomaba. En un balcón dos tipos conversaban:
-Hey -les grité -estamos abajo.
Lucas se paró a mi lado:
-Hola ¿Está Andrés?
-Esperá -respondió uno.
Minutos después la puerta se abrió. Era una puerta gigante y se notaba pesada, frente a mí unas escaleras, muchas escaleras. Subimos; Andres nos acompañaba.
Era un departamento extraño, de grandes dimensiones acompañado de un excesivo olor a humedad. Me gustó que la heladera esté en el living. Cuando estás sobrio es necesario ver con tus propios ojos cuando te sirven un trago. Luego ya no importa.
Nos presentaron con las personas que se encontraban en el lugar; había tres mujeres y unos cuatro tipos. Me gustó una de ellas, tenía buenas tetas y una linda sonrisa. Lo tipos tenían pinta de idiotas y no tardé mucho en cerciorarme de ello. Creo que Schad también se dio cuenta, y también le gustó la mina de las buenas tetas.
-¿Qué toman?.
-¿Cuánto hay que poner? -respondí.
-Quince.
-Tomá, yo voy a por mi trago.
-Muy bien, ahí está la heladera.
Entonces bebimos, Lucas, Andres, las tres mujeres y los cuatro idiotas. Bebí unos tragos largos y rápidos para intentar entrar en sintonía. No tenía muchas ganas de hablar de sus universidades, de sus carreras, de sus proyectos. Schad lo sabía así que sólo contribuía a recargar mi vaso mientras yo permanecía en silencio. Claro; sólo hasta embriagarme.
Y ahí lo solté todo, lo de siempre, lo que siempre hago cuando me embriago, aborrecerlos a todos en sus caras. Hacerles la contra, mostrarles que sus vidas son insignificantes. Es que la mía también lo es , es sólo que yo estoy perfectamente consciente de ello. Y eso contribuye a mi sabiduría. ¡EL REY DE LA MEDIOCRIDAD! ¿Que si creo realmente en lo que digo? Claro que no... Ni en ellos, ni en mí, ni en nadie. ¿Entonces? Entonces puedo decir todo lo que se me venga en gana.
-¿Flaco; vos te pensás que sos el más borracho del mundo?
-Te puedo asegurar que soy el más borracho en este departamento.
-¿Y eso de qué te sirve?
Lucas me miraba de reojo, me conoce, sabe que los estoy poniendo nerviosos, sabe que estoy furioso, por ella, por todo. Y sobre todas las cosas sabe perfectamente que tumbaría a cualquiera de ellos. Él está tranquilo y sabe muy bien que yo no lo estoy.
Yo había estado observando a uno de los tipos. Iba y venía del baño y se lo notaba cada vez más exaltado. Era obvio; estaba tomando cocaína.
Me miró:
-Parece que sos un tipo duro -no respondí.
Se levantó dirigiéndose a una habitación, segundos después una enorme sonrisa lo acompañaba junto a un arma en su mano derecha. Cruzamos miradas con Lucas.
-Esta me la regaló mi viejo.
-Mirá vos.
-¿Te gustan las armas?
-No...
-¿Por?
-No lo sé, creo que soy un tipo muy curioso.
Le quitó el cargador, las balas brillaban con la luz del living. Lo volvió a meter. Estaba cargada.
-Che andá a guardar eso -dijo uno de los pibes.
-Pará; no pasa nada. Dale tomá, hacete hombre y agarrá un arma, gil.
Lanzó el arma hacia arriba y la tomó por el cañón dejando la culata frente a mis ojos.
-No.
-¡DALE!
Las tres mujeres se levantaron:
-Che nosotras nos vamos.
-Ustedes no se van a ningún lado, acá no va a pasar nada ¿Y, GRAN BEBEDOR DE CERVEZA, QUÉ VAS A HACER?
Volvió a ponerme la culata en la cara. La tomé. Schad me sacó el vaso y me miró haciendo un movimiento de negación con la cabeza. Yo continuaba con el arma en la mano, era pesada y fría, y se sentía un poder increíble, algo adictivo.
Entonces lo pensé; esta es mi oportunidad, puedo cambiarlo todo en un segundo, algo tiene que pasar, yo tenía un arma por primera vez en mi vida y no podía dejar pasar ese momento.
-¿Y, cómo se siente?
Levanté la vista y lo miré esbozándole una sonrisa. Me llevé el arma a la sien.
-León deja eso -dijo Lucas mientras las mujeres y los idiotas se levantaban de las sillas. El otro tipo soltó una carcajada.
-Cuidado; está cargada.
-Te lo dije; soy un tipo muy curioso -apreté el gatillo y pude escuchar el estruendoso grito de Lucas a quien vi por ultima vez abalanzándose sobre mi ultimo segundo de vida.
Y luego todo estaba en blanco, todo estaba calmado, no existía la más mínima sensación de nada. Era la nada total. Era un buen lugar.

sábado, 3 de abril de 2010

Mi Suerte

Un tipo en el bar la noche anterior me había contado que sólo invirtió un peso cincuenta, y que al otro día, consiguió un poco más de cien pavos.
-¿Y cómo lo hiciste cabrón?
-Te lo digo Elvis, fui a la agencia que está en Montevideo y Perón, y le jugué a la cabeza.
-¿A la cabeza de quién?
-Uff… no te puedo explicar ahora.
-Bueno no importa, el caso es que tenés cien mangos más.
Así que dejé de preocuparme por ello y seguí brindando a la salud de mi amigo, y de su bolsillo, cien pesos más lleno.
La mañana me encontró en la puerta del hotel donde vivía en Congreso. Conseguí levantarme y llamé a la puerta:
-¡Ey! Tengo que entrar, me estoy meando y tengo frío.
-¡Pague el alquiler señor Valdivia o váyase!
Puta madre, estaba en problemas. Casi sin dinero, sin casa, sin bebida, sin mujeres. Le hice una seña con el dedo al encargado y salí a caminar. La cuidad estaba rara, se sentía una inusual carga en el aire, los autos producían ruidos extraños, que yo desconocía.
El olor a subte era mucho más fuerte que de costumbre, y a la vista, ni un sólo bar abierto; o, al menos, ni uno que represente la posibilidad de embriagarme con algo más de diez pesos. Pregunté la hora a un tipo de saco y corbata:
-Las 12:32 -respondió.
Lo puteé.
-¿Por qué no me dice “doce y media”?
Ni hablar, tomé dirección a “los chinos” a comprar vino en caja, del más barato. En el trayecto, crucé con el lugar que me había mencionado aquel tipo; si, el del bar. Entré. Un hombre realmente grandote salió a atender:
-¿Que necesita?
-Necesito cien pesos.
-Ud. necesita un baño señor. Por favor retírese del lugar.
El maldito me hizo encabronar. Metí las manos en los bolsillos y saqué un bollo de billetes, sonaron también algunas monedas:
-¡He dicho que se me atienda!- dije mientras soltaba mi pequeña fortuna sobre el mostrador. El tipo tomó el dinero, lo contó y me miró a los ojos:
- Bien, ¿y a cuál desea Ud. jugar? ¿Matutina, vespertina o nocturna? ¿Nacional o provincial?
Sabia como llenarme las pelotas.
-Que se partan en mi cabeza todas las botellas que bebí en mi vida si no elijo la nocturna, y por lo demás, está en tus manos. ¡Ahora, rápido que tengo cosas que hacer!
El tipo apretó unas teclas, y luego hizo otra pregunta más:
-¿Número?
-¿Número de qué?
-Ud. tiene que elegir un número.
-¡No sé qué numero!
-Diga un número.
-¿Cualquiera? ¿El que yo quiera?
-Sí señor.
-Mmmmm, elijo el 1232.
El grandote aquel apretó unos botones más, escuché unos ruidos, seguidos de un último clic que daba salida a un papel blanco. Me lo entregó.
-¡Qué carajo! ¿Y mis cien pesos?
-Conserve el papel señor, y no vuelva por acá.
Lo último, lo dijo bien cerca de mi cara, y como dije antes, el tipo era grandote.
Esta vez estaba jodido, y mis ganas de beber aumentaban aun más con el pasar de los minutos. Viendo que la cosa no mejoraría decidí acostarme a dormir una siesta en Plaza de Mayo. Mendigué un cigarrillo por ahí, y cerré los ojos mirando una hermosa mujer disfrutar su sandwich de pollo, hasta quedar completamente dormido, con hambre y con ganas de beber.
El frío, fue lo que me despertó. Temblaba. Y al no tener medias, mis tobillos estaban congelados. Apenas podía moverlos. Tenía que resolverlo, no podía estar en esta situación, así que decidí llamar, por cobrar, a un viejo amor. Sentía con toda seguridad que ella podría cuidarme. La verdad, no teníamos contacto desde hacía algunos meses, pero mis ganas de golpearme una y otra vez con la inmensa pared que es la vida, parecía de alguna forma atraerle. Yo le atraía tal y como era.
Busqué en mis bolsillos su número, y los papeles inundaron mis manos, direcciones, teléfonos, propagandas de puteríos, de comida para llevar, etc. Pero nada, no podía encontrar el papel color azul con su nombre y su teléfono.
Y allí estaba en mi otra mano, “nocturna” decía, y el número 1232.
-´¿Qu mierda es esto...? -y recordé de qué se trataba.
La noche se hacia sentir, y yo aun no tenia un céntimo, por lo tanto, ni una gota de alcohol. Salí a caminar, me dirigía a ese lugar donde había estado horas antes, el trayecto no era largo, además me gusta mucho Capital Federal, sobre todo a esa hora pico. En la que todos salen de sus trabajos, y se dirigen a sus casas, donde alguna mujer u hombre los espera. En lugares calientes, con la cena lista. Un lugar donde aflojar la corbata y desatarse los zapatos. Un lugar para descansar.
Estuve parado frente al local, durante algunos minutos. Miraba el papel e intentaba comprender en que consistía todo aquello. Justo allí me iluminé. El número que estaba en mi papel, coincidía exactamente con el que estaba en la planilla que decia”Nocturna”. Me sentí bien, ya que el número que escogí, era el que figuraba en el primer lugar.
Un segundo después, alguien se paró a mi lado. Era un tipo mucho mayor que yo, a decir verdad, sólo tengo veinticinco años, a veces me dan mucho más. Pero este tipo superaba ampliamente cualquier edad que yo aparentase.
-¿Qué hacés? -preguntó.
-Nada, sólo miraba los números -el tipo se me acercó y frunció el seño como buscando un mejor enfoque:
-Yo te conozco a vos -dijo. Me retiré un segundo de su lado y lo observé:
-Sí, sí, yo te conozco a vos. De Ramos Mejia, en “Macarena” pusiste unos temas de Elvis en la rocola y empezaste a bailar como él.
Traté de recordar al hombre, pero bueno, como siempre no lo conseguí.
-Estuviste bárbaro, soy muy fan de Elvis.
-Gracias…-le dije.
Hice un suspiro como para llenar el espacio vacío e incómodo.
-¿Y qué vas a hacer ahora?
-Nada, ¿por? -respondí
- Vamos a tomar unos tragos.
-¿Vos invitás?
-¡Claro!
Y partimos a San Telmo. Esa noche seria “Mitos Argentinos”
-Decime una cosa, ese papel que estabas mirando ¿de qué se trata?
-Te lo explico después. ¿Tu nombre?
-Lucas. ¿Vos?
-Elvis. Encantado.

Al día siguiente desperté en el hotel de Congreso. Miré el cuarto y me percaté de unas siete cajas de vino tinto. Junto a ellas, unas bolsas de “Coto” con alimentos. No tenia idea cómo había llegado allí todo eso. Y el hecho de estar en la habitación del hotel significaba que mis problemas de alquiler habían sido resueltos. No tenía ni un centavo, y el papel con el número ganador había desaparecido.
Me recosté, miré hacia el techo con los pies cruzados, encendí un cigarrillo y consideré que yo, era un tipo con suerte.

jueves, 25 de marzo de 2010

Burn… burn it all.

El encargado de seguridad del edificio donde trabajo yacía parado en el lobby mirando fijamente como una torrencial lluvia inundaba poco a poco las calles de un Buenos Aires colapsado en todo su sistema de drenaje. Era una lluvia realmente potente.
-Se va a inundar todo -dijo dando media vuelta y mirando solamente hacia mis ojos. Siempre quería hablar conmigo y yo estaba ahí y no podía evitarlo. Era un tipo bastante deficiente en su trabajo, mi compañero lo odiaba pero yo pensaba que le faltaba un tornillo y no podés hacer nada cuando a alguien le falta un tornillo. Así que no lo odiaba, tan sólo no quería hablar con él.
No le contesté y permanecí sentado en uno de los sillones mientras los demás hablaban frenéticamente con sus celulares, llamando a sus casas, a sus mujeres, a sus hijos, paradas de taxi. Etc.
Me acomodé en el sillón que resultó ser uno muy cómodo.
-Podría dormir acá -pensé; pero eso sólo ocurriría sin que toda esa parva de locos que se dicen cuerdos caminen a mi alrededor. Imbéciles.
-Eh León: ¿cómo vas a hacer para ir a tu casa?
-No tengo idea -respondí.
-¿Querés que te acerque? -contestó mientras apretaba los botones de un celular último modelo.
-No; está bien.
-Pero ¿óómo vas a hacer? Mirá cómo llueve. ¡No lo vas a poder resolver! Dejame que te lleve.
-No te preocupes; ya pensaré en algo.
Continuó hablando por teléfono y me dejó tranquilo.
La lluvia paró, me levanté de un salto y me encaminé hacia la puerta
-Che; se va a largar otra vez, ¡no salgas!
-No pasa nada.
-Pero te vas a mojar entero, mira si se te moja la “guita”, vení y esperá con nosotros.
Abrí la puerta y respiré profundo:
-No te preocupes; no tengo ni diez centavos -saludé y salí de ahí con mis pies sumergidos en el agua.
El tráfico estaba jodido, los coches no avanzaban ni retrocedían, todo era una molesta sinfonía de puteadas y bocinazos. Caminé abriéndome paso entre todo ello, libre, mientras pitaba un Chesterfield. Todos estaban acorralados…menos yo.
Llegué a Corrientes y comencé el trayecto de unas 50 cuadras hasta mi casa donde me esperaban mi gata y tres cervezas que funcionaban como una excelente motivación.
La cosa en Corrientes no estaba mejor y justo antes de cruzar Callao un apagón sumergió a la gran ciudad en una oscuridad que, estoy seguro, llenó de terror a millones de personas. A mí no me importó y seguí caminando iluminado por los faroles de autos y las luces de emergencia de los negocios. Era una agradable vista.
Encendí otro cigarro mientras pasaba justo al lado de un locutorio donde un pibe intentaba retener a los clientes hasta que volviera la luz y así poder cobrarles. El pibe se veía asustado y sudaba bastante:
-Pero señora; me tiene que pagar.
-Bueno; decime, ¿cuánto es?
-Por favor le pido, aguarde a que vuelva la luz. Lo clientes estaban todos acumulados en el mostrador. También observé cómo unos pibes que piden en la calle se acercaban al congestionado locutorio.
-No querido, yo me tengo que ir -y los demás clientes anunciaron lo mismo.
-¡Yo me voy!
-¿Qué se piensa este pelotudo, que me voy a quedar toda la noche?
-A la mierda, CHAU.
Y todos los clientes comenzaron a salir del lugar mientras el pibe de la caja trataba en vano de detenerlos, percatándose también cómo uno de los “chavalines” se metía en el bolsillo toda clase de golosinas. Sus pequeños amigos hicieron lo mismo.
-¡Eh nene: vení para acá! -y el chiquillo salió disparado con una destreza digna de admirar. Uno de sus amigos no fue tan hábil y en su corrida chocó con una de esas máquinas que contienen caramelos. La máquina cayó al suelo lo que provocó un ruido ensordecedor. Yo permanecí un momento mirando todo el asunto. La gente saliendo, gritando, puteando, el kiosco desbordado, los pequeños iban y volvían llenando sus pequeños brazos con todo lo que podían. Entonces todo se desbordó. Señores, señoras, universitarios, todos comenzaron a tomar lo que podían del locutorio mientras el empleado lo veía todo desde afuera tomándose la cabeza con las manos. Entonces los demás negocios quisieron cerrar sus puertas, mientras la furia se hizo aún más grande en todo el perímetro y la cantidad de gente fue de un número más grande. Y así comenzó todo. Como una onda expansiva en toda la ciudad, la escena se repetía cuadra a cuadra mientras mis pasos zigzagueaban entre palos y vidrios rotos.
Los autos incendiados eran ya varios en el trayecto a mi casa junto al sonido de sirenas y disparos.
Llegué al Abasto donde la situación era por demás seria. Entraban y salían, entraban sin nada y salían con todo. Pero también había cosas extrañas pues algunos no robaban nada, pero sus estribos habían sido soltados. Sólo corrían agitando los brazos, gritando, saltando sobre los autos, otros con palos molían plasmas, los destrozaban con singular placer.
Entonces vi venir hacia mí un muchacho de unos 30 años, de camisa, pantalón, sin zapatos y con un palo en la mano, un segundo después lo tenía mirándome a los ojos, me tomó de las solapas y me lanzó contra la cortina de un negocio. El miedo atravesó todo mi ser. Miró en dirección a mis pies y luego al costado. Levantó el palo y yo sólo pude cubrirme la cabeza exhalando un alarido. Se oyó un estruendo mientras los vidrios recorrían mi cuerpo. Se alzó con unos cinco pares de zapatos y antes de irse lanzó uno hacia mí. Me incorporé sacudiéndome los vidrios y continué mi camino. Dejé atrás el regalo del saqueador.
Sentí curiosidad por lo que sucedía en el shopping y crucé la calle. Escuché el grito de mujeres que provenía de un exclusivo local de ropa. Había allí unas cuatro o cinco de ellas, todas juntas, todas hermosas acorraladas por una veintena de hombres. Hombres de trabajo, de la calle, con muy mal aspecto sosteniendo armas, palos y cuchillos:
-¿Qué se piensan estas hijas de puta? ¡Me tienen harto! -gritaba uno mientras hacía chocar el garrote contra la palma de su mano.
-¡No las soporto! Todo el día moviendo el culo, con sus camisas ajustadas y sus tetas redondas y hermosas. ¡Ignorándome! Yo también soy una persona, yo quiero algo de eso ¡Y LO VOY A TENER AHORA MISMO! -y una exclamación eterna tronó en el lugar por parte de la veintena de hombres, agitando los elementos y las mujeres hermosas lloraban de terror y los hombres desdichados lloraban de alegría.
Es que el mundo es así, el sistema es así: como un hermoso par de tetas enfundado en un grandioso escote. Y todas las personas trabajan ocho horas de sus vidas (o a veces más) para conseguir algo de ese escote. Una probada al menos y algunos morían sin siquiera haber estado a varios kilómetros cerca de ello.
Pero esta noche, al escote del sistema muchos iban a meterle mano.
Mi paso continuó junto con la misma situación en el camino.
Llegué a casa, donde me esperaban mi gata y mis tres cervezas. No me preocupaba si saqueaban mi casa, daba igual que lo hicieran, el aparato mas sofisticado que tengo es una vieja heladera. Inexplicablemente yo tenía luz. Me senté en la mesa, abrí la cerveza y comencé a escribir a mano, sin celular, sin teléfono, sin equipo de música, sin computadora, sin nada; y sintiéndome muy bien… de que así fuera todo.

martes, 23 de marzo de 2010

Medicina


Les he mentido a ellas,
les he jurado el más puro de los amores,
tomé sus manos y les sorreí,
les dije que estaría a su lado hasta el final de mis días.

Luego sus lágrimas,
luego sus sinceras razones,
sus puteadas.

¡Andate no quiero volver a verte!
Patada en el culo, patada en el alma
y afuera, a algún bar.

Entonces ella se hizo presente y luego nunca respondió
y hoy, junto a un buen trago de alcohol,
bebo también una poca... de mi propia medicina,
y escribo, y lo veo... jejeje,
tal vez no todo sea tan malo.
Gracias de todas formas.

Asi

¿Así es como lo querías?
Pués ahí lo tienes:
la soledad, la más pura de las tristezas,
nadie contigo, ninguna razón para levantarse,
ninguna razón para mirar al cielo.

¿Así es como lo querías?
Durmiendo por las callles, sin dinero, sin trabajo;
apartado del calor humano, de las buenas costumbres.
Paredes arrogantes diciéndote la verdad... la única verdad:
estás solo.

¿Así es como realmente lo querías?
Dedos traspasando tu garganta para quitarte en un vómito
todo aquello que no te deja respirar, que no te deja seguir bebiendo.
Las hilachas en tus pantalones, las pulgas en tu piel, la orina como único perfume

¿Asi es como será todo?
Entonces encuentras tu reflejo
lo observas detenidamente;
entonces escuchas tus canciones,
lees tus cuentos, tus poemas.

Puedes verlos a todos, yendo a sus trabajos,
esperando el subte, esperando... para poder morir tranquilos
y dejar algo en este mundo,
y vos, no querés dejar nada.

Tu trago se desliza suavente en la mañana por tu garganta
dándole la única respuesta a todo esto:
pues sí... es así como quiero que sean mis días.

martes, 16 de marzo de 2010

Ave de mal agüero

Nicolás sintió que le picaba un huevo y llevándose la mano derecha en dirección a sus genitales la deslizó por debajo de sus calzones y rascó. Se quitó los calzones, quería estar desnudo.
Abrió los ojos y fijó la vista en la inmensa mancha de humedad que se dibujaba en el techo. Le gustaba mirarla, en ocasiones encontraba figuras de montañas, o rostros y cosas así. Era una buena forma de pasar el tiempo. Volvió a estirar el brazo buscando la botella de whisky pero no estaba ahí. Su chica tampoco estaba ahí. Se sintió bien por ello. Por estar solo.
Se levantó, encendió un cigarrillo y salió de la habitación:
-Mierda ¿Dónde dejé la botella? Bufaba mientras con los pies corría del piso algunos pantalones, corpiños y remeras.
-Esto es un quilombo -pensó-esta mina tendría que ordenar un poco. Bueno, yo también podría ayudarle.
Encontró la botella junto al sillón, fue a la cocina, lavó un vaso, metió un hielo, sirvió la bebida y antes de cerrarla le dio un trago “del pico”.
Volvió al living y se sentó en una silla a observarse la panza mientras bebía pequeños tragos y pensaba en la razón por la cual las cosas que sucedían a su alrededor no le importaban para nada. No era feliz, pero tampoco estaba triste. Sólo permanecía ahí sentado bebiendo mientras el mundo giraba en movimientos de rotación y translación sin que nada pudiera detenerlos. Ni al mundo… ni a él.
Pero el problema no era el planeta, el problema era la gente que lo habitaba; y eso Nicolás, lo tenía bien claro.
Comenzó a escuchar un ruido, una especie de sonido de una humanidad particular que provenía del baño. Le puso atención y logró darse cuenta de que se trataba de gemidos. Gemidos femeninos.
Los sonidos iban en aumento y Nicolás se sintió un tanto excitado, tal vez interesado. Se zampó un buen sorbo y se miró la verga. Nada… blanda y sin vida yacía hacia un costado apoyándose en su gorda entrepierna. Entonces la excitación y el interés se esfumaron por completo en otro trago.
Y los gemidos que provenían del baño se hicieron más prolongados y fuertes repitiéndose una y otra vez hasta que un pequeño alarido lo silenció todo.
Se oyó la cadena del baño, la canilla abriéndose, la canilla cerrándose y el picaporte girando y la puerta dejándola salir.
-ah… estabas acá -le dijo mientras se pasaba una toalla entre las piernas y una tira de su remera blanca se deslizaba por su hombro.
-¿Qué hacías? -preguntó Nicolás sin siquiera mirarla.
-Nada.
-¿Nada?
Tomó su cartera y buscó los cigarrillos. Cigarrillos de esos largos. Encendió uno, dio una calada ofuscada y exhaló.
-¿Sabés qué estaba haciendo?
A Nicolás no le gustó ese tono. Ese tono tan molesto que tenía ella justo antes de entrar en la más profunda de las furias. No sería una mañana tranquila ni para él, ni para nadie más en el edificio. Entonces todo estalló.
-¡ME ESTABA PAJEANDO! ¿¡ENTENDES AHORA!?
Nicolás sorbió otro trago.
-No grites…
-¿¡QUE NO GRITE!? ¡ME ESTOY PAJEANDO PORQUE MI NOVIO ES UN BORRACHO Y NI SIQUIERA PUEDE COGER!
Se escuchó cómo alguien golpeó la pared desde el departamento de al lado. Ella contestó con golpes más fuertes.
-¡ANDATE A LA PUTA QUE TE PARIÓ!
No hubo más golpes.
Suspiró y la vena en su frente desapareció. Dio otra calada al cigarro mientras lo miraba fijamente, lo observaba ahí sentado desnudo mirándose la panza bebiendo whisky con esa barba de meses, con días sin bañarse, con la mirada perdida en la pared blanca:
-¿Qué te pasó?
El no contestó.
-Vos me lo prometiste Nicolás, me dijiste que nunca ibas a cambiar, me prometiste viajes, me prometiste fiestas, me prometiste risas, alegría, canciones, shows.
-Si, lo sé; Dame tiempo… no estoy en un buen momento.
-Nicolás, ¡HACE DIEZ MESES QUE NO ES UN BUEN MOMENTO!
-No sé que es lo que querés que te diga -contestó mientras con la mirada buscaba algún par de pantalones. Halló unos jeans celestes, a el le gustaban esos jeans y sobre todo le gustaban combinarlos con su remera de Bukowski gris o una de Héroes del Silencio color negra. Las cosas simples de la vida eran lo que lo hacían feliz. ¿Y cuales eran? Encontrar una cerveza en la heladera al despertar sin saber que todavía quedaba, o un cigarrillo entero en la vereda cuando caminaba sin rumbo. Una mujer cruzada de piernas en un bar, un escote en el subte, cruzar por una esquina con la luz verde y llegar a la otra y que esta también este en verde. Un tipo fácil de complacer.
-No quiero que me digas nada ¡quiero que hagas algo! No hacés nada, ya no escribís, ya no cantás, ya no salís, no trabajás, lo único que haces es tomar y tomar. No podes conseguir marihuana, no podes conseguir “merca”, no tenés amigos, y no me das ni bola. ¡Estoy harta! Se levantó de la silla y enfurecida abrió las cortinas y ventanas:
-¡Quiero luz!
-No me gusta la luz.
-¡Quiero aire!
-No…
-Ya no lo aguanto más -se aproximó a él y acarició su mejilla- me voy.
-Por favor… no te vayas. La tomó de la mano y la besó mientras una lágrima comenzó a rodar por la comisura de sus labios. Ella se apartó con dirección a la habitación. Él la siguió.
Colocó una valija sobre la cama mientras una luz tenue entraba por las rendijas de la persiana. Comenzó a vaciar el placar mientras Nicolás la observaba sentado en la punta de la cama donde todo había sido hermoso una vez “lo que hoy es puro mañana está podrido”
-No voy a poder vivir sin vos.
-Vas a estar bien…
-Te juro que si te vas me corto el cuello.
Ella salió del cuarto y buscó las prendas que estaban regadas por el piso. Entró nuevamente en el cuarto.
-No me hagas esto Nicolás.
-Dame otra oportunidad; por favor.
Terminó de armar el bolso, se vistió mientras Nicolás quería de alguna forma impedir que se fuera, pero no tenía fuerzas, no entendía por qué no la retenía, porque no le mostraba que podía mejorar.
Ella tomó el bolso, lo miró a los ojos y supo que nada tenía que hacer al lado de este tipo. Él se metió en la cocina, tomo un cuchillo y se lo puso en la garganta:
-Te lo juro, si te vas me mato.
-No Nicolás, no te vas a matar. Chau -y la puerta se cerró.
El chuchillo permaneció en el cuello durante unos minutos y luego lo colocó sobre la mesa.
Todo estaba en silencio, todo había terminado, el fracaso inundó todo el cuarto mientras unos pájaros comenzaron a hacer sonidos desde la ventana. Nicolás se sirvió otro trago y continuó mirándose la panza. Panza de cerveza, de whisky, de poca comida.
El teléfono sonó pero Nicolás no atendió, el aparato cesó. Segundos después volvió a sonar, tampoco atendió.
Una tercera vez se escuchó el aparato. Esta vez atendió:
-Sí…
-Buena tardes con el Sr. Nicolás Sastre -la voz tenía un acento español
-Soy yo…
-Lo estoy llamando de “Estrellas de Limbo”
-Y…
-Bueno Ud. nos mandó un material hace unos 10 meses
-Y…
-Joder tío ¡QUE QUEREMOS EDITAR SU DISCO! Mire; anote esta dirección y vaya a esta oficina para le den más detalles. ¡FELICITACIONES!
-Gracias.
-Sr. Sastre… vaya con buen aspecto; sospecho que Ud. no se fija en ello.
Nicolás anotó, colgó y se quedó mirando la ventana mientras los pájaros parecían sonreírle o tal vez era la vida la que lo hacía. Y todo estuvo bien.

viernes, 26 de febrero de 2010

Mito

Hay un suelo en el que nadie quiere dormir
Existen mil cervezas que nadie quiere beber
Y todos se buscan; en miradas, en silencios,
Queriendo ser felices.

Míralos a los ojos, muéstrales tu furia
Hazles conocer la muerte y la soledad que habita en ti
Sube la guardia, construye un muro y hazte chiquitito
Deja que la oscuridad te tome de las manos
Déjate llevar por ella

Publica tus cuentos
Aunque pierdas un amor
Aunque la gente te odie
No duermas, no comas
Escribe canciones desgarradoras y tristes
Embriágate y súbete a cantarlas en el escenario

Aléjate del público estúpido
Quítate las palmadas del hombro
No escuches los aplausos, decántalos
Suda, maréate, vomita.

No guardes dinero
No compres casas
No hagas planes
No ames tu trabajo

No discutas, no pierdas tu tiempo
Solo diles “eres un imbecil”
Que caminen lejos de ti
Que se hagan a un lado cuando vas por la vereda
Que se levanten de la mesa cuando llegues.

Transita como un vagabundo
Escribe sobre todo ello
Y muere como un mito
Pues habrás vivido como nadie jamás se atrevió.
Y eso te convertirá en una leyenda.
Una leyenda desconocida… que jamás será olvidada

jueves, 25 de febrero de 2010

Beber y Llorar (Canción)


Sendero peligroso difícil de descifrar
No te vi venir tu sonrisa se apoderó de mí
De mis ganas de volar
De mi buena soledad

Aléjate de aquí ya no puedo soportar
Otro segundo así otro día de rencor
No quiero nada de ti
Déjame llorar aquí

Por tus caricias, falsas caricias
Por tus ojos, mundanos ojos
Por tu sonrisa… macabra sonrisa

No quedaba mucho en mí cuando trajiste tu aroma
Erizando mi piel ¡como no lo presentí!
Ya te va a tocar
Déjame beber aquí

Por tus caricias, falsas caricias
Por tus ojos, mundanos ojos
Por tu sonrisa… macabra sonrisa

viernes, 19 de febrero de 2010

Elvis Presley y Charles Bukowski

En su cumpleaños numero 57 Charles Bukowski estaría, seguramente, ebrio en algún concierto de poemas, o dándole duro a la máquina, escupiéndole a la vida.
Esa misma noche, a las 3 a.m. de la mañana del 16 de Agosto de 1977, a los 42 años, Elvis Presley fallecía al costado de su inodoro.
Siendo un gran seguidor de ambos, todavía me pregunto si Dios había tomado una buena decisión.
Tal vez, si les ubiese preguntado:
-Muchachos: ¿cuál de los dos quiere venir?
Elvis responderia:
-Iré donde tu me lo indiques Señor, sólo prométeme que cantaré toda mi vida -inclinándose y elevando su capa, la cual brillaria de tantos diamantes.
-Y tú Charles, ¿quieres venir?
Charles, sorbiendo su cerveza, tomarÍa de las pelotas a Dios y mirándolo a los ojos diría:
-¡Cabrón déjame tranquilo, voy a follarme una pendeja de 18 años a los 80. Además, no creo que seas Tú quien me venga a buscar asi que ¡LARGATE!
De cualquiera manera, Dios suele equivocarse.

El Monstruo


Debe ser difícil hacer las cosas correctamente. Comportarse como se debe, lo he intentado en varias ocasiones. Pero las cosas no salen como las espero.
Por aquellos días tenía encuentros con Rita, del tipo de mujer que siempre me rodea, congeniábamos bastante bien. Excesos, alcohol, buen sexo sin saludos ni despedidas.
Estar con Rita era fácil, ella jamás preguntaba nada, y sólo se preocupaba por mantener su copa llena, fumar un poco de marihuana o aspirar unas líneas. Era extraño, yo no sabia siquiera dónde era su casa, o de su familia o si estaba triste, no sabia nada de ella. Eso me tenía aun más tranquilo y despreocupado, como me gusta estar.
Una mañana de resaca desperté en una vereda, el sol pegaba fuerte en mi cara, de fondo podía oír los autos y colectivos que comenzaban a transitar la mañana de Trelew. Una blusa roja se paró justo frente a mí, no dije nada, temí arruinarlo, la figura se veía bastante bien.
–¿Necesitas algo? -preguntó, y comprendí que estaba durmiendo en la puerta de un kiosco. Le dije que no, me paré y sacudí mis pantalones. Le sonreí ella devolvió la sonrisa.
-¿Te sentís bien? -indagó otra vez. Notó que había sido una noche larga y se ofreció a darme agua y unas pastillas. La charla empezó, y comencé a sentirme mucho mejor, yo hacia chistes y ella reía, estábamos conectándonos, se sentía en el aire, los clientes del kiosco también podían verlo. O tal vez se preguntaban si habría que llamar a la policía teniendo en cuenta mi mal aspecto.
Su nombre era Marina. A medida que los días pasaban, comenzamos a vernos más seguido, frecuentaba mi casa, nos divertíamos, no llevábamos la misma vida, pero todo cuadraba bien. Cocinaba para mí, ordenaba el cuarto, alquilábamos películas. Teníamos charlas interesantes, de literatura, música. Le encantaba escucharme cantar. Y siempre repetía: “¿me vas a escribir una canción?”.
Yo sólo sonreía y la besaba.
Como de costumbre, Marina se iba a dormir temprano:
-Descansa León, no salgas, no te hace bien –tomaba mi mano me besaba y cruzaba la puerta.
Tenía una forma muy especial de hacer las cosas, pedía permiso para todo, se vestía combinando los colores, siempre bañada y perfumada, una buena mujer, una buena persona. Difícil de encontrar.
Cuando se iba, la cosa se hacia difícil, la tristeza y la soledad invadían la casa entera y sólo era cuestión de minutos para que llegase Rita, ebria y tambaleándose entraba en casa sin aviso, con 3 cervezas en la mano, gritando:
-¡Dale gordito! Levantate, ¡hoy salimos de conga!
-Estoy un poco cansado…- respondía, intentando hacerme el dormido.
-¿Cansado?... bueno entonces me voy a quedar acá bebiendo sola escuchando música por si llega algún amigo tuyo. ¡Así la paso bien!
Ponía la música a todo volumen, se servia dos vasos, bailaba y cantaba hasta que ya no podía evitarlo, me levantaba y la acompañaba:
-Bueno, pero sólo un vaso, y te vas.
-Dale ¡Me parece bien!
Cerveza y una linda mujer. Una combinación que no podía evitar.
Al otro día sonaba el teléfono, tenia la cabeza aturdida por la resaca, y Rita dormía apoyada en mi brazo, al cual lo sentía entumecido. La corrí, ella simplemente se dio vuelta y siguió durmiendo.
-Hola León, te llamé temprano, pero no atendiste, pensé que habías salido a algún lado.
-Hola Marina, me quedé en casa. Estaba durmiendo -contesté mientras me ponía los calzoncillos.
-Ah bueno, te quería invitar a cenar hoy, ¿te gustaría?
-Si, me gustaría, tengo que hacer unas cosas a la tarde, y después paso por el kiosco ¿OK?
-¿A la tarde?
-Sí, más bien a las seis de la tarde, tengo que llevar unos trabajos al instituto.
- León…son las ocho de la noche.
-Uh…entonces tendré que dejar lo del trabajo para mañana.
Se la notaba afligida, pero sabía que no teníamos ninguna relación formal. No estábamos comprometidos, así que cualquier pregunta o cuestionamiento, no era adecuado.
-Marina; si no querés que vaya, lo entiendo.
Suspiró, y echó una hermosa risa:
-¿Te vas a perder unas milanesas a la napolitana?, ¡te espero a las 10!
-Ahí estaré, te mando un beso.
Colgué.
Rita despertó, se cambió, levantó su cartera y se fue. Nunca se despedía, no saludaba ni nada. Sólo se levantaba y se iba. Me parecía bien.
Paseando con Marina una tarde de marzo, noté que no habíamos cruzado ni una palabra en todo el paseo, a decir verdad hay veces que permanezco completamente en silencio, durante todo el día, pero sentí que ella tenía algo para decirme.
-¿Te pasa algo? -pregunté. Me miró e hizo una pregunta que no esperaba:
-¿Te gustaría que estemos juntos?
-¡Estamos juntos!- le dije mientras la tomaba de la cintura.
-Sí, ya lo sé, pero algo más serio.
Mi cara se transformó.
-¿Novios? -le dije…
-Sí…-
Lo pensé un momento, la miré, era hermosa. Los dientes eran perfectos, un hermoso cuerpo. Como un ángel, que me cuidaba, quería cuidarme, al menos hasta que supiera quién era realmente.
-Creo que estaría bien –respondí.
Me abrazó, y me dijo:
-Te quiero, vamos a ser felices.
Me sentí muy bien, le respondí lo mismo. Lo merecía, la verdad, no soy tan malo ¿Por qué yo no podría tener una persona así a mi lado? Sería bueno para mí estar más tranquilo, y ella era la persona indicada.
Indudablemente pocas veces he podido hacer las cosas correctamente, y esta, no era la excepción.
Un par de semanas bastaron para darme cuenta de que no podría estar con alguien como Marina.
-Salí hoy con tus amigos León, yo salgo con las chicas- me dijo mientras cocinaba algo que olía exquisito.
-Mmm, bueno dale, nos vemos en “Marga” cualquier cosa.
Después de cenar me dispuse a contactar a los muchachos. No era difícil, seguro estarían en el bar. Sobre todo Hank.
Indudablemente estaba en la barra:
-Hank…
-Cabrón…- me dijo mientras con una seña pedía otro vaso.
Como de costumbre hice un fondo a mi primer vaso de cerveza, me gusta beber rápido.
-¿Cómo va todo?
-Todo muy bien, haciendo… nada -respondió al tiempo que recargaba mi vaso.
Y así nos quedamos. Me gusta pasar tiempo con Hank, es un gran amigo y un muy buen escritor, a veces pasamos tiempo hablando y bebiendo. A veces sólo bebemos sin hablar, y a veces bebemos, se levanta y se va. No me molesta, así es Hank, a los demás si, pero a mí no me molesta.
En algún momento de la noche decidimos irnos al “Establo”. Seguimos bebiendo, y allí apareció:
-¡Hola gordito! ¿Cómo estás?
¡Puta madre! Por qué carajo se tenía que aparecer, encima vestida así ¡con las tetas al aire!
-¿Qué haces Rita? ¿Cómo estás?
Hank me miró, levantó la ceja y desapareció. “Hank, cabron, me las vas a pagar”.
-¿Qué estás tomando? ¿Me convidás?
Así comenzó todo, el baile, el contoneo, el escote bamboleándose. Yo miraba para todos lados, rascándome la cabeza y bebiendo aun más rápido. Ella, me miraba fijamente a los ojos. Bebí, bebí y bebí.
El teléfono me despertó:
-Hola amor, no te vi anoche ¿te fuiste a Rawson? Eso me dijo Hank.
No recuerdo bien qué respondí, la sola idea de mirar al costado de mi cama me estremecía.
-Te espero hoy en casa, besos, te quiero.
-Hasta luego -y colgué
Rita despertó, se cambió, agarró su cartera y se fue, como siempre, sin despedirse.
Estaba sentado al costado de la cama, tenía que hacer algo, y lo decidí. Fui a la cocina, abrí un vino. Celular en mano, le mande un msj:
“¿podes venir a casa?, tenemos que hablar”. No sabía qué le iba a decir, una vez más, las cosas no salen como las espero.
Bebí un par de vasos y sonó el timbre:
-Pasá, está abierto.
Entró, se veía más linda que nunca, sonreía, radiante. Traía unas facturas, así que calculo, eran como las seis de la tarde.
-Ay León, estás tomando a esta hora, te hace mal y lo sabés -tomé su mano y la senté en una silla.
-¿Qué pasa?
Cómo explicarle la clase de persona que soy, cómo decirle que la había engañado anoche. No quería que me perdonara, me sentía mal, una basura, un Monstruo.
-Ya no quiero seguir, se terminó…
Sonrió asustada.
-Ah… ¿es una broma?
-No…-
-Y… ¿por qué?
-Anoche estuve con otra mujer, no sé cómo pedirte perdón, y no tengo explicaciones, así soy yo, un Monstruo -me soltó la mano, se paró.
Antes de irse me dijo:
-¿Sabés algo?, pensé que me habías llamado para otra cosa.
-¿Eh?
-Pensé que era para saludarme, hoy es mi cumpleaños -se fue, nunca más volví a hablar con ella.
Me senté, terminé la botella de vino y me fui a dormir.

Inspiración

Esa alegría,
ese estado de satisfacción que siente el ser humano cuando ve terminada su obra.
Una tesis, un poema, una canción, un hijo.
La inspiración es, sin duda, el tesoro de aquellos que sienten pasión por lo que hacen.
Es el lenguaje del alma.

A veces se pierde, un tiempo, puede ser corto o largo.
Pero siempre se hace eterno, triste y confuso.
La esperamos, lápiz en mano, guitarra en mano.
Pincel en mano, bebida en mano.

Besos, abrazos, miradas.
Si todo está inspirado nunca será olvidado.
Por eso te digo, no, mejor te pido:
háblame con inspiración, mírame con inspiración.
Bésame con inspiración.
Para que así, nunca pueda olvidarte...nunca.

Voy a dejarte

Voy a dejarte, ya no podemos estar juntos.
Tú no me das nada, y yo… lo doy todo.
Me das dolores de cabeza, gasto todo mi dinero,
haces que haga el ridículo. Ya está, no me siento bien,
esto se tiene que terminar. Voy a dejarte.

No podré escribir, ni componer como antes,
¡Pero es que vas a matarme!
Y no quiero morir. Soy demasiado joven para morir.
No quiero temblores, ni hospitales, ni recuperaciones.
Vamos a tomarnos un tiempo.

Sé que no vas a venir a buscarme, y seré yo, el que de el primer paso.
Y cuando lo haga, vas a sonreír,
y estarás en mi vida… otra vez.
Es tiempo de abrir los ojos, y verlo todo.
El sólo pensarlo me da miedo, rabia.

Tendré que aguantar sus caras, sus palabras,
¿Por qué no podemos estar juntos toda la vida? No, no podemos.
Tal vez alguna mujer llegue a mi vida, para intentar arreglarlo todo.
Pero no lo sé, he perdido tantas por tu culpa.
-¡No lo hagas León!
-Tengo que hacerlo Charles…
-Hijo de puta, cobarde…
Así que voy a dejarte.
Voy a dejarte, tengo que dejarte, tengo que dejarlo…
Tengo que dejar de beber alcohol.

¿Por qué no?

¿Por qué no, cruzar la 9 de Julio mirando las nubes?
¿Por qué no, bajar en Morón a las 3 AM?
¿Por qué no, mirar las tetas de esa mujer?
¿Por qué no, desafiar a su novio gigante?

¿Por qué no, perder mi trabajo?
¿Por qué no, seguir escribiendo?
¿Por qué no, embriagarme hasta morir?
¿Por qué no, llamarte esta tarde?

No... eso sí es peligroso.

Equilibrio

Amaneció, como todos los días, me serví una copa, prendí un cigarrillo escuchando atentamente el sonido rasposo del encendedor. Ya con el cigarro en brasa, respiré profundo dejando que mis pulmones saboreen la primera calada de humo.
El encendedor, un objeto que perteneció a ella, tiene unos dibujos “animé” que lo adornan, lo tomé fuerte en mi mano, llevándolo a mi frente, como queriendo transportarme al mismísimo momento en el que aquella mujer de Rumania me lo dio.
En la cama, hay otra mujer, durmiendo, respirando, roncando. Se la nota cansada, yo también lo estoy. Su cama, que en realidad es un colchón en el piso, es grande y nuestras ropas están por todo el lugar. Noto que algo me molesta en la espalda, es un paquete vacío de preservativos. Ella todavía duerme.
Por la ventana, se ve una construcción, y hombres trabajando, ellos pensando seguramente en sus cosas, en sus deudas, en sus mujeres, sus hijos, sus borracheras. Y yo aquí, con una mujer en una cama en el piso de un departamento en Palermo, con un vaso de cerveza en la mano, con mi voz gastada de tanto hablar, cantar, y, si mal no lo recuerdo, llorar. Me siento un maricón.
La chica del encendedor, con su pelo castaño, con sus anteojos de marco negro, con su piel blanca, decidió que ya no era importante escribirme, que ya no era divertido leer mi correo, que en Argentina, nunca hubo ningún “León”.
Y esta otra mujer, en su cama, durmiendo, y yo pensando en aquella otra, que esta lejos, que ya no me recuerda.
No se si despertarla, no sabría que decirle.
Me visto despacio, primero mis pantalones, luego la remera, y las zapatillas. Hago unos buches con agua, enciendo un segundo cigarrillo, bebo un segundo trago de cerveza, tomo mi guitarra y me voy.
Sigo pensando en la mujer del encendedor, en la mujer de los aros olvidados en mi cuarto, en la mujer de “Pequeña de Rumania”.
El vacio que dejaron sus pocas palabras en español es demasiado grande. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo es que alguien pudo meterse en mi vida de esta forma?
El sol pega fuerte, al menos la resaca fue esquivada con esa cerveza que bebí al despertar.
No habrá nunca forma de saberlo, una vez más, ellas se van, y nunca regresan. Tal y como yo lo acabo de hacer, me fui, y jamás volveré a ese departamento en Palermo. Todo tiene su equilibrio… Mientras aquella mujer sigue durmiendo y yo, pienso en mi “Pequeña de Rumania”.

Tal vez necesite un angel

Tal vez necesite un ángel
Doy vueltas en mi cama,
toco un poco la guitarra.
La soledad se queda conmigo,
hace tiempo esta conmigo.

Camino por el cuarto,
hablo solo y escribo este poema.
Miro sus fotos, miro mis fotos.
Estoy sudando.

Y pienso en mujeres,
música, Bukowski,
y muerte.
De pronto estoy asustado, tengo miedo.

Miedo...y frío.
Tal vez, necesite un Ángel,
o tal vez, necesite un trago.

Val

Y sí, a veces hace falta ver la realidad
Salir al mundo exterior, y mirar a los ojos a la gente
Hacen falta charlas de política, discusiones subidas de tono.
Beber cerveza, y discutir…sobre nada.
A veces es necesario no tocar la guitarra.

Estar atento, a que llegue alguien.
Que tenga ese pensamiento, que te deslumbre
No importa la edad, porque la edad nunca se aparenta.
Solamente hay que mirar a los ojos y sonreír.

Hace falta perderse en un edificio con esa persona.
Salir ebrio y que el frío desoriente.
No sé, me hubiese gustado besarla, pero no lo hice.
Hace falta conocer a alguien así.
De esa forma, uno se da cuenta cuánto duele estar solo.

Ellos

No soy un tipo presentable, la verdad hace tiempo no me ocupo de mí.
Mi ropa nunca esta planchada, tengo barba de varios días.
Mi cuarto está siempre desordenado y excedí mi peso en varios kilos.
Puedo oírles, celebrando mi caída, mi derrota, mi decadencia.

Pero están equivocados, ¿para qué tener todas esas preocupaciones?
Ropa planchada, afeitarse, orden, mantener la figura.
Lo único que mantengo limpio es mi cuerpo.
Tengo que convivir con él todos los días de mi vida,
Y no me aguanto sus malditos olores.

Con mi cuarto es diferente.
Si está inhabitable simplemente abro las ventanas, cierro la puerta y me voy.
No puedo “irme” de mi cuerpo, así que trato de que huela bien.
Me siento liberado, mientras ellos estudiaban, yo bebía cerveza.
Mientras ellos planchaban sus camisas y ordenaban sus cuartos,
Yo dormía con sus novias, hermanas, y madres.

Ellos allá y yo acá. Mundos diferentes.
Lo recuerdo, alguna vez pertenecí a “ellos”,
Era divertido, hacía el amor más veces que ahora.
Pero no me preocupa. Me molesta el orden, me limita.
Jamás volvería a perder segundos de mi vida doblando una remera.
Y nunca permitiría que alguien lo haga por mí.
Sigan así, estudiando, limpiando, afeitándose,
Ríanse de mi, puedo oírlos... son Ellos.

Olvido

Charles dijo:
“no sé cuántas cervezas bebí mientras esperaba q las cosas mejoraran” en fin...

Hace tiempo olvidé las cosas que pretendía mejorar,
Tal vez hayan mejorado, sin darme cuenta.
El cielo sigue siendo igual, las calles son las mismas,
El frío, el calor, se sienten igual.
Nada ha cambiado.
Pero me miro al espejo, y los cambios están a la vista,
Me entristecen, pero me hace más fuerte.

Sin embargo... ¿cuándo fue que comenzó todo esto?
No lo sé, lo olvidé.

Sol de Noche

Sol De Noche

Sin monedas, tengo que caminar.
Siento el alma agotada, y las luces cierran mis ojos.
No hay forma de evitarlo.
Sin monedas, tengo que caminar.

Llega a mi pensamiento, a mis manos.
Puedo escuchar su voz, aunque todo sea terrible alrededor
Puedo sentir su aroma, aunque nunca lo sentí realmente.
Las bocinas y las puteadas se convierten en su risa, cálida risa.

Todo mejora, veo su rostro, aquí y allá.
Armo diálogos y sueños, de amor, de amigos
De cerveza, de mejillas frías
Sin monedas, tengo que caminar.

Mi cara sonríe, le diré que la quiero,
Le diré que es hermosa y única.
Sin monedas, y sin darme cuenta caminé 60 cuadras
Llegué a casa. Voy a calentar la sopa, y a escribirle una canción.

jueves, 18 de febrero de 2010

El Camino Del Exceso

¿Querés venir? ¿De verdad?
Pero acá no hay mucho para hacer.
Trancitas con los ojos hinchados,
Párpados pesados, y la lengua acartonada
Los pasos no tendrán eco
No aprenderás nada, todo entra y sale con mucha velocidad
Frente a tus narices, dentro de ella

No hay charlas, sólo alaridos
No hay besos, sólo lenguas lamiendo
Botella, lapicera y papel como únicas armas
Los dientes no cortan, no sienten


Te diría que te alejes, que te cuides
Pero mi cara caería a pedazos de vergüenza
No te invito,
Sólo mírame, haceme un paneo entero
Amigo, yo no decido si vienes o no.
Aquí no hay puertas de entrada

Pero voy a decirte algo...
Anda a tu casa, y que cada poro de tu cuerpo
Disfrute del aroma alentador y la suavidad
De una prenda planchada
Anda a tu casa, mira a tu familia a los ojos
Abrázalos, sumergite en ese amor
Mirate al espejo, acomoda esa camisa Legasy,
Echate perfume ¡VIVILO!

Amigo, aquí no hay nada de eso
Las sombras son eternas, el gotero retumba en tu nuca
Y las mujeres son muchas
Y las mujeres son pocas
¿Sonreír? Solo si un completo extraño, toma tu hombro
Y con dulzura recita: "Yo pago el próximo Whisky"

El Camino Del Exceso amigo
Nadie debería estar aquí, pero estamos
¿Y sabes que hay?
Mi cara, mirándote fijo a vos en un banco largo junto a mi
¿Y sabes porque?
Porque esta es la cuarta cerveza que te invito
Y vos, no pagaste ninguna
¡CABRÓN!

Cosas estúpidas y sin sentido.

Cuántas cosas estúpidas y sin sentido puede decirse una pareja...
"Te amo", "no te amo", "lo amo a él", "vamos a casarnos",
"te odio", "sos la única persona para mí", "no imagino mi vida sin vos",
"me asfixiás", "no es lo que parece", "no lo volveré a hacer", y tantas otras más.

¿Para qué perder nuestro tiempo?
Vamos de relación en relación
escuchando y diciendo una y otra vez lo mismo.
Durante años.
Olvidar lleva mucho tiempo.
Tal vez por eso estoy solo...

Mierda; tengo la necesidad de decir "cosas estúpidas y sin sentido".

Almas Perdidas

Era hermosa, parada frente a mi sonreía y maldecía sin cesar
Yo, sin poder creerlo, no le sonreí, por las dudas
Escribía, cantaba, actuaba y bebía whisky barato
Odiaba los perros, el dinero, el mundo y a los hombre buenos.

“podría morir mañana” repetía cada dos frases
“yo podría morir contigo” le contesté
No tenia perfumes, ni aros, ni uñas pintadas
No sonaban celulares en su vida y las boletas se acumulaban en su buzón

En algún lugar nuestras almas se habían perdido
Solo los cuerpos, llenos de carne huesos y saliva nos habían quedado
Hablamos, casi sin escucharnos, de nada y de tantas otras cosas.
Fuimos a mi casa, bebimos e hicimos el amor.

Desperté y ya no estaba, no me sentí mal.
No me hubiese gustado encontrarla junto a mí
Creo que a ella tampoco. Por eso se marcho sin decir adiós
Así, sin alma, solo con su cuerpo.
Yo, quede con un poco de corazón, vino y papel para escribirle algo:
“…ojala tengas una botella de whisky noche pequeña, brindo por vos esta mañana…”

miércoles, 17 de febrero de 2010

Lejos de todo aquello

Todo estaba en silencio y solo se escuchaba como el segundero del reloj caminaba y caminaba. El puto segundero era fuerte. “TAC – TAC – TAC”. No era ni siquiera un
“tic – tac” que podría al menos tener ritmo y hacer algo mas agradable el paso del tiempo. Todo allí era “TAC – TAC – TAC” y no podía ignorarlo porque además no tenía el “equipito” de música ni la computadora. El primero no me pertenecía y tuve que devolverlo y el segundo se averió. Solo estábamos la guitarra y yo.
Le escribí una canción a ella, era ya la tercera de una trilogía alcohólica y desesperada que no me dejaba tranquilo desde hacía semanas. Me enfade por eso, yo no quería estar así, no me gusta debilitarme por una mujer. Llorar por ellas, enamorarme de ellas, pelear por ellas, ser bueno con ellas, que manejen mis pensamientos, extrañarlas y claro; que no me quieran cuando me sucede todo eso. No soy diferente de cualquier mortal.
La heladera estaba vacía, no había ni una sola cerveza y las profundas ganas de beber me hicieron tomar la decisión de darme un baño, cambiarme y salir al bar:
-Pri… te quedas a cargo- le dije a la gata y salí con paso tranquilo.
Una mujerona que estaba en la esquina me dijo:
-He mi amor; ¿queres pasarla bien? Caminé en silencio
-Anda ¡Puto!
Di media vuelta y la mire. Ella volvió a putearme:
-Que te pasa ¡PUTO! Y entonces un Renault 9 que yacía estacionado en el cordón de enfrente hizo señas de luces. Seguí mi camino esta vez con paso un tanto mas rápido mientras la mujerona seguió insultándome. Me metí de lleno en el bar, pedí una cerveza y me senté lo mas alejado de la puerta posible. Vi al Renault pasar lentamente frente a la puerta del lugar. Decidí que era mejor quedarme ahí toda la noche.
El lugar estaba tranquilo; en la barra estaba la joven de siempre y el tipo grandote que sirve cerveza con el que en ocasiones tenemos alguna conversación. Esa noche conversamos un rato:
-¿como va la cosa?
-bien- le dije – ¿hay muchas putas por acá no?
-Uff; je… ¿te gustan las putas?
-No; y creo que ahora nunca me van a gustar
-Ja. A todos los hombres les gustan las putas
-A mi; no
-¿Por?
-Creo que tengo mucho ego
El tipo soltó una carcajada y la charla termino ahí. Supongo que entendió de lo que estaba hablando. Es que la verdad no me gusta pagar por acostarme con una mujer. Prefiero beberlo en cerveza o whisky, masturbarme, quedarme solo y punto. Además nunca conocí una prostituta que me guste. Bueno; tal vez una vez si, pero esa es otra historia.
Al bar comenzó a entrar una buena cantidad de gente y yo continuaba bebiendo en soledad. Me gusta estar solo, beber solo, no hablar y así poder escuchar fuerte y claro mis más profundos pensamientos, preguntarme si realmente puedo continuar con todo esto. Seguir escribiendo, seguir bebiendo, seguir cantando, seguir extrañándola, seguir viviendo. Llegar a lo mas bajo de todo ello, agenciarme un arma y volarme la cabeza. Y sorbiendo un trago mas mi alma encuentra la calma, y los mares se vuelven aceite, y las lluvias torrenciales en mis ojos bajan su intensidad en una profunda respiración. Levanto la mirada y todo nuevamente esta en su perfecto orden. Y aunque la oscuridad me rodee, en mi corazón se siente una brisa de humo de cigarro y vida dándole a todo este asunto, algún tipo de sentido.
Un tipo se acercó con una botella en la mano, se sentó frente a mi y se quedo mirándome. Yo levanté mi vaso en señal de saludo:
-¿Querés comprar?
-¿Cuánto vale?
-30…
-Dame dos…
-vamos al baño
-no – le dije mirándolo fijamente a los ojos – yo no voy al baño. Dámelas ahora o no hay negocio
El tipo miro a los costados, al frente y atrás:
-Pasame la plata
-Pásame lo mío primero. Continuaba mirándolo a los ojos.
-¿Tenés un cigarro? Y le pase el paquete de Chesterfield común que siempre me caracteriza mientras el se metía la mano en el bolsillo simulando sacar un encendedor. Tomo el paquete, saco un cigarro y metió las dos bolsas en el paquete. Yo ya había visto al tipo varias veces en el bar. Suponía que algo de eso hacía. Me devolvió el paquete lo tome y lo golpeé dos veces contra la mesa mientras mi mirada se clavaba fulminante en sus ojos; el entendió lo que yo quería decir:
-tranquilo, no te voy a cagar
-eso espero. Conteste
-¿la plata?
-toma- le dije – andá a comprar unas birras. Le entregué el dinero y se fue. Yo pedí otra cerveza más.
Hacía mucho tiempo que no me encontraba con aquello y me sentía tranquilo. No lo necesitaba y esa noche tampoco. Es solo que suelo tomar muy malas decisiones.
Fui al baño y esnifé dos veces. Sentí como mi cara se transformo mientras los incisivos superiores perdían sensibilidad. Salí de ahí un tanto excitado acompañado de esa euforia que le da equilibrio a un cuerpo embriagado con tres litros de cerveza. Pedí otra cerveza más y me senté nuevamente, solo.
Bebí a una cierta velocidad pues ya el bar se estaba haciendo insoportable, tenía a un tipo atrás que gritaba, no hablaba GRITABA:
-JAJAJAJAJA Y ENTONCES LA HECHE A LA MIERDA A LA MINITA JAJAJAJAJA.
-Imbecil. Pensé y termine la cerveza.
Fui a la barra a pagar:
-Che; me puedo llevar dos y después te las traigo. Si querés te pago los envases.
-Como ¿ya te vas?
-Me está esperando una mina en casa.
-AH! Bueno; entonces lleva nomás. Pague y me fui. Eso es extraño, los hombres no podemos ser tan imbeciles. Todo se acepta por una mujer; se aceptan excusas, “plantadas” o lo que sea si es que hay en el medio una mujer. Y eso es solo entre hombres. No quiero ni pensar en todo lo que aceptamos de ellas. Claro, no había ninguna mujer en casa, pero es la única excusa que me deja salir rápido de un lugar. Probablemente el tipo me hubiese dicho:
-Ha no, tomate la cerveza acá. En fin.
No me sentía bien, llegue a casa y arme una cuidadosa línea en un plato junto a un “canuto” con un billete de a cien. Me serví un trago de cerveza y lo bebí de un fondo. Luego hice lo que tenía que hacer. Tosí, encendí un cigarrillo y nuevamente otro trago.
Estaba en blanco, literalmente en blanco. No podía pensar en nada, no sabia que hacer o hacia donde caminar. Subía y bajaba las escaleras del pequeño lugar. Hablaba solo, maldecía solo, no podía tocar la guitarra ni escribir y todo lo acompañaba una dificultosa respiración.
- OK- me dije -basta.
Nuevamente me senté y tome otra mala decisión. Fue un tanto mas alargada y gruesa que la anterior, volví a enrollar el billete cometiendo ese maldito acto de agachar la cabeza, y justo ahí en el momento de profundizarme en aspiración con el polvo; la recordé.
Ella, hermosa entrando en el bar, sonriente con sus largos cabellos negros y su minifalda de jean. Ella; abriendo la puerta de su casa dándome un gran beso que no había pensado recibir. Ella; mostrándome sus trabajos, sus sueños. Ella Durmiendo junto a mí en su cama. Ella; sirviéndome un café en la mañana. Ella; despidiéndose de mi en el ascensor.
Sentí una fuerte tristeza y furia, tome el plato junto con todo lo que quedaba de aquella maldita adicción y lo tire por el inodoro. Lloraba y lloraba como un pequeño que ha perdido su juguete mas preciado, como una mujer recibiendo el fuerte cachetazo de un marido golpeador. Lloraba junto a la puerta del baño, en la cocina, y finalmente en la cama. Pidiendo por favor que el tremendo puñal que sentía en el pecho desapareciera. Y luego pude descansar.
Es por eso que me he alejado de todo aquello, porque ya no es como antes, porque antes (como dije en algún otro cuento) nada hacía daño.
Desperté en la mañana y me serví un trago de cerveza, recordando la primera vez que bebí un trago de ella. La que consideré probablemente la más importante de las decisiones en mi vida.

viernes, 12 de febrero de 2010

En el fondo, en la cima y otra vez en el fondo.

Casi en un trote salí en dirección al baño llevándome una mano a la boca, abrí la puerta del pequeño habitáculo, me apoyé en los costados del inodoro y lo solté todo. Como una canilla, como una cascada amarga y ácida que salía de mí. Fue un buen vómito, me sentí mejor. Un tipo golpeó la puerta:
-¿Estas bien, loco?
-Loco las pelotas -pensé.
-Sí; estoy bien.
Fui al lavabo, enjuagué mis manos, mi cara y mi boca haciendo unos buches que refrescaban intensamente todo mi ser. Me sequé y salí del baño, había olvidado tirar la cadena y en mi salida pude escuchar fuerte y claro: "¡hijo de puta!"
Tomé del hombro a mi compañero y le dije:
-Colega, no puedo más. Me voy.
Y me largué del lugar. Bajé las escaleras abrí la puerta roja y como por arte de magia negra un taxi paró a mi primera señal:
-Araoz y Velazco por favor.
Sentía una punzada en mi dedo gordo, abrí los ojos y pude ver cómo mi gato lo mordía con aires de juego, dándole una suerte de “palmadas” con sus pequeñas garras, haciendo pausas para rascarse con ellas detrás de su oreja. A mi también me picaban algunas zonas del cuerpo.
Me levanté y me serví un vaso de agua mientras un tremendo martillo golpeaba mi cabeza una y otra vez.
-Tengo que ir a trabajar -pensé mientras encendía un cigarrillo.
Y me dispuse a lo de siempre, vestirme, mojarme el pelo, y salir.
Sólo deseaba encontrar un asiento vacío en el subte ya que me era bastante difícil mantenerme en pie. Pero la cosa venía llena, muy llena. No soporto el viaje en el trasporte público, lo odio, lo aborrezco, tal vez podría pedirle el asiento a alguna señora. "Hey señora; sabe, he bebido mucho anoche y necesito el asiento. No me siento bien. Ud. no ha bebido como yo, deme el asiento, ¡por favor!." Pero no dije nada.
Llegué al trabajo, cansado, sudado y con muy mal aspecto. Lo malo de trabajar en verano es que no hay absolutamente nada para hacer y sólo te la pasás conectado a Internet perdiendo todo tu tiempo mirando videos pornográficos y nada más. Lo bueno de trabajar en verano es, claro, todo eso.
Conecté el Facebook: “Fulanito te ha invitado al evento tal…”, no asistiré. “Hazte fan de tal cosa…” no. “Hazte fan de tal otra…” tampoco. ¿Cómo puede una persona mandar una invitación a “Hazte fan de ser fan de algo esta bueno”? Imbéciles. Creo que voy a hacer un grupo que se llame “Hazte fan de suicidarse” así todos se suicidan y terminamos con esta idiotez.
Alguien me escribió en el chat de la red social. Fue un “hola, ¿cómo estás?”. La foto se veía bien, una linda sonrisa la adornaba. Respondí:
-Todo bien, ¿vos?
Nada más mentiroso, yo no estaba bien.
Y comenzamos una buena charla, era interesante, era lo único interesante que me había ocurrido en meses. Me paseé por sus fotos y se veía preciosa, única, sonriente. En ocasiones soltaba yo una carcajada con sus comentarios, era un asunto bonito. Tal vez esto del Facebook no sea tan malo.
Comenzamos a hablar seguido, ella me contaba sus cosas, yo le contaba las mías, a veces yo no tenía nada que decir y ella siempre sacaba algún buen tema de conversación. De esas personas imposibles de encontrar. O por lo menos eso pensaba.
¿Ella? Ojos marrones, cabellos negros, piel morena acompañada de unas excelentes piernas que, mientras tu mirada las recorría, subían hasta un hermoso y parado culo.
Y gracias a los dioses sus tetas eran de un tamaño generoso y una redondez magistral. Siempre fui un hombre de busto.
Una mañana, mientras hablábamos ella dijo:
-¿Nos encontramos?
-Claro -contesté sin vacilar.
Lo hicimos. Fuimos a un bar bebimos y luego nos fuimos a su casa. Yo hablaba y hablaba y ella se enojaba y estaba en contra de todo lo que yo decía.
-¡Pero León! Estas desperdiciando tu vida, no seas imbécil te vas quedar trabajando toda la vida ¿es eso lo que realmente querés?
-No -le contesté.
-¿Entonces?
-Puta madre -me dije a mí mismo, ella tenía la razón y yo no sabia cómo carajo refutar. Ella parecía haberlo comprendido, no se trata de ser famoso, del reconocimiento, del dinero, de casas, de autos, de mujeres; sólo se trata pura y exclusivamente de NO TRABAJAR MÁS, NI UN SÓLO DÍA MÁS. Y se suponía que un escritor no debía trabajar, y yo era un escritor, y me consideraba bueno, y ella también me consideraba bueno, o por lo menos eso decía ella.
La mire a los ojos y le dije casi balbuceando:
-¿Me das una mano?
-Claro… yo te ayudo.
Me abrazó y nos fundimos en un beso que todavía no puedo olvidar.
Y todo estaba muy bien, ella vino a casa y juntos ordenamos el lugar “¡Ay León! Que asco” Y yo reía mientras bebía una cerveza y le preparaba un fernet. “León ¡Hay gusanos en tu baño! Qué asco, qué asco”. Y reía aun más mientras ella pasaba el trapo de piso. Me acercaba le daba un beso y le pellizcaba el trasero.
-Amor; ¿porque no dejamos esto y nos vamos a la cama?
-No no no; no señor, ¡hay que limpiar esta mugre! Dale agarrá la escoba y ¡AYUDAME!
Entonces yo tomaba la escoba y barría a desgano y ella se acercaba besándome el cuello y susurrándome;
-Va a quedar lindo amor, te lo prometo.
Yo me sentía mucho mejor y barría con más ganas y ritmo. La habitación, la cocina, el baño, el pasillo. Lavamos los platos, limpiamos la heladera, tiramos lavandina, pasamos el trapo, le colocó “pulguicidas” a la gata, todo entre risas, cerveza, “fernet” y Enrique Bunbury.
Y terminamos. Brillaba, no había ni un rastro de tierra, nada de desorden, todo estaba doblado, limpio, planchado. Olía muy bien. Y mi cuerpo exhausto se sentó en la silla mientras la gata saltó y se posó en mis piernas. Juntos le hicimos un paneo entero al lugar, el animal me miró y maulló.
-Sí Priscila, ella es una buena mujer -le dije.
-Bueno León y ahora ¡me voy a encargar de vos!
-¡OH amor; ya era hora!.
Quité al gato de encima y la atraje hacia míi abriendo sus piernas y sentándola sobre mi. Se me endureció en un segundo.
-¡Eh, no no no! Digo que ahora me voy a ocupar de vos ¡ANDÁ A BAÑARTE!
Luego de varios intentos fallidos por querer quitarle la ropa interior fui a bañarme.
-¡Atrás de las orejas pasate bien el jabón! -me gritaba, y yo, rasqueteaba bien atrás de las orejas mientras mi miembro permanecía con una dureza implacable.
Pero me sentía bien, había algo que me atraía de todo eso, podía escucharla cantar y darme indicaciones de cómo lavarme bien el cuerpo. Terminé y me sequé.
-Tomá -y me entregó unos calzoncillos limpios, pantalón y remera.
–Cambiate y vamos a comprarte algo de ropa, no podes andar con esos harapos.
-Pero a mí me gustan mis harapos.
-A nadie le gustan los harapos, usas harapos porque no te compras ropa.
-Bueno, pero no vayamos muy lejos, estoy cansado y además tengo hambre.
-No te preocupes, yo te voy a cocinar algo rico.
Y salimos; para mi fortuna el lugar de ropa sólo estaba a dos cuadras. Entramos y nos atendió un pibe de buen aspecto, bien vestido y perfumado, sentí celos.
-Amor, probate esto. Y me pasó una remera blanca y un jean celeste.
-¿Te gusta?
-Está bien. Contesté.
Y seguimos con todo eso, un par de remeras, zapatillas y dos pantalones. Observé que el tipo que atendía le miraba el culo a mi chica, me acerqué:
-Ey; se te pueden caer los dientes -le dije al oído.
Llegamos a casa, ella cocinó algo exquisito y después hicimos el amor tres veces.
Luego se fue, y pasaron las horas, los días, los meses, y ella nunca volvió.
Y volví a despertar, esta vez en el piso de casa, con mi baba llena de tierra y el nauseabundo olor a vómito que me caracteriza en la mañana.
El lugar se hundió nuevamente, en platos sucios, en gusanos en el baño, en pulgas en el gato y en mi corazón… completamente destrozado.